domingo, 22 de junio de 2008

Tranco preliminar.- A modo de introducción.


Si alguien se toma la molestia de buscar “jacobípeta” en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es seguro que no la encontrará. Es decir, que en español no existe esta voz “jacobípeta” para designar a alguien o a algo.
En alguna parte la leí hace tiempo, y entendí en ella que designaba a los caminantes que deambulan por el Camino de Santiago, sea cual sea su intencionalidad.
A partir de este concepto que la palabra parece designar, creo que podrán entenderse las páginas que siguen. En realidad no pretenden otra cosa que recopilar en un solo relato las vivencias, los paisajes, las personas, los sentires y otras cosas así, que pertenecen a muchos años de caminar y a muchos días de Camino, tomando como base el Camino hecho el primer año del nuevo milenio.
Caminar, y disfrutar de los paisajes con los parcos y tranquilos ojos del caminante, fue un amor a primera vista. En los lejanos y escasos años de la OJE, vividos de forma interesada, tomé mi primer contacto con lo que entonces denominaban “marchas”.
En esos tres o cuatro años –entre los diez y catorce de mi edad- conseguí lo que entonces estimaba como mi mayor tesoro: unos buenos zapatos para caminar por el monte y ropa apropiada, todo ello regalo de la organización. Lo del adoctrinamiento ideológico era otra cosa, afortunadamente contrarrestado por las vivencias en el barrio de Zaragoza donde me crié. Pero me quedó el gusanillo de andar por andar.
Con los años ese gusanillo creció, y un buen día –aún no sé muy bien cómo pasó- me encontré planeando un verano en el Camino de Santiago. Estaba en los primeros de mis veinte años, y tanto el país como yo vivíamos momentos confusos. Corría el fin de la primavera de 1973.
Obvio es decir que por esos años el Camino estaba casi olvidado, y solamente unos cuantos “pirados” se ponían en la tesitura de meterse entre pecho y espalda más de ochocientos kilómetros, aunque fuera atendiendo a razones de fé, que el que suscribe no sentía en esos momentos ni por asomo. Además, lo ignoraba casi todo respecto al Camino. Y no estaba ni medianamente señalizado. Hoy, te echas al Camino y las flechas amarillas te guían casi en su totalidad, pero entonces había unas pocas señalizaciones, debidas, en su mayoría, a anónimos amantes del Camino, que Dios guarde.
Pero como dijo el poeta, “se hace camino al andar” y así fue como me encontré en Somport iniciando un Camino que me llevaría recorrerlo cincuenta y nueve días y, ciertamente, más de mil kilómetros, debido a las vueltas y revueltas a que los extravíos del buen Camino me condujeron.
Cuando, ya en Santiago y sin las colas que ahora hay ante el santo o ante el árbol de Jesé, abracé a Santiago, algo muy profundo había cambiado dentro de mí. Ha de decirse, en honor a la verdad, que nunca me he considerado “peregrino”, por más que haya caminado por el Camino, pero sí es muy cierto que unos ojos que antes estaban ciegos, ahora veían y entendían –o creían entender- lo que el Camino mostraba.
Y ya fue como una droga que te entra en la sangre y te pide cada cierto tiempo la dosis: el Camino fue, para mí, esa droga. Desde aquel lejano 1973, cada año hube de caminar por el Camino. O recorrerlo en coche y de camping en camping, en plan turista, pero sintiendo que allí había un lugar para mí. Un lugar que yo había conquistado en esa primera vez.
Luego ya vino todo lo demás.
Y, antes de comenzar, ha de avisarse que los personajes y circunstancias que se relatarán son reales, un poco adornadas, tal vez, pero reales. Obvio sería decir que los nombres y las ubicaciones están modificados, pero responden, punto por punto, a personas y lugares ciertos. Y, seguramente, ellos y ellas se reconocerán.

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