domingo, 22 de junio de 2008

Tranco Primero.- De Somport a Jaca, aproximadamente.


El jacobípeta se encuentra ahora en una curiosa situación. Hace años se planteó caminar a Santiago e ir contando las cosas que veía y las que le pasaban por la cabeza. Pero hasta hoy no había comenzado a hacerlo.
Ya se hizo el Camino una docena completa de veces anteriormente, pero casi siempre a trozos... a plazos, se diría. Iba caminando los tramos –ahora les llama etapas, como en las carreras- que le gustaban y los otros los hacía en tren o en coche. En realidad, el jacobípeta ya caminó todas las etapas varias veces. Y ya hizo, desde la primera, que ya hace casi treinta años, el Camino entero y seguido en cinco ocasiones. Etapa tras etapa.
Al comenzarlo ahora, de nuevo, recuerda la dureza de muchos de esos tramos y siente que Santiago queda taaaaaan lejos...
El jacobípeta opina que, como camino para curiosos, el Camino de Santiago puede caminarse todas las veces que se crea que se puede encontrar algo nuevo. Y, en realidad, esto sucede cada vez que se recorre. Anteriormente lo había hecho observando algunos detalles más o menos curiosos: marcas de canteros (de los 'compañeros'); gárgolas (desagües de los tejados, con extrañas formas); estudio y observación de las construcciones; buscando, escuchando y leyendo historias sobre el Camino y sus etapas, y las regiones que atraviesa, etc.
Pero esta vez había de ser diferente. Nada de particular que observar, sino solamente rememorar todas las cosas que en las otras ocasiones que había recorrido el Camino, había escuchado, leido u observado. Esta es, pues, una ocasión para el recuerdo.
Una alma caritativa ha subido al jacobípeta desde Jaca hasta Somport, en un camión, y lo ha dejado en lo que fue la frontera entre España y Francia. El jacobípeta mira hacia el suelo y distingue, aún, la raya que indicaba el cambio de país. A su espalda queda Francia, adonde únicamente sus talones han entrado. Las punteras de sus botas están en España. Y siente que el corazón le late con fuerza. Va a iniciar un camino que le llevará, si los benevolentes dioses y el Apóstol así lo creen oportuno, hasta Santiago de Compostela. Pero todo esto es pensar en futuro. Futuro que habrá de ir desgranando paso a paso, trocha a trocha.
Ahora mismo, solamente quiere sentir el aire frío de la mañana, de la desapacible mañana, que ha elegido para comenzar. El día le saluda con una lluvia fina que le va despertando de sus ensoñaciones y que le anima a comenzar a caminar.
El jacobípeta se ha propuesto no seguir estrictamente las indicaciones, en cuanto a los itinerarios, duración ni recomendaciones de las etapas, de ninguna guía en particular, de las muchas que hay en el mercado. Así, a la hora de caminar, el jacobípeta tirará por donde mejor le parezca, sin desviarse demasiado del camino tradicional. Como, además, el jacobípeta va con poco dinero y con menguados víveres, habrá de ir ingeniándoselas para comer y dormir donde mejor pueda.
Afortunadamente tiene amigos por todas partes, gentes que fue conociendo a lo largo de los años y con las que ha mantenido viva la llama de la amistad. Muchas veces ellos y ellas serán sus “hospitaleros”, otras, pernoctará y se alimentará donde mejor venga al caso. Bien, es hora de comenzar a caminar.
El jacobípeta mira la señal roja y blanca de la GR 65.3 que marca el Camino de Santiago, respira hondo y comienza a bajar el brusco descenso del monte, por sendero, y con escalones en algunos tramos, teniendo las carreteras -la nueva y la vieja- a ambos lados. Por el lado de babor pasan los automóviles a toda velocidad, por la carretera nueva. Mientras baja, observa el paisaje y la naturaleza que le rodea. Medita sobre los nombres de los lugares que va dejando atrás. El “summus portus” que parece que dio lugar al Somport; las montañas de fuego, que parece significar Pirineos; y algunas cosas más.
Estos pensamientos sobre los nombres, entretienen al jacobípeta mientras camina y tiene a la vista los edificios de Candanchú. Faldeando el monte y cerca del río, el jacobípeta avista lo que queda del hospital de Santa Cristina, uno de los más importantes en su tiempo, pero del que apenas quedan unos pocos restos que dan poca idea de su importancia anterior.
El jacobípeta va acercándose a Candanchú y se teme que no le va a quedar más remedio que seguir la carretera, ya que los caminos que apuntan en su dirección se van llenando de agua y barro. Dirige sus pasos hacia el puente, que le dicen lleva, también, el nombre de Santa Cristina.
Candanchú es ahora un ¿pueblo? tomado por los turistas que disfrutan del fresco en verano y de las pistas de esquí en invierno. Las casas pretenden ser de piedra, aunque la mayor parte solamente tienen un revestimiento de piedra, y puede verse que son de moderna construcción. Quedan algunas casas antiguas, pero casi todas están ya remozadas, enlosadas y modernizadas en todos sus aspectos, de habitantes y de habitabilidad.
A la salida de Candanchú, en el peligroso cruce de carreteras que allí hay, el jacobípeta toma por una pequeña cuesta hacia la carretera nueva y la sigue, hasta que antes de cruzar el Puente del Ruso, se sale al camino que está a su izquierda, justo debajo de unos cables eléctricos. Allí, un enorme perro San Bernardo parece esperarlo. El jacobípeta, un poco receloso, trata de aparentar tranquilidad. ¡Pues no es nada semejante perrazo en soledades tales! Cuando pasa a su lado, el San Bernardo se levanta perezosamente y se pone a caminar al lado del jacobípeta, como si tal cosa.
Según va caminando, el jacobípeta avista los cuarteles militares de Candanchú. Cuando mira el sendero de cabras que ha de recorrer, mojado y en un descenso muy brusco, el jacobípeta hace acopio de todo el ardor guerrero que los cuarteles pudieran haberle transmitido. Con cuidado para no romperse la crisma va descendiendo…
Resbala varias veces y a punto está de caer, pero el bordón que trae le va ayudando a caminar a tres patas y a mantener el equilibrio. El Camino se va transformando en una pista más cómoda, hasta llegar a ser un sendero, todavía en pendiente, pero ya entre pinos y boj, y de mejor andar. Es un descanso para el jacobípeta caminar por terrenos más seguros, sin tanto riesgo de resbalar. El San Bernardo parece entenderlo así también y abandona al jacobípeta, dándose media vuelta, como si volviera al mismo punto donde lo recogió e inició el acompañamiento.
“A buscar y guiar a otro caminante”, piensa el jacobípeta.
Según llega a una carretera en la que desemboca el camino que lleva, el jacobípeta se topa con un coche de la Guardia Civil parado en la cuneta. Los guardias están fumando un cigarrillo en un descanso del servicio.
Al jacobípeta siempre se le dieron bien los guardias, con los que suele tener excelentes relaciones y con los que desgrana conversaciones que, si bien bastante intrascendentes, le proporcionan información sobre el entorno en el que se mueve. Al llegar a la altura de los guardias, el jacobípeta saluda.
- Buenos días… Vaya tiempecito que tenemos, ¿eh?
El mayor de los guardias se queda mirando al jacobípeta, se rasca la cabeza ladeándose la gorra y le dice en un castellano sonoro:
- Oiga, ¿yo a usted le conozco de algo?
(En realidad dice: “Yo a usted, ¿de qué cojones lo conozco, jefe?”, pero el jacobípeta tampoco quiere señalar demasiado…)
Como el tono de voz es afable, el jacobípeta fuerza la memoria, pero los guardias de uniforme, como los chinos, le parecen todos bastante iguales, y al pronto no cae. Instantes después el jacobípeta sí reconoce al guardia.
- ¡Coño, Marcial! Ahora sí que te conozco. Al pronto no te había reconocido. Como de verde parecéis todos iguales…
Marcial creció con el jacobípeta en el mismo barrio de Zaragoza. No fueron amigos directamente, sino que el guardia es hermano, algo más joven, de un amigo del jacobípeta.
El jacobípeta y Marcial se dan el abrazo de la amistad y de los recuerdos de la niñez. Charlan sobre tiempos pasados mientras fuman un cigarrillo. El jacobípeta pasa la bota con recio vino tinto aragonés. Marcial declina la invitación, pero el guardia más joven, que se llama, mira por dónde, Javier, echa un largo trago y hace chasquear la lengua cuando acaba.
- Buen vino éste, sí señor.
- Creía que estando de servicio no gastábais el vino…
Marcial sonríe beatífico para decir:
- Eso pasa sólo en las películas, hombre. Un traguito, y con este frío, tampoco viene mal. Pero un traguito solamente. Yo es que no puedo beber nada. Casi ni agua. Solamente leche. La úlcera, ¿sabes?
El jacobípeta se compadece sinceramente de Marcial. Eso de no poder catar el vino ni el orujo… En fin, tampoco parece llevarlo tan mal. El jacobípeta les cuenta a los guardias lo del San Bernardo, y se entera por ellos de que el perro es el del cuartel de Candanchú, que de vez en cuando se va por ahí. “A hacer horas extraordinarias”, dice el guardia Javier entre risas.
Así, entre recuerdos, preguntas por los antiguos compañeros de aventuras infantiles y juveniles, y otras cosas, se pasa casi una hora.
- Venga, Marcial, yo me voy chino-chano hasta Jaca. Seguramente aún nos veremos en estos días.
- ¿Quieres que te llevemos? Con el frío que hace y esta aguanieve que cae, te vas a congelar…
- Así no tiene gracia, Marcial. Hay que ir andando. Y tampoco está el tiempo tan amenazador. Yo creo que no pasaré mayores apuros. Gracias de todos modos.
- Nosotros estamos de servicio hasta las dos y nos iremos moviendo por aquí. Si hay algún problema, te llegas hasta la carretera y nos esperas, ¿vale?
- Vale, Marcial. Y gracias de nuevo. Encantado, Javier.
- Un placer, jefe.
El jacobípeta cruza el río Aragón, y camina un trecho por una carretera que desciende hacia Canfranc, dejando a su izquierda el fuerte del Coll de Ladrones.
A la altura del hotel Santa Cristina le adelantan Marcial y Javier, los guardias, saludándole con las manos y con un pitido corto del claxon del coche.
Un poco más adelante, el jacobípeta sale a la carretera N-330, por la que anda un trecho, hasta que la flecha amarilla le desvía para cruzar el río Aragón por un puente estrecho. Sigue caminando con calma, rumiando divertido la conversación con los guardias y la anécdota del San Bernardo, hasta que la Estación de Canfranc, que tiene a la vista, le saca de sus ensoñaciones. Se dirige directamente a contemplar la estación, a la que llega después de cruzar por un puente el Aragón.
Muy bonita es la estación de ferrocarril de Canfranc. El jacobípeta recuerda que alguien le contó que aquí se filmaron unas escenas de la película Doctor Zhivago.
Al no tener paso el túnel que cruza a Francia, pues quedó interrumpido hace años por un enorme desprendimiento interior, la estación ha dejado de tener el tráfico que tuvo. Que el jacobípeta tenga noticia, solamente hay un par de servicios – no sabe si diarios- con Jaca y Zaragoza. Es este, de Candanchú a Jaca y más allá, un bonito viaje, ya que la vía está trazada por lo alto del valle, va a través de varios túneles, y se desliza junto a precipicios impresionantes.
El jacobípeta lleva recorridos más o menos 7 kilómetros y cree llegado el momento de darse un descanso, porque durante toda la conversación con los guardias estuvo de pie. Mira a su alrededor y divisa un poyo de piedra, junto a una pared, al otro lado de la carretera. Se va para allá y se sienta a contemplar el mundo, a pesar del frío y la menuda lluvia, casi nieve, que continúa cayendo.
Aún no ha apagado el cigarrillo que encendió, cuando el jacobípeta ve recompensada su generosidad con la bota de vino. Salidos de una calle lateral, aparecen los guardias, Marcial y Javier, con unos bocadillos de tortillas de patatas y ajos que resucitan a un muerto. El jacobípeta y el guardia Javier beben vino. Marcial, solamente agua.
Ya casi es mediodía cuando el jacobípeta abandona a sus amigos los guardias y sigue su camino. Va por la carretera general hasta más allá de donde se acaban las casas de Canfranc-Estación, donde pasa por el interior de un túnel, y desciende por unas escaleras hacia las bases de la presa. Todo está muy resbaladizo, y el jacobípeta vuelve a temer por su integridad física, como ya le pasó bajando desde Candanchú, aunque ahora no tiene san Bernardo que vele por él.
El jacobípeta ha de cruzar un par de puentes más sobre río Aragón, que es su compañero de andanzas por el momento, antes de llegar al pueblo de Canfranc. En su recorrido juntos, el río Aragón regala la vista y el corazón del jacobípeta, y de todo transeunte que por allí se deje caer, con hermosas cascadas y murmullos a veces y rugidos otras, de las aguas rápidas que por él circulan. El jacobípeta se siente feliz.
Dicen que la felicidad da alas. Y debe de ser verdad, porque el jacobípeta recorre el Camino hasta Vilanúa en un suspiro –o eso le pareció a él-, y a la que se da cuenta tiene frente a sí los restos de la antigua hospedería, a la vera de la calzada romana -de la que pueden verse y pisarse algunos restos-, y, un poco más adelante, el puente de barandas verdes que hay a la entrada del pueblo antiguo.
Antes de llegar a Vilanúa, el jacobípeta hubo de cruzar un hermoso puente románico a la salida de Canfranc, y algunos túneles. El Camino tenía fuertes pendientes y, aunque se bajaba rápido incluso tomando algunas precauciones, le ha dejado al jacobípeta un hermoso recuerdo de dolor de gemelos, a pesar de bajar zigzagueando en un intento de evitar dolores posteriores. Se conoce que las primeras pendientes pasan su factura a pesar de los pesares. Las piernas le protestan cuando sigue su camino hacia el pueblo nuevo de Vilanúa.
A la entrada y a la salida del pueblo antiguo de Villanúa hay que cruzar el río Aragón. A la entrada, por el puente de barandillas verdes que se dijo; y a la salida, por un puente elevado, moderno.
El valle se ha ensanchado y la perspectiva es más amplia. La zona está bastante urbanizada, ya que es lugar de veraneo de multitud de aragoneses y catalanes. En opinión del jacobípeta, que conoció estos pueblos hace ya muchos años, en sus primeros pasos como montañero en los años 60, la zona se ha despersonalizado muchísimo. Ha perdido en sabor lo que ha ganado en riqueza. En fin, vaya lo uno por lo otro.
El jacobípeta quiere llegar a una hora razonable para comer en Castiello de Jaca, donde le espera un viejo amigo que quiere compartir mesa y yantar con él. Sabe que no va a poder ser, pero acelera el paso –dentro de lo razonable, es decir, sin correr ni parecer un esprinter- por ver de que su amigo no haya de esperarlo demasiado. A la altura del edificio de los Salesianos, un automóvil todo terreno se detiene junto al jacobípeta. Baja de él su amigo, que le insta a subir para irse juntos a comer, con la promesa de que después de la comida, y la sobremesa, volverá a dejar al jacobípeta en el mismo punto donde lo está recogiendo.
No le viene mal al jacobípeta un pequeño descanso en el automóvil antes de sentarse a la mesa. Charlan ambos durante el corto trayecto hasta la casa de su amigo, y no paran de hacerlo excepto para hacer los honores al sabroso guisado de ternasco –cordero lechal- que su amigo ha preparado con mimo y muy buen criterio. En honor al jacobípeta, su amigo saca una botella de tinto de Cariñena, que vacían entre los cuatro comensales, a saber: el jacobípeta, su amigo y la mujer, y el hijo de éstos, que ya hizo el servicio militar.
El amigo del jacobípeta se llama Clemente Asín Ciurana, por mal nombre Capagoso. Clemente Asín Ciurana pronuncia mal la erre, lo hace a la francesa, así que cuando le preguntaban de dónde era, como había nacido en Caparroso de Navarra, él decía siempre “Capagoso”. Y se le quedó de apodo. Se da, también, la circunstancia de que Clemente Asín Ciurana es criador de perros de la raza “mastín del Pirineo”, con lo cual, el apodo de marras se transforma, de paso, en un juego de palabras, dado de que ha de capar a muchos de los ejemplares cuyos dueños no quieren un perro “entero”.
Clemente Asín Ciurana vive habitualmente cerca de Benasque, pero tiene una hija casada en Jaca y ya hace años que puso casa en Castiello de Jaca. Clemente Asín Ciurana es hombre de posibles, como puede verse. El hijo de Clemente Asín Ciurana, también de nombre Clemente, como su padre, se queda habitualmente al cargo del negocio cuando su padre se acerca a Jaca a ver a la hija y a los nietos, pero esta vez hicieron el viaje juntos, por más que Clemente hijo ha de volver a Benasque esta misma tarde.
Cuando el jacobípeta y su amigo Clemente, que se han quedado solos porque mujer e hijo se fueron a Jaca, están atacando el café y el licor, aparece Marcial, el guardia. Acaba de terminar el turno de servicio “y no he podido resistir la tentación de acercarme a echar un café con vosotros y a acompañarte un rato en el camino, hasta Jaca. He llamado donde la hija de éste y me ha dicho que estábais aquí.” El jacobípeta agradece el gesto sirviéndole una copita, mientras reanudan la conversación.
- Le he dicho al Javier que me acercara, que luego ya volvía yo contigo.
- Hombre, es un detalle. Siempre se camina más a gusto acompañado. Y más, con la autoridad.
Los tres amigos ríen. Clemente le recuerda al jacobípeta que no deje de visitar a su amigo Agustín al llegar a Santa Cilia de Jaca, que será bien recibido.
- El Agustín te va a gustar, ya verás. Es un hombre íntegro y de buenos sentimientos.
Al segundo café, el jacobípeta y Marcial se ponen en pie dispuestos a continuar el Camino. Clemente los acerca hasta el edificio de los Salesianos donde recogió al jacobípeta. Allí se despiden de Clemente hasta la noche, que se verán en Jaca.
Marcial y el jacobípeta inician el camino a buen ritmo y pronto están otra vez en Castiello de Jaca. Atraviesan el pueblo por la sirga peregrinal, que aquí, como en casi todos los pueblos por los que pasa el Camino, lleva el nombre de calle de Santiago. A menudo, estos pueblos se organizaron en burgos, en torno a esta sirga o camino de peregrinos, que es el lugar por donde discurría, y discurre, el Camino de Santiago.
Pasado Castiello de Jaca hay que cruzar el río de Garcipollera por unas piedras verticales, o dar un pequeño rodeo para salvarlo por un puente.
Marcial, con buen criterio, da el rodeo. El jacobípeta se arriesga y sale entero casi de milagro, porque el río viene un poco crecido y las piedras están muy resbaladizas. Este río parece que es el Aragón, pero mucha gente lo llama Garcipollera porque el camino que se sigue lleva a Bescós de Garcipollera y así, Garcipollera, se denomina a esta zona.
Ya es noche cerrada cuando Marcial y el jacobípeta llegan a Jaca. Pero Marcial lleva una potente linterna que les ha ido haciendo visible el Camino. Además, Marcial lo tiene recorrido casi a diario y lo conoce perfectamente, con lo que el jacobípeta se sabía en buenas manos en todo momento.
En Jaca, se acercan a casa de Marcial, a saludar a la familia, y luego el jacobípeta, se llega a lo de Clemente, no sin antes despedirse efusivamente y agradecido de Marcial. Aún le queda tiempo al guardia de hacer indicaciones al jacobípeta sobre el camino que va a recorrer mañana, vaya o no a San Juan de la Peña, desvío éste que el jacobípeta no tiene intención de hacer.
El jacobípeta agradece el calor y la ducha caliente en casa de la hija de Clemente. Cenan poco y ligero y salen a dar una vuelta por la ciudad y a tomar un café.
Temprano, el jacobípeta se retira a descansar.

No hay comentarios: