martes, 24 de junio de 2008

Tranco segundo.- De Jaca al monasterio de Leyre, pero no en un solo día.



Por la mañana, el jacobípeta no madruga demasiado y son las nueve cuando sale bien desayunado de la casa y se despide de sus amigos, con la promesa de visitar al Agustín, en Santa Cilia.
El jacobípeta se acerca a la catedral de Jaca, que siempre le gustó mucho, y de la que dicen que tiene mucho mérito.
De cierto que es el principal monumento de la ciudad, y es de factura románica, del siglo XI. A partir de esta catedral, se difunden por España el crismón y las decorativas bandas ajedrezadas llamadas “taco jaqués”.
El jacobípeta se sienta frente al tímpano occidental de la fachada de la catedral. Observa las figuras allí representadas e intenta leer las inscripciones que allí hay. Distingue una en el círculo del crismón que le llama la atención. Su vista no es demasiado buena y opta por confiar en lo que otros antes que él leyeron allí. Las inscripciones están en latín. Y parece ser que pone:
HAC IN SCVLTVRA LECTOR SIC NOSCERE CVRA: P PATER A GENITUS DVPLEX EST SPIRITVS ALMVS: HII TRES IVRE QVIDEM DOMINVS SVNT VNVS ET IDEM.
Lo que puesto en español viene a querer decir:
En esta escultura, lector, procura reconocer lo siguiente: P es el padre, A el hijo, la doble el Espíritu Anímico. Los tres son por ley un único y mismo señor.
El jacobípeta sabe que hay más inscripciones interesantes en esta catedral, alguna incluso parece un juego de palabras. Se refiere a la siguiente, en la capilla dedicada a san Félix y a san Voto (Odón), fundadores de San Juan de la Peña:
FELICI VOTO DICATA VOTO ET FELICI
Que puesto en español viene a significar:
Con feliz voto dedicada a Voto y a Félix.
El jacobípeta, que es muy aficionado a las cosas misteriosas o de variada interpretación, quiere interpretar lo que ve –las figuras de serpientes, leones, y otras-, dándole un aire de misterio y magia o, barriendo para su propio coleto, de pistas que otros más sabios que él dejaron para quien supiera y se atreviera a interpretarlas. De las figuras de las serpientes, su significado y otras cosas, se hablará con ocasión de la fachada de Santa María de Sangüesa, mejor momento que éste para hacerlo.
No es que el jacobípeta pretenda descubrir América, pero le divierte dejarse llevar por estos pensamientos y elucubraciones que, amén de más interesantes, le permiten soltar su imaginación y entrever lo que otros pensaron y en lo que creyeron.
En el interior de la catedral, el jacobípeta se dedica a curiosear. Se conservan en la catedral las bóvedas de cañón románicas originales en el transepto, con cúpula nervada sobre trompas en su centro, pero las de las naves son ya góticas.
El jacobípeta recorre las capillas y se detiene en la de santa Orosia, patrona de la ciudad, y que tiene –o, al menos, tenía- la facultad de curar endemoniadas, así, en femenino; se conoce que lo del endemoniamiento era cosa de mujeres. El jacobípeta sabe que las procesiones de santa Orosia siempre dieron qué hablar, incluso hubo obispos que las prohibieron, lo que, entre líneas, nos da idea de que no todo el monte era orégano en estas celebraciones eclesiásticas. En fin, hoy ya están bastante civilizadas y se han convertido, como casi todo, en ocasión de regalos, comilonas y celebraciones familiares varias. Demasiado estándar para el gusto del jacobípeta.
El jacobípeta sale de la catedral de Jaca y callejea un poco por la ciudad. Jaca tiene encanto con sus soportales y sus tiendas y sus bares y sus gentes. El parque y la ciudadela, con sus gamos correteando por el antiguo foso de defensa, descansan la vista y alegran el corazón.
El día sigue gris, como el día anterior, y frío, pero sin lluvia, por ahora. Hay una neblina que le da a todo un aire misterioso y que anima a caminar.
Según está mirando para la Torre del Reloj, y va a tomar por la calle de Ramón y Cajal, hacia la iglesia de Santiago, el jacobípeta se topa, de manos a boca, con Anunciata Valero Valero, una señora que andará por los setenta, y a la que conoce de antiguo, madre, soltera, de Félix Valero, un compañero de estudios del jacobípeta, y su amigo de la adolescencia. Le llama la atención verla cojeando y con una pierna vendada, y se interesa por su salud.
Anunciata Valero Valero le cuenta una historia que no tiene desperdicio, en referencia a su pierna herida. Parece ser que cosa de un mes antes se había ido a Lourdes con la esperanza de que la Virgen obrara un milagro y la librara de los dolores de reuma en manos, brazos y espalda que desde hace años venía padeciendo. Entre el viaje en autobús y la caminata para llegar a la iglesia, y todas esas cosas, la Anunaciata estaba rendida y, buscando un lugar donde sentarse a descansar, vió una silla de ruedas vacía, y allí que se fue a reposar sus carnes y sus huesos. Al poco rato apareció el cura dando la bendición a los enfermos y, al llegar adonde estaba sentada la Anunciata, ésta se levantó para recibir la bendición. El cura y los otros peregrinos, cuando la vieron levantarse de la silla de ruedas, dieron en gritar “¡Milagro, milagro!”, la rodearon por todas partes y todo el mundo quería tocarla para recibir, también ellos, la gracia del milagro.
Tales fueron los empujones, que la Anunciata cayó al suelo y, en la turbamulta que se organizó, le dañaron la pierna –“y menos mal que no me la rompieron, maño mío, que a mi edad ya no se me hubiera recompuesto”-, con lo que volvió de Lourdes en peor estado del que había ido.
Anunciata Valero Valero, se lo toma con calma y está decidida a reintentarlo en cuanto se le mejore la pierna. Como se ve, esperanza y buen humor no le faltan.
Cuando deja a la Anunciata, el jacobípeta se acerca a la iglesia de Santiago, que se construyó en el siglo XI pero ahora está bastante reformada. Lo que ha venido a ver es el capitel románico que sostiene la pila del agua bendita, que siempre le gustó y lo viene a ver cada vez que puede.
Cuando retoma el Camino al salir de Jaca, el jacobípeta decide, como si le hubiera dado un aire, llegarse hasta San Juan de la Peña. El Camino se alarga, pero tampoco tiene demasiada prisa… No tenía intención de subir, ya que se aparta del Camino tradicional, que nunca pasó por el monasterio, pero el jacobípeta se deja guiar por sus impulsos, como tantas veces, porque sabe que nunca le va mal cuando lo hace. Toma el camino que llaman del monte Pano, y que Marcial le explicara, para subir hasta el monasterio.
Mientras sube y se marea entre las gándaras que le llevan, más o menos, hasta el monasterio viejo de San Juan de la Peña, el jacobípeta reflexiona sobre lo que el Camino vino y viene a suponer para la gente. Que él sepa, los otros caminantes-peregrinos que hacen el Camino completo, pueden organizarse por las siguientes categorías, a saber: los que lo hacen por deporte; los que lo hacen por motivos religiosos; los que lo hacen por promesas de diverso tipo; los que lo hacen por turismo; los que lo hacen porque está de moda, y los que tienen otros motivos que el jacobípeta no pudo o no supo sonsacarles.
De los otros, de los que aparentan hacer el Camino, pero que van más en coche, autobús, tren u otros medios de locomoción más o menos confesables, el jacobípeta solamente hará caso cuando la ocasión o el pintoresquismo de los susodichos lo recomiende o así lo demande.
Opina el jacobípeta que hacerse abiertamente el Camino de Santiago en coche o en cualquier otro medio de locomoción no es desdoro ni baja ocasión. No todo el mundo dispone de tiempo suficiente o es capaz de aguantar tantos días de caminar un montón de kilómetros diarios. El propio jacobípeta lo ha recorrido así varias veces, en coche, quiere decirse, con la intención de seguirle el rastro a algunas marcas de cantero u otras excusas que le permitieron disfrutar de los paisajes y de las gentes del Camino. Otra cosa muy diferente es “parecer” que se hace el Camino andando, y pasársela montado en un automóvil. Podría esto ser considerado, aparte de aprovechamiento para hacer turismo barato, de albergue en albergue, una trampa contra uno mismo, aunque es más cierto que quien lo hace así intenta engañar a los otros caminantes, y se engaña a sí mismo. ¡Qué más les dará a los demás! Pero este tipo de gentes parecen verse a través del reflejo que dan en los prójimos. El jacobípeta conoció algunos de estos personajes y no les tiene gran consideración.
El camino a San Juan de la Peña es duro, y más porque no hay ningún pueblo, aparte de ver Atarés desde la distancia, tampoco mucha, pero por terreno accidentado. Son algo más de diez kilómetros subiendo, con algunas rampas de cuidado. Las vistas de la peña Oroel y el paisaje todo, hacen que merezca la pena el esfuerzo. De cualquier forma, el jacobípeta se lo toma con calma y cuando ya llega a la parte del camino que va entre árboles, todavía no ha perdido el fuelle. El bosque a su alrededor está formado por carrasca, quejigo, hayas, abetos, pinos de varios tipos, acebo, serbal, encinas, boj, y también pueden verse avellanos -que ahora poco más que se adivinan-, tilos y álamos. El jacobípeta es feliz entre árboles y, probablemente, por eso decidió subir.
El jacobípeta está ahora rodeado de hayas, y algunos abedules entre ellas. El día sigue oscuro, pero no llueve y, aquí, entre los árboles, la temperatura parece suavizarse. A veces, algunos reflejos, e incluso algunos rayos de sol asoman tímidos.
En la soledad se sienta a descansar un rato en el tocón de un viejo árbol. El silencio le trae los ruidos del bosque y el crepitar de algunas ramas. La calma del momento le rodea de paz. Algunos guiños del sol entre las ramas de los árboles alegran lo poco que queda de la mañana.
El jacobípeta se levanta y, dejando el monasterio nuevo de san Juan de la Peña a su izquierda, se acerca en un paseo hasta un mirador desde donde puede ver las crestas de las montañas que tiene en frente de él, y que están marcadas y nombradas en una plancha colocada para ilustrar a los que desconocen estos terrenos. Allí, sentado, ante el valle del Aragón, a sus pies, y las montañas, al fondo, el jacobípeta da buena cuenta de un bocadillo de sardinas en escabeche que se mercó, el pan por un lado y las sardinas por otro, en Jaca. Un trago de vino para pasar las sardinas y un cigarrillo para hacer tiempo, completan el festín del jacobípeta.
El monasterio nuevo de San Juan de la Peña no tiene mérito especial, si no es por el lugar tan apartado que ocupa. El que sí tiene mérito es el monasterio viejo, un kilómetro más allá, ya bajando a retomar el Camino, y que está excavado en la roca viva. ¿A quién se le ocurriría construir un monasterio en lugar tan inhóspito? Y sobre todo, ¿por qué? Al jacobípeta se le ocurre que solamente monjes bien bragados y de pelo en pecho podrían habitar semejante monasterio en lugar tan fragoso. O que tuvieran algo de mucha importancia que esconder o proteger…
Muchas historias y leyendas rodean y adornan este monasterio ya de por sí interesante. Las leyendas referidas al Grial llenan San Juan de la Peña. Y los capiteles del extraño claustro cuentan historias extraordinarias. El jacobípeta no da aquí mayores detalles porque cree que es mejor verlo por uno mismo, y anima a quien tenga curiosidad a que se llegue hasta aquí y saboree el lugar.
Un bosque de hayas defiende el monasterio y acompaña al caminante en la subida y en la bajada. Si se va por la carretera, el panorama es bastante amplio, pero yendo por el camino, en medio del arbolado, se da de cierto el refrán de que “los árboles no dejan ver el bosque”, y produce una suerte de claustrofobia. El jacobípeta, que si no se dijo hora es ya de decirlo, ama los árboles y siempre prefiere un camino entre ellos que la mejor de las vías de comunicación, toma, obvio es decirlo, el camino entre el arbolado y camina arrobado, escoltado y protegido entre sus amigos.
Al alejarse del monasterio, el jacobípeta ve una piedra que le gusta y se agacha a recogerla. La llevará hasta la Cruz de Ferro, en los confines del reino de León, para aumentar la altura del amilladoiro. Seguramente se arrepentirá muchas veces de haberla cogido y de acarrear el peso hasta tan lejos, pero...
El jacobípeta retoma su andar y baja hasta Santa Cruz de la Serós, pequeño y hermoso pueblo, que tuvo un afamado monasterio de monjas (sorores –hermanas- en aragonés, tal vez en referencia a las hermanas hijas del rey Ramiro, y palabra ésta que acaso sea origen del serós del nombre del pueblo) del que ya no quedan muchos restos. La románica iglesia de Santa María es lo que queda del convento donde estuvieron las hijas del rey Ramiro.
Al jacobípeta siempre le llamó la atención la advocación de la parroquial de Santa Cruz de la Serós: san Caprasio. El nombrecito se las trae, aunque parece ser que el tal santo fue obispo en Francia, en uno de los lugares de inicio de peregrinación desde tierras francesas.
Avanza la tarde cuando el jacobípeta, pasando cerca de Binacua, se dirige hacia la carretera nacional, con dirección a Santa Cilia de Jaca.
El Camino discurre cerca del río Aragón y marcha en derechura hacia el pueblo, pasando cerca del camping. En las primeras casas de Santa Cilia, el jacobípeta pregunta a un viejo que toma los últimos y muy escasos rayos del sol en una solana, por el Agustín, tal como le dijera su amigo Clemente. El viejo conoce al Agustín y le da razón y detalles de cómo encontrarlo al jacobípeta.
El Agustín se llama Agustín Pérez Embid y es un hombre más recio que gordo, de mediada estatura y vestido enteramente de negro, de luto riguroso. Tiene las manos nudosas y fuertes del labrador que ha de pelear duro con la tierra para sacarle el sustento. Cuando el jacobípeta le da la mano para saludar, el Agustín le da un apretón recio y confianzudo, sin reservas. Al jacobípeta le cayó bien el Agustín desde el primer momento.
El Agustín tutea al jacobípeta desde las primeras de cambio, y así le hace saber y sentir que es bien recibido en su casa.
Hablando con el Agustín, el jacobípeta se entera de que es viudo hace muchos años –“desde que el chico era un renacuajico”-, pero que el luto lo lleva por el hijo y la nuera, que se mataron en un accidente de coche, va para seis años.
- Y menos mal que la moceta estaba aquí conmigo, que si no, también se me mata...
La moceta que dice el Agustín es su nieta, de diez años, -“Engracica, como su pobre madre”-, una chiquilla viva y pizpireta, de unos ojos negros profundos y brillantes.
- ¿Usted es un peregrino?
Le hace la pregunta al jacobípeta mirándolo con interés, pero no con curiosidad. Se conoce que ya ha visto pasar a muchos de ellos.
- No, maña mía, que yo solamente ando por el Camino de Santiago. Como puedes ver, yo no llevo todo el equipaje que cargan los peregrinos. Yo voy por el Camino a ver a los amigos. Y si llego, iré a ver al Santo, que también es un amigo...
- ¿Eres amigo de los santos?
La chiquilla ya tutea al jacobípeta, lo que quiere decir que lo mareará a preguntas. El jacobípeta sonríe y se dispone a contarle historias, vengan o no a cuento, para evitar en lo posible que el abuelo le llame la atención por dar rienda suelta a su curiosidad infantil.
La cena y la sobremesa se las pasó el jacobípeta contando historias más o menos inventadas, para contento de la Engracica. El Agustín aportó algunas otras historias, con lo que la chiquilla estaba encantada. Pero ni aún así desistió de hacer preguntas (¿De qué color tenía el pelo? ¿Y por qué no se casaron? ¿Y a ti te dieron algo? y otras mil y una preguntas).
Eran más de las diez cuando el Agustín mandó a la cama a su nieta, quien intentó varias veces seguir la conversación para quedarse un rato más, pero su abuelo fue incorruptible.
Cuando el Agustín bajó de acostar a la chiquilla le pidió al jacobípeta que subiera a la habitación a dar un beso de buenas noches a su nieta, que ella se lo había pedido insistentemente. El jacobípeta subió y le dio un beso tierno y sonoro en la mejilla procurando no pincharle demasiado con la barba. Parecía un ángel.
El abuelo, desde el vano de la puerta, le dijo cariñosamente:
- Y ahora, a dormir, cariño, que mañana es dia de escuela.
El jacobípeta y el Agustín bajaron a la cocina.
- Dentro de lo malo, menos mal que me queda este angelico. Ya me hubiera gustado morirme yo en lugar de mi hijo y la nuera, y que la moceta se hubiera criado con sus padres, como debe ser. Pero Dios no lo quiso así...
- Agustín, el Clemente me habló muy bien de ti, pero se quedó corto. Tú sí que eres un ángel. Me gustaría que desde hoy me consideraras tu amigo; sería para mí un honor saber que eres mi amigo.
El Agustín y el jacobípeta se abrazaron emocionados. Para el jacobípeta es un orgullo poder decir que tiene de amigo al Agustín Pérez Embid, a quien no puede ver con la frecuencia que le gustaría, pero con quien ha pasado, desde entonces, muy buenos ratos.
El jacobípeta durmió bien en casa del Agustín. Se levantó con el sol, se desayunó con su amigo y retomó el camino.
Como ayer no se había mojado, excepto de sudor, hoy sale un día lluvioso, continuando la lluvia menuda, casi nieve, que le acompañó el primer día de Camino.
En un paseo que le sirve para desentumecer las piernas, el jacobípeta se llega hasta el cruce de la carretera de Pamplona, que es la que él lleva, con la de Huesca, que sale a su izquierda. Un poco antes de llegar al cruce, el jacobípeta se detiene a contemplar unas formaciones de cantos rodados, a modo de estátuas, que los peregrinos han ido haciendo, y que son dignas de verse.
Cuando se sienta en el pretil, al comienzo del puente que da nombre a Puente la Reina de Jaca, al jacobípeta se le plantean dos posibilidades. La una, tomar por la izquierda la carretera que va a Huesca y luego desviarse para ir a Sangüesa por la margen izquierda del Aragón, pasando por los pueblos y lugares de Arrés, Martes, Mianos, Artieda, Ruesta y Undués de Lerda. La otra, cruzar el puente e ir por la margen derecha del río, pasando por Puente la Reina, Berdún, Sigüés, Escó, Tiermas, Yesa y Javier, para llegar, también, a Sangüesa. Por cualquiera de los dos itinerarios le quedan al jacobípeta casi cincuenta kilómetros hasta Sangüesa, aunque por la margen izquierda tiene algún albergue de peregrinos para pernoctar y reponer fuerzas, de lo que la margen derecha carece. A cambio, la margen derecha le proporciona la oportunidad de acercarse hasta el monasterio de Leyre y disfrutar del gregoriano de sus monjes.
Ambos caminos se los ha hecho ya el jacobípeta en alguna ocasión y sabe que los dos son parecidos en el esfuerzo. La margen izquierda tiene mejores vistas y el paisaje es más amplio. Por la margen derecha se camina el paisaje.
El jacobípeta, que se ha sentado en el pretil del puente para ver de decidirse, sabe que sea cual fuere la decisión que tome, a los pocos kilómetros se preguntará por qué no escogió el otro camino, y que si tal y que si cual. El jacobípeta no es hombre de decisiones totales y completas, y siempre le queda el gusanillo del por qué no lo otro... En fin, cada cuál es como es.
Al final se decide por la margen derecha. El gregoriano pesa mucho en su decisión. Así que cruza el puente.
Pero está visto que los hados están de su parte. Cruzando Puente la Reina de Jaca, sale de un bar un hombre enjuto y malhumorado, que grita improperios hacia el interior del establecimiento, justo delante de las botas del jacobípeta, y choca con él. El golpe no es fuerte, ni hay daños. El jacobípeta se disculpa y el hombre con quien chocó manda al jacobípeta a hacer puñetas.
Con el desagrado de lo que le parece mala educación innecesaria, el jacobípeta sigue su camino meneando la cabeza en señal de desaprobación, pero sin responderle al otro hombre todas esas cosas que, sin duda, merecería.
Ha parado de llover. El tiempo y el ánimo del jacobípeta están fríos.
Aún no lleva caminado un kilómetro desde la salida de Puente la Reina de Jaca, y aún no ha llegado a la altura de la ermita de san Babil, cuando una furgoneta se para en la carretera de Pamplona que corre paralela a corta distancia del camino que lleva el jacobípeta. De la furgoneta baja Cipriano Vega Cascalejos, el hombre con el que chocó el jacobípeta en la puerta del bar.
Cipriano Vega Cascalejos da voces y hace señas al jacobípeta para que se acerque, pero el jacobípeta, aún confundido y un poco quemado por las muestras de mala educación anteriores, no le hace ningún caso. Así que Cipriano Vega Cascalejos echa a correr y alcanza al jacobípeta.
- Le ruego disculpe, buen hombre. Lo de antes ha sido solamente la mala leche que le hacen criar a uno los impresentables que se creen que el mundo es de ellos. Y lo pagó usted. Créame que lo siento y que quiero reparar en lo posible el haberme portado tan groseramente con usted.
Al jacobípeta se le pasa el refunfuño en un jesús, y atiende a Cipriano Vega Cascalejos como si no hubiera pasado nada. Así se entera de la historia que su nuevo amigo le cuenta mientras hacen las paces con un trago de vino y un cigarrillo.
Cipriano Vega Cascalejos vive en Sigüés y se dedica a la ganadería. Había bajado a Puente la Reina a cerrar un trato de unas ovejas que ya tenía medio apalabrado, pero el supuesto comprador quería darle menos dinero por cabeza de lo que habían hablado antes, pretextando lo que siempre se aduce, que si la vida está muy achuchada, que si el transporte le iba resultar muy caro, que si tal y que si cual. El Cipriano, hombre de principios cuyo apretón de manos vale más que un papel firmado, le recordó al supuesto comprador que ya habían fijado el precio por cabeza, y que cada cuál tiene sus gastos y ha de correr con sus riesgos; que la palabra es la palabra, y ha de darse cumplimiento a lo que se acordó.
Como no se pusieron de acuerdo, Cipriano Vega Cascalejos cogió un globo de no te menees, y de ahí los gritos y los improperios.
- Pero yo no soy así. ¡No señor! Yo soy un hombre cabal, y a cada cuál lo suyo. Aquél impresentable se merecía todo mi desprecio y mis malos modos. Pero no usted, buen hombre. No usted. Usted fue educado y yo me comporté como una acémila. Insisto en mis excusas.
El jacobípeta tranquiliza a Cipriano Vega Cascalejos, le hace saber que ya todo está olvidado y que el incidente no impedirá que siga bajando el agua por el río.
Ya más tranquilos y ya amigos, el jacobípeta se dispone a continuar su camino. Cipriano Vega Cascalejos se ofrece a llevar al jacobípeta hasta donde le diga.
- Agradecido, pero no, amigo mío. Mi camino ha de hacerse andando y en ello estoy.
- ¿Hasta dónde tiene pensado llegar?
- Si los benevolentes dioses y el Apóstol así lo quieren, hasta Santiago de Compostela, en tierras de Galicia, y más allá. Un largo camino, como puede ver…
- ¿Y piensa pasar por Sigüés?
- A eso del mediodía, si no me entretengo demasiado.
- Pues, oiga, le estaré esperando en la carretera a eso de las dos, y le invito a comer en casa, si no tiene inconveniente…
- No, señor, que no tengo mayor inconveniente. Es más, le diré que le estaré muy agradecido por su amabilidad.
- Pues hasta entonces, amigo.
- Con Diós, don Cipriano.
El jacobípeta siente que las cosas le van bien, demasiado bien tal vez, a pesar del frío y de la lluvia, que ha vuelto a hacer acto de presencia, pero no se queja de su buena ventura. Antes al contrario. Se congratula de que queden personas de bien en el mundo y de que él, el jacobípeta, las vaya encontrando.
En estos pensamientos anda cuando llega a Berdún. El camino de duro paisaje que el jacobípeta lleva, atraviesa la zona que aquí llaman la Canal de Berdún y queda interrumpida más adelante por el pantano de Yesa, que anegó las tierras de los pueblos por donde el jacobípeta va a pasar, y las tierras de los que hubiera pasado de haber tomado el camino por la margen izquierda del Aragón.
Este río que viene siendo compañero de fatigas del jacobípeta, fue el que dio nombre a Aragón. El origen del nombre “Aragón” viene de muy atrás. Nos hace remontarnos hasta Hércules, el héroe mitológico al que tres de sus trabajos traerían a las tierras españolas: el robo de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides que le llevaría a Canarias; el descenso a los infiernos para apoderarse del Can Cerbero que le llevaría a las costas gallegas, y la lucha con el pastor Gerión que le llevaría a Cádiz o Huelva.
Hércules es, pues, héroe español, y el patrimonio legendario aragonés lo hace muy particularmente suyo. Si no bastase su presencia en las antañonas historias del Moncayo y ser el amoroso responsable de la formación de los Pirineos, en su caballeresca aventura con la desgraciada Pirene, el simple hecho de haber, como ya se apuntó, dado nombre al Aragón, al río Aragón, que daría, a su vez, nombre a esta tierra, sobraría para conceder al fabuloso héroe un puesto áureo en la historia legendaria aragonesa. Y es que a Hércules, en esa historia, debe Aragón su nombre. Nada menos. Nos lo cuenta Lucio Marineo Sículo, el historiador siciliano que vendría a España en 1484 para enseñar en Salamanca, y al que Fernando el Católico llamaría a su corte, nombrándole capellán y cronista, y él será quien nos trasmita tal hecho en su Crónica d'Aragón o De aragoniae regibus et eorum rebus gestis:

“Esta región que ahora Aragón se llama, en otro tiempo fue llamada Iberia, a causa del río Ebro que por ella pasa. Después se llamó Celtiberia, a causa de unos pueblos de Francia llamados Celtas, los cuales, alanzados de su tierra, vinieron a parar en la orilla de este río Ebro, donde asentaron y poblaron, de suerte que de su propio apellido que eran Celtas y del nombre del río que se llama en latín Ibero, llamaron esta provincia Celtiberia, y los pueblos que en ella moran celtíberos. Muchos de los que han escrito hicieron mención de esto: señaladamente el poeta Lucano en un verso que dijo: los Celtas de Francia que mezclaron su nombre con los Iberos. Estando yo en Roma en tiempos pasados oyendo letras de humanidad, Pomponio Leto, que entonces me era maestro, y no sin causa de todos era llamado padre de la antigüedad, declarándome este paso de Lucano que poco ha señalé, me dijo: Celtiberia es una provincia de España de acá de Ebro, la cual los españoles llaman Aragón. Sobre este vocablo Aragón que dijo, yo le pregunté con instancia me quisiese declarar la causa y nacimiento de este nombre Aragón, a lo cual él me respondió diciendo: "Acuérdome haber leido en algunas memorias de griegos antiquísimas que cuando Hércules pasó en España muy grande ejército, después que la hubo tomada, conquistada y hecho en ella muchas grandes ciudades, edificado allí mismo en diversos lugares puentes señaladas y muy memorables, al fin de todo, habiendo conquistado en la parte de España que es acá de Ebro los pueblos cántabros y vascones y sojuzgado los celtíberos, en memoria de su vencimiento acordó hacer sacrificios solemnes junto a un río que nace de los montes Pirineos y pasa por Marcilla y otros muchos lugares de Navarra y después se juntó con Ebro; y para esto puso altar y lugar de sacrificio en la ribera de este río. Aquí mismo, después de haber hecho los sacrificios por orden y como debía, celebraron muchos juegos de alegría; señaladamente aquellos juegos que los griegos llaman Agonales; del nombre de estos juegos llamó aquel río Aragonio, que primero se llamaba Magrada, y llamó la provincia Aragonia, que primero Iberia se decía, de suerte que por el altar que en latín se llama ara y por los juegos agones juntando dijeron Aragón. Esto bastará cuanto a la causa y razón del nombre porque fue llamado Aragón."
Berdún es un pueblo construido en alto, como una fortaleza, característica ésta común a todos los pueblos de frontera que tenían algo que guardar y defender.
Berdún es conjunto urbano monumental, lo que viene a significar que es un pueblo que conserva las trazas que tenía antaño, sus caserones de piedra y sus calles estrechas y empedradas, pero que apenas conserva sus habitantes, quienes se marcharon a Jaca, Pamplona, Huesca, Zaragoza o más lejos. Incluso a Madrid, Barcelona o Bilbao, por nombrar algunos lugares a los que se fueron.
Nada más salir de Berdún, el jacobípeta toma un atajo que sale a su izquierda, y en el que, para seguirlo, le sirve de guía una capilla que se ve al frente, junto a la carretera. Los automóviles que circulan por la carretera van demasiado rápidos para la seguridad de cualquier caminante y no quiere tener ningún disgusto.
Más allá de la venta del Veral, el jacobípeta toma lo que llaman la variante de Sigüés, pasando por Asso-Veral, Miramont y Las Tempranas, en las laderas de la sierra de Orba.
Siguiendo la Canal de Berdún, el duro paisaje, y algo más lejos de los meandros del río, el jacobípeta llega a la raya entre las provincias de Huesca, de donde viene, y la de Zaragoza, a la que va. El primer pueblo de la provincia de Zaragoza es Sigüés y, como viene un poco adelantado de hora, el jacobípeta espera a Cipriano Vega Cascalejos, no en la carretera, como quedaron, sino a la entrada del pueblo, a la vera del camino asfaltado que lleva a la nacional de Pamplona.
Poco tiempo descansa el jacobípeta, pues en seguida aparece su amigo, también un poco adelantado de hora. Se conoce que no quería retrasarse y quedar mal.
La comida a la que el Cipriano y su mujer invitan al jacobípeta es sana, sustanciosa y sabrosa, como debe ser. Una suculenta menestra de verduras, conejo asado con ajolio –all-i-oli, lo llaman por el Levante español, donde el jacobípeta tiene su residencia habitual-, queso de oveja y manzanas para postre, café de puchero, un farias y una copa de licor, componen el menú. El jacobípeta come lo que le dan con apetito y haciendo aprecio de la invitación, lo que complace sobremanera a sus anfitriones.
La conversación de sobremesa es agradable, pero el jacobípeta no olvida que quiere llegar esta noche a Leyre y que aún le quedan algo más de quince kilómetros, así que se despide de sus amigos y retoma el Camino.
En poco tiempo está a la altura de Escó, que queda a su izquierda, según el camino que lleva. Dicen que Escó está deshabitado ya, que su último habitante se marchó hace unos tres años, no aclaran si a otro lugar o si pasó a mejor vida, y que desde entonces ya nadie recorre las calles de este pueblo también construido en alto.
Hasta Tiermas el camino va por arbolado, con la sierra de Leyre y el pico del Paso Ancho a la derecha. Tiermas se asoma desde su alto mirador al pantano de Yesa. Este Tiermas fue reputada estación de aguas termales desde tiempos de los romanos y puede que desde antes, pero también ha decaido mucho desde entonces.
Medio aburrido y medio mareado de tantas vueltas y revueltas siguiendo el margen del pantano, el jacobípeta, por fin, llega hasta la raya entre las provincias de Zaragoza, que ahora abandona, y de Navarra, a la que entra entra dos luces.
El cambio de provincia no es lo único que aquí cambia. Los hombres, que a todo han de ponerle trabas y etiquetas, han decidido que hasta contar los kilómetros de las carreteras ha de ser a su gusto. Así, por la carretera que venía, el último punto kilométrico era el trescientos cuarenta y tantos, pero al entrar en Navarra, es el cincuenta y tantos. Curiosidades de la vida…
Nada más entrar en Navarra, el camino a Leyre sale a la derecha del jacobípeta, y lo toma alumbrándose con la linterna que su amigo Marcial, el guardia, le aconsejó que comprara en Jaca.
La subida hasta el monasterio de Leyre no es excesivamente dura, pero la oscuridad, la ausencia de indicaciones, la neblina provocada por la humedad, el cansancio y, por qué no decirlo, el hambre, hacen que el jacobípeta pierda el norte y acabe casi perdido. En medio de la oscurana, el jacobípeta se sienta a reflexionar y a fumar un cigarrillo para calmarse. En estas está cuando, diríase que salido de la nada, aparece un monje. El jacobípeta se sobresalta por lo repentino de la aparición, pero, al mismo tiempo, se alegra sobremanera de verlo, pues le guiará hasta el monasterio del que, a decir verdad, tampoco están tan lejos.
En el monasterio hay una hospedería, pero también hay un primo del jacobípeta, de monje. Y le hacen los honores. La hora de la cena ya pasó, y los monjes le dan al jacobípeta un caldo espeso y caliente, que le reconforta, y un vaso de vino. Con el cuerpo más templado, el jacobípeta espera a que los monjes recen las completas para escuchar sus cantos.
Aparte de los monjes, el jacobípeta es la única persona en la iglesia del monasterio, así que asiste a una función para él sólo, como un marqués. El jacobípeta se ríe para sus adentros ante estos pensamientos.
Acabados los rezos y los cánticos, que el jacobípeta disfrutó muchísimo, le ofrecen un acogedor catre en una celda fría, para pasar la noche. Antes de acostarse se da una vuelta con su primo por el monasterio. Hablan de sus cosas y de los recuerdos comunes. También se dan noticia de la familia, y esas cosas.
Su primo le cuenta al jacobípeta que el monasterio es benedictino y que está bajo la advocación de San Salvador, así que su nombre viene a ser monasterio de San Salvador de Leyre. Parece que este es uno de los cenobios más antiguos de España y, sin duda, de importancia capital para Navarra. A esta importancia histórica para Navarra se debe su riqueza artística y monumental. Ya Sancho el Mayor lo colmó de privilegios, y durante mucho tiempo fue panteón real de Navarra, amén de refugio de reyes y obispos navarros cuando las cosas venían mal dadas, caso de las razzias de Almanzor, por ejemplo.
Durante su paseo-visita, el jacobípeta y su primo deambulan por la cripta, lugar que ambos coiciden en considerar la parte más bella e impresionante de todo el monasterio. Esta cripta de san Babil tiene cuatro naves estrechas, separadas por tres arcadas que descansan sobre unos monumentales capiteles y, comparativamente, finas columnas. La sensación es opresiva, pero incita al recogimiento.
La última parte del paseo-visita es a los ábsides y a la Porta Speciosa, la portada occidental de la iglesia, abocinada y con interesantes figuras esculpidas.
Tras esto, para no abusar dada la tardía hora que se les ha hecho, se despiden y cada cual se va a su celda dormitorio.
En su catre, el jacobípeta rememora la leyenda de san Virila, leyenda que sucede en Leyre y que tiene su punto de interés y de misterio.
El buen santo Virila era abad de este monasterio benito de Leyre. Y tenía, además, tendencias místicas indudables. Todas las mañanas emprendía el camino hacia un lugar apartado, en medio del bosque, y allí, junto a una fuentecilla, oraba y pedía a Dios una prueba de su eterna realidad. Uno de aquellos días un pajarillo comenzó a trinar cerca. El buen abad se sintió transportado por el éxtasis y, durante unos minutos, tuvo conciencia directa de lo que era el Paraíso y la presencia divina y la eternidad. Volvió de su éxtasis transformado, feliz, satisfecho de haber conocido la realidad eterna y con el deseo de comunicar su experiencia a los demás monjes del monasterio. Pero, ya bajando por el mismo camino de cada día, notó que había en el ambiente algo distinto que no podía explicar. Y cuando llamó a la puerta, vio que salía a abrirle un monje al que nunca había visto, pero que tampoco le conocía a él, y que le preguntaba quién era. El abad Virila se dio a conocer y el monje le dijo que aquello era imposible, porque el abad Virila había desaparecido misteriosamente trescientos años antes y nadie había vuelto a verle. Aquello fue el colmo de la experiencia del santo, porque súbitamente se dio cuenta de que su éxtasis habría sido incompleto sin la conciencia de que, en aquella eternidad que él había conocido, el tiempo se medía por parámetros muy distintos a los que rigen en este mundo perecedero.
El jacobípeta descansó bien y durmió toda la noche de un tirón, un sueño tranquilo y reparador, como un bebé.

domingo, 22 de junio de 2008

Tranco Primero.- De Somport a Jaca, aproximadamente.


El jacobípeta se encuentra ahora en una curiosa situación. Hace años se planteó caminar a Santiago e ir contando las cosas que veía y las que le pasaban por la cabeza. Pero hasta hoy no había comenzado a hacerlo.
Ya se hizo el Camino una docena completa de veces anteriormente, pero casi siempre a trozos... a plazos, se diría. Iba caminando los tramos –ahora les llama etapas, como en las carreras- que le gustaban y los otros los hacía en tren o en coche. En realidad, el jacobípeta ya caminó todas las etapas varias veces. Y ya hizo, desde la primera, que ya hace casi treinta años, el Camino entero y seguido en cinco ocasiones. Etapa tras etapa.
Al comenzarlo ahora, de nuevo, recuerda la dureza de muchos de esos tramos y siente que Santiago queda taaaaaan lejos...
El jacobípeta opina que, como camino para curiosos, el Camino de Santiago puede caminarse todas las veces que se crea que se puede encontrar algo nuevo. Y, en realidad, esto sucede cada vez que se recorre. Anteriormente lo había hecho observando algunos detalles más o menos curiosos: marcas de canteros (de los 'compañeros'); gárgolas (desagües de los tejados, con extrañas formas); estudio y observación de las construcciones; buscando, escuchando y leyendo historias sobre el Camino y sus etapas, y las regiones que atraviesa, etc.
Pero esta vez había de ser diferente. Nada de particular que observar, sino solamente rememorar todas las cosas que en las otras ocasiones que había recorrido el Camino, había escuchado, leido u observado. Esta es, pues, una ocasión para el recuerdo.
Una alma caritativa ha subido al jacobípeta desde Jaca hasta Somport, en un camión, y lo ha dejado en lo que fue la frontera entre España y Francia. El jacobípeta mira hacia el suelo y distingue, aún, la raya que indicaba el cambio de país. A su espalda queda Francia, adonde únicamente sus talones han entrado. Las punteras de sus botas están en España. Y siente que el corazón le late con fuerza. Va a iniciar un camino que le llevará, si los benevolentes dioses y el Apóstol así lo creen oportuno, hasta Santiago de Compostela. Pero todo esto es pensar en futuro. Futuro que habrá de ir desgranando paso a paso, trocha a trocha.
Ahora mismo, solamente quiere sentir el aire frío de la mañana, de la desapacible mañana, que ha elegido para comenzar. El día le saluda con una lluvia fina que le va despertando de sus ensoñaciones y que le anima a comenzar a caminar.
El jacobípeta se ha propuesto no seguir estrictamente las indicaciones, en cuanto a los itinerarios, duración ni recomendaciones de las etapas, de ninguna guía en particular, de las muchas que hay en el mercado. Así, a la hora de caminar, el jacobípeta tirará por donde mejor le parezca, sin desviarse demasiado del camino tradicional. Como, además, el jacobípeta va con poco dinero y con menguados víveres, habrá de ir ingeniándoselas para comer y dormir donde mejor pueda.
Afortunadamente tiene amigos por todas partes, gentes que fue conociendo a lo largo de los años y con las que ha mantenido viva la llama de la amistad. Muchas veces ellos y ellas serán sus “hospitaleros”, otras, pernoctará y se alimentará donde mejor venga al caso. Bien, es hora de comenzar a caminar.
El jacobípeta mira la señal roja y blanca de la GR 65.3 que marca el Camino de Santiago, respira hondo y comienza a bajar el brusco descenso del monte, por sendero, y con escalones en algunos tramos, teniendo las carreteras -la nueva y la vieja- a ambos lados. Por el lado de babor pasan los automóviles a toda velocidad, por la carretera nueva. Mientras baja, observa el paisaje y la naturaleza que le rodea. Medita sobre los nombres de los lugares que va dejando atrás. El “summus portus” que parece que dio lugar al Somport; las montañas de fuego, que parece significar Pirineos; y algunas cosas más.
Estos pensamientos sobre los nombres, entretienen al jacobípeta mientras camina y tiene a la vista los edificios de Candanchú. Faldeando el monte y cerca del río, el jacobípeta avista lo que queda del hospital de Santa Cristina, uno de los más importantes en su tiempo, pero del que apenas quedan unos pocos restos que dan poca idea de su importancia anterior.
El jacobípeta va acercándose a Candanchú y se teme que no le va a quedar más remedio que seguir la carretera, ya que los caminos que apuntan en su dirección se van llenando de agua y barro. Dirige sus pasos hacia el puente, que le dicen lleva, también, el nombre de Santa Cristina.
Candanchú es ahora un ¿pueblo? tomado por los turistas que disfrutan del fresco en verano y de las pistas de esquí en invierno. Las casas pretenden ser de piedra, aunque la mayor parte solamente tienen un revestimiento de piedra, y puede verse que son de moderna construcción. Quedan algunas casas antiguas, pero casi todas están ya remozadas, enlosadas y modernizadas en todos sus aspectos, de habitantes y de habitabilidad.
A la salida de Candanchú, en el peligroso cruce de carreteras que allí hay, el jacobípeta toma por una pequeña cuesta hacia la carretera nueva y la sigue, hasta que antes de cruzar el Puente del Ruso, se sale al camino que está a su izquierda, justo debajo de unos cables eléctricos. Allí, un enorme perro San Bernardo parece esperarlo. El jacobípeta, un poco receloso, trata de aparentar tranquilidad. ¡Pues no es nada semejante perrazo en soledades tales! Cuando pasa a su lado, el San Bernardo se levanta perezosamente y se pone a caminar al lado del jacobípeta, como si tal cosa.
Según va caminando, el jacobípeta avista los cuarteles militares de Candanchú. Cuando mira el sendero de cabras que ha de recorrer, mojado y en un descenso muy brusco, el jacobípeta hace acopio de todo el ardor guerrero que los cuarteles pudieran haberle transmitido. Con cuidado para no romperse la crisma va descendiendo…
Resbala varias veces y a punto está de caer, pero el bordón que trae le va ayudando a caminar a tres patas y a mantener el equilibrio. El Camino se va transformando en una pista más cómoda, hasta llegar a ser un sendero, todavía en pendiente, pero ya entre pinos y boj, y de mejor andar. Es un descanso para el jacobípeta caminar por terrenos más seguros, sin tanto riesgo de resbalar. El San Bernardo parece entenderlo así también y abandona al jacobípeta, dándose media vuelta, como si volviera al mismo punto donde lo recogió e inició el acompañamiento.
“A buscar y guiar a otro caminante”, piensa el jacobípeta.
Según llega a una carretera en la que desemboca el camino que lleva, el jacobípeta se topa con un coche de la Guardia Civil parado en la cuneta. Los guardias están fumando un cigarrillo en un descanso del servicio.
Al jacobípeta siempre se le dieron bien los guardias, con los que suele tener excelentes relaciones y con los que desgrana conversaciones que, si bien bastante intrascendentes, le proporcionan información sobre el entorno en el que se mueve. Al llegar a la altura de los guardias, el jacobípeta saluda.
- Buenos días… Vaya tiempecito que tenemos, ¿eh?
El mayor de los guardias se queda mirando al jacobípeta, se rasca la cabeza ladeándose la gorra y le dice en un castellano sonoro:
- Oiga, ¿yo a usted le conozco de algo?
(En realidad dice: “Yo a usted, ¿de qué cojones lo conozco, jefe?”, pero el jacobípeta tampoco quiere señalar demasiado…)
Como el tono de voz es afable, el jacobípeta fuerza la memoria, pero los guardias de uniforme, como los chinos, le parecen todos bastante iguales, y al pronto no cae. Instantes después el jacobípeta sí reconoce al guardia.
- ¡Coño, Marcial! Ahora sí que te conozco. Al pronto no te había reconocido. Como de verde parecéis todos iguales…
Marcial creció con el jacobípeta en el mismo barrio de Zaragoza. No fueron amigos directamente, sino que el guardia es hermano, algo más joven, de un amigo del jacobípeta.
El jacobípeta y Marcial se dan el abrazo de la amistad y de los recuerdos de la niñez. Charlan sobre tiempos pasados mientras fuman un cigarrillo. El jacobípeta pasa la bota con recio vino tinto aragonés. Marcial declina la invitación, pero el guardia más joven, que se llama, mira por dónde, Javier, echa un largo trago y hace chasquear la lengua cuando acaba.
- Buen vino éste, sí señor.
- Creía que estando de servicio no gastábais el vino…
Marcial sonríe beatífico para decir:
- Eso pasa sólo en las películas, hombre. Un traguito, y con este frío, tampoco viene mal. Pero un traguito solamente. Yo es que no puedo beber nada. Casi ni agua. Solamente leche. La úlcera, ¿sabes?
El jacobípeta se compadece sinceramente de Marcial. Eso de no poder catar el vino ni el orujo… En fin, tampoco parece llevarlo tan mal. El jacobípeta les cuenta a los guardias lo del San Bernardo, y se entera por ellos de que el perro es el del cuartel de Candanchú, que de vez en cuando se va por ahí. “A hacer horas extraordinarias”, dice el guardia Javier entre risas.
Así, entre recuerdos, preguntas por los antiguos compañeros de aventuras infantiles y juveniles, y otras cosas, se pasa casi una hora.
- Venga, Marcial, yo me voy chino-chano hasta Jaca. Seguramente aún nos veremos en estos días.
- ¿Quieres que te llevemos? Con el frío que hace y esta aguanieve que cae, te vas a congelar…
- Así no tiene gracia, Marcial. Hay que ir andando. Y tampoco está el tiempo tan amenazador. Yo creo que no pasaré mayores apuros. Gracias de todos modos.
- Nosotros estamos de servicio hasta las dos y nos iremos moviendo por aquí. Si hay algún problema, te llegas hasta la carretera y nos esperas, ¿vale?
- Vale, Marcial. Y gracias de nuevo. Encantado, Javier.
- Un placer, jefe.
El jacobípeta cruza el río Aragón, y camina un trecho por una carretera que desciende hacia Canfranc, dejando a su izquierda el fuerte del Coll de Ladrones.
A la altura del hotel Santa Cristina le adelantan Marcial y Javier, los guardias, saludándole con las manos y con un pitido corto del claxon del coche.
Un poco más adelante, el jacobípeta sale a la carretera N-330, por la que anda un trecho, hasta que la flecha amarilla le desvía para cruzar el río Aragón por un puente estrecho. Sigue caminando con calma, rumiando divertido la conversación con los guardias y la anécdota del San Bernardo, hasta que la Estación de Canfranc, que tiene a la vista, le saca de sus ensoñaciones. Se dirige directamente a contemplar la estación, a la que llega después de cruzar por un puente el Aragón.
Muy bonita es la estación de ferrocarril de Canfranc. El jacobípeta recuerda que alguien le contó que aquí se filmaron unas escenas de la película Doctor Zhivago.
Al no tener paso el túnel que cruza a Francia, pues quedó interrumpido hace años por un enorme desprendimiento interior, la estación ha dejado de tener el tráfico que tuvo. Que el jacobípeta tenga noticia, solamente hay un par de servicios – no sabe si diarios- con Jaca y Zaragoza. Es este, de Candanchú a Jaca y más allá, un bonito viaje, ya que la vía está trazada por lo alto del valle, va a través de varios túneles, y se desliza junto a precipicios impresionantes.
El jacobípeta lleva recorridos más o menos 7 kilómetros y cree llegado el momento de darse un descanso, porque durante toda la conversación con los guardias estuvo de pie. Mira a su alrededor y divisa un poyo de piedra, junto a una pared, al otro lado de la carretera. Se va para allá y se sienta a contemplar el mundo, a pesar del frío y la menuda lluvia, casi nieve, que continúa cayendo.
Aún no ha apagado el cigarrillo que encendió, cuando el jacobípeta ve recompensada su generosidad con la bota de vino. Salidos de una calle lateral, aparecen los guardias, Marcial y Javier, con unos bocadillos de tortillas de patatas y ajos que resucitan a un muerto. El jacobípeta y el guardia Javier beben vino. Marcial, solamente agua.
Ya casi es mediodía cuando el jacobípeta abandona a sus amigos los guardias y sigue su camino. Va por la carretera general hasta más allá de donde se acaban las casas de Canfranc-Estación, donde pasa por el interior de un túnel, y desciende por unas escaleras hacia las bases de la presa. Todo está muy resbaladizo, y el jacobípeta vuelve a temer por su integridad física, como ya le pasó bajando desde Candanchú, aunque ahora no tiene san Bernardo que vele por él.
El jacobípeta ha de cruzar un par de puentes más sobre río Aragón, que es su compañero de andanzas por el momento, antes de llegar al pueblo de Canfranc. En su recorrido juntos, el río Aragón regala la vista y el corazón del jacobípeta, y de todo transeunte que por allí se deje caer, con hermosas cascadas y murmullos a veces y rugidos otras, de las aguas rápidas que por él circulan. El jacobípeta se siente feliz.
Dicen que la felicidad da alas. Y debe de ser verdad, porque el jacobípeta recorre el Camino hasta Vilanúa en un suspiro –o eso le pareció a él-, y a la que se da cuenta tiene frente a sí los restos de la antigua hospedería, a la vera de la calzada romana -de la que pueden verse y pisarse algunos restos-, y, un poco más adelante, el puente de barandas verdes que hay a la entrada del pueblo antiguo.
Antes de llegar a Vilanúa, el jacobípeta hubo de cruzar un hermoso puente románico a la salida de Canfranc, y algunos túneles. El Camino tenía fuertes pendientes y, aunque se bajaba rápido incluso tomando algunas precauciones, le ha dejado al jacobípeta un hermoso recuerdo de dolor de gemelos, a pesar de bajar zigzagueando en un intento de evitar dolores posteriores. Se conoce que las primeras pendientes pasan su factura a pesar de los pesares. Las piernas le protestan cuando sigue su camino hacia el pueblo nuevo de Vilanúa.
A la entrada y a la salida del pueblo antiguo de Villanúa hay que cruzar el río Aragón. A la entrada, por el puente de barandillas verdes que se dijo; y a la salida, por un puente elevado, moderno.
El valle se ha ensanchado y la perspectiva es más amplia. La zona está bastante urbanizada, ya que es lugar de veraneo de multitud de aragoneses y catalanes. En opinión del jacobípeta, que conoció estos pueblos hace ya muchos años, en sus primeros pasos como montañero en los años 60, la zona se ha despersonalizado muchísimo. Ha perdido en sabor lo que ha ganado en riqueza. En fin, vaya lo uno por lo otro.
El jacobípeta quiere llegar a una hora razonable para comer en Castiello de Jaca, donde le espera un viejo amigo que quiere compartir mesa y yantar con él. Sabe que no va a poder ser, pero acelera el paso –dentro de lo razonable, es decir, sin correr ni parecer un esprinter- por ver de que su amigo no haya de esperarlo demasiado. A la altura del edificio de los Salesianos, un automóvil todo terreno se detiene junto al jacobípeta. Baja de él su amigo, que le insta a subir para irse juntos a comer, con la promesa de que después de la comida, y la sobremesa, volverá a dejar al jacobípeta en el mismo punto donde lo está recogiendo.
No le viene mal al jacobípeta un pequeño descanso en el automóvil antes de sentarse a la mesa. Charlan ambos durante el corto trayecto hasta la casa de su amigo, y no paran de hacerlo excepto para hacer los honores al sabroso guisado de ternasco –cordero lechal- que su amigo ha preparado con mimo y muy buen criterio. En honor al jacobípeta, su amigo saca una botella de tinto de Cariñena, que vacían entre los cuatro comensales, a saber: el jacobípeta, su amigo y la mujer, y el hijo de éstos, que ya hizo el servicio militar.
El amigo del jacobípeta se llama Clemente Asín Ciurana, por mal nombre Capagoso. Clemente Asín Ciurana pronuncia mal la erre, lo hace a la francesa, así que cuando le preguntaban de dónde era, como había nacido en Caparroso de Navarra, él decía siempre “Capagoso”. Y se le quedó de apodo. Se da, también, la circunstancia de que Clemente Asín Ciurana es criador de perros de la raza “mastín del Pirineo”, con lo cual, el apodo de marras se transforma, de paso, en un juego de palabras, dado de que ha de capar a muchos de los ejemplares cuyos dueños no quieren un perro “entero”.
Clemente Asín Ciurana vive habitualmente cerca de Benasque, pero tiene una hija casada en Jaca y ya hace años que puso casa en Castiello de Jaca. Clemente Asín Ciurana es hombre de posibles, como puede verse. El hijo de Clemente Asín Ciurana, también de nombre Clemente, como su padre, se queda habitualmente al cargo del negocio cuando su padre se acerca a Jaca a ver a la hija y a los nietos, pero esta vez hicieron el viaje juntos, por más que Clemente hijo ha de volver a Benasque esta misma tarde.
Cuando el jacobípeta y su amigo Clemente, que se han quedado solos porque mujer e hijo se fueron a Jaca, están atacando el café y el licor, aparece Marcial, el guardia. Acaba de terminar el turno de servicio “y no he podido resistir la tentación de acercarme a echar un café con vosotros y a acompañarte un rato en el camino, hasta Jaca. He llamado donde la hija de éste y me ha dicho que estábais aquí.” El jacobípeta agradece el gesto sirviéndole una copita, mientras reanudan la conversación.
- Le he dicho al Javier que me acercara, que luego ya volvía yo contigo.
- Hombre, es un detalle. Siempre se camina más a gusto acompañado. Y más, con la autoridad.
Los tres amigos ríen. Clemente le recuerda al jacobípeta que no deje de visitar a su amigo Agustín al llegar a Santa Cilia de Jaca, que será bien recibido.
- El Agustín te va a gustar, ya verás. Es un hombre íntegro y de buenos sentimientos.
Al segundo café, el jacobípeta y Marcial se ponen en pie dispuestos a continuar el Camino. Clemente los acerca hasta el edificio de los Salesianos donde recogió al jacobípeta. Allí se despiden de Clemente hasta la noche, que se verán en Jaca.
Marcial y el jacobípeta inician el camino a buen ritmo y pronto están otra vez en Castiello de Jaca. Atraviesan el pueblo por la sirga peregrinal, que aquí, como en casi todos los pueblos por los que pasa el Camino, lleva el nombre de calle de Santiago. A menudo, estos pueblos se organizaron en burgos, en torno a esta sirga o camino de peregrinos, que es el lugar por donde discurría, y discurre, el Camino de Santiago.
Pasado Castiello de Jaca hay que cruzar el río de Garcipollera por unas piedras verticales, o dar un pequeño rodeo para salvarlo por un puente.
Marcial, con buen criterio, da el rodeo. El jacobípeta se arriesga y sale entero casi de milagro, porque el río viene un poco crecido y las piedras están muy resbaladizas. Este río parece que es el Aragón, pero mucha gente lo llama Garcipollera porque el camino que se sigue lleva a Bescós de Garcipollera y así, Garcipollera, se denomina a esta zona.
Ya es noche cerrada cuando Marcial y el jacobípeta llegan a Jaca. Pero Marcial lleva una potente linterna que les ha ido haciendo visible el Camino. Además, Marcial lo tiene recorrido casi a diario y lo conoce perfectamente, con lo que el jacobípeta se sabía en buenas manos en todo momento.
En Jaca, se acercan a casa de Marcial, a saludar a la familia, y luego el jacobípeta, se llega a lo de Clemente, no sin antes despedirse efusivamente y agradecido de Marcial. Aún le queda tiempo al guardia de hacer indicaciones al jacobípeta sobre el camino que va a recorrer mañana, vaya o no a San Juan de la Peña, desvío éste que el jacobípeta no tiene intención de hacer.
El jacobípeta agradece el calor y la ducha caliente en casa de la hija de Clemente. Cenan poco y ligero y salen a dar una vuelta por la ciudad y a tomar un café.
Temprano, el jacobípeta se retira a descansar.

Tranco preliminar.- A modo de introducción.


Si alguien se toma la molestia de buscar “jacobípeta” en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es seguro que no la encontrará. Es decir, que en español no existe esta voz “jacobípeta” para designar a alguien o a algo.
En alguna parte la leí hace tiempo, y entendí en ella que designaba a los caminantes que deambulan por el Camino de Santiago, sea cual sea su intencionalidad.
A partir de este concepto que la palabra parece designar, creo que podrán entenderse las páginas que siguen. En realidad no pretenden otra cosa que recopilar en un solo relato las vivencias, los paisajes, las personas, los sentires y otras cosas así, que pertenecen a muchos años de caminar y a muchos días de Camino, tomando como base el Camino hecho el primer año del nuevo milenio.
Caminar, y disfrutar de los paisajes con los parcos y tranquilos ojos del caminante, fue un amor a primera vista. En los lejanos y escasos años de la OJE, vividos de forma interesada, tomé mi primer contacto con lo que entonces denominaban “marchas”.
En esos tres o cuatro años –entre los diez y catorce de mi edad- conseguí lo que entonces estimaba como mi mayor tesoro: unos buenos zapatos para caminar por el monte y ropa apropiada, todo ello regalo de la organización. Lo del adoctrinamiento ideológico era otra cosa, afortunadamente contrarrestado por las vivencias en el barrio de Zaragoza donde me crié. Pero me quedó el gusanillo de andar por andar.
Con los años ese gusanillo creció, y un buen día –aún no sé muy bien cómo pasó- me encontré planeando un verano en el Camino de Santiago. Estaba en los primeros de mis veinte años, y tanto el país como yo vivíamos momentos confusos. Corría el fin de la primavera de 1973.
Obvio es decir que por esos años el Camino estaba casi olvidado, y solamente unos cuantos “pirados” se ponían en la tesitura de meterse entre pecho y espalda más de ochocientos kilómetros, aunque fuera atendiendo a razones de fé, que el que suscribe no sentía en esos momentos ni por asomo. Además, lo ignoraba casi todo respecto al Camino. Y no estaba ni medianamente señalizado. Hoy, te echas al Camino y las flechas amarillas te guían casi en su totalidad, pero entonces había unas pocas señalizaciones, debidas, en su mayoría, a anónimos amantes del Camino, que Dios guarde.
Pero como dijo el poeta, “se hace camino al andar” y así fue como me encontré en Somport iniciando un Camino que me llevaría recorrerlo cincuenta y nueve días y, ciertamente, más de mil kilómetros, debido a las vueltas y revueltas a que los extravíos del buen Camino me condujeron.
Cuando, ya en Santiago y sin las colas que ahora hay ante el santo o ante el árbol de Jesé, abracé a Santiago, algo muy profundo había cambiado dentro de mí. Ha de decirse, en honor a la verdad, que nunca me he considerado “peregrino”, por más que haya caminado por el Camino, pero sí es muy cierto que unos ojos que antes estaban ciegos, ahora veían y entendían –o creían entender- lo que el Camino mostraba.
Y ya fue como una droga que te entra en la sangre y te pide cada cierto tiempo la dosis: el Camino fue, para mí, esa droga. Desde aquel lejano 1973, cada año hube de caminar por el Camino. O recorrerlo en coche y de camping en camping, en plan turista, pero sintiendo que allí había un lugar para mí. Un lugar que yo había conquistado en esa primera vez.
Luego ya vino todo lo demás.
Y, antes de comenzar, ha de avisarse que los personajes y circunstancias que se relatarán son reales, un poco adornadas, tal vez, pero reales. Obvio sería decir que los nombres y las ubicaciones están modificados, pero responden, punto por punto, a personas y lugares ciertos. Y, seguramente, ellos y ellas se reconocerán.