jueves, 12 de febrero de 2009

Tranco octavo.- De Logroño a Navarrete, y gracias.

El jacobípeta se levanta temprano este día. Patricio le ha despertado para llevarlo con él al hospital, tal como habían pactado el día anterior. Como ya se había despedido del resto de los habitantes de la casa por la noche, el jacobípeta ya sale con toda su impedimenta cuando sube al coche de Patricio, camino del hospital.

En efecto, es don Knutt. Don Knutt se alegra sinceramente de ver al jacobípeta, y se quedan juntos a la espera de que pase visita el médico y le dé el alta. Don Knutt está adolorido en su pierna izquierda, pero en razonables condiciones para emprender la marcha. De todas formas, Patricio le explica al jacobípeta cómo cuidar la pierna de don Knutt, y les da una pomada para remediar los dolores. También les aconseja que no fuercen demasiado el paso, para dar tiempo a que la contractura vaya sanando. Les explica que no pueden tenerlo a don Knutt en el hospital por una dolencia leve y que ha de irse a casa, aunque, como en este caso, la única casa que tenga el paciente sea el Camino.

Don Knutt y el jacobípeta atienden las explicaciones y aseguran a Patricio que harán todo según sus instrucciones. Para empezar, la próxima meta será Navarrete, muy cerca de Logroño, y luego, ya se irá viendo.

A las nueve y poco de la mañana ya están don Knutt y el jacobípeta a la puerta del hospital. Don Knutt se apoya en el bordón, a modo de muleta y, a ratos, en el hombro del jacobípeta. Como don Knutt no pesa mucho, el caminar de ambos no es patético ni lamentable. Más aún, ambos, don Knutt y el jacobípeta, se ríen de la figura que vienen haciendo. Además, el tiempo acompaña. Es una mañana fría pero soleada que les alegra.

La larga salida de Logroño, casi interminable en condiciones normales, se alarga todavía más, pero a los dos amigos no les importa. Saben que la jornada será corta y están decididos a parar las veces que sea necesario.

El Camino sale del casco viejo de Logroño por la antigua Puerta del Revellín. De Logroño se sale por la larga Avenida del Marqués de Murrieta. El jacobípeta y don Knutt salieron a la carretera de Burgos, casi en las afueras de Logroño. Por pista cruzan la doble vía. Por esta pista, hecha expresamente para caminantes y paseantes, y flanqueada de árboles, llegan al embalse de La Grajera, donde paran a descansar un rato.

Don Knutt y el jacobípeta recorren el embalse por el muro de la presa y siguen el Camino que continúa por la orilla derecha. Muy poco después de una antena y de cruzar la carretera, comienzan las dificultades al subir la colina, y no tanto por la cuesta, que la hay y dura, sino por la escasez de indicaciones que amenaza con despistarlos. Ya arriba del alto, tienen a la vista Navarrete y hacen otro descanso.

Ya con la referencia del pueblo de Navarrete, retoman su caminar y cruzan la carretera y luego la autopista por el paso elevado. Allí ven, y dejan a un lado, a su derecha, las ruinas de la Alberguería de la Orden de San Juan de Acre, cuyo pórtico se conserva como puerta del cementerio, por la cual se pasa al salir del pueblo.

Los aproximadamente doce kilómetros que hay entre Logroño y Navarrete los recorren en tres horas y media, sin forzar la marcha. Cuando llevaban unos cuatro kilómetros recorridos, don Knutt ya iba caminando él solo, sin necesidad de ayuda por parte del jacobípeta. Se conoce que se le habían calentado los músculos y había remitido el dolor que pudiera tener al comenzar la marcha. Las ortopedias que don Knutt lleva en el muslo y la rodilla izquierdos han ayudado bastante, claro.

Navarrete es una villa de aspecto medieval, en un cerro. Tiene muchas casas blasonadas, y en una de ellas puede verse, en una hornacina, una talla de Santiago Matamoros.

Según callejean y se dirigen hacia el albergue municipal, don Knutt protesta y le dice al jacobípeta que no está tan mal como para quedarse ya en Navarrete, que queda mucho día aún.

- No, amigo mío don Knutt, que yo no pretendo llevarle a ningún sitio ni tomar decisiones por usted, ¡Dios me libre!, que lo único que quiero es llegar a algún sitio donde nos den de comer, que ya va siendo hora. Y se me ocurre que no hay mejor sitio que el propio albergue y, si allí no hay qué comer, nos indicarán algún lugar.

Don Knutt se queda más tranquilo y se deja llevar. En el albergue, y dado que don Knutt no parece dispuesto a parecer que se rinde por hoy y el jacobípeta no quiere poner en un brete a su amigo, preguntan por algún sitio donde comer y, efectivamente, allí les orientan.

Don Knutt es un hombre generoso y agradecido y decide invitar al jacobípeta a la comida. Charlan mientras comen y también de sobremesa. Cuando se levantan, don Knutt se siente cansado y ambos deciden que es mejor descansar lo que queda de día y hacer noche en el albergue, que mañana será otro día. Así que encaminan sus pasos de vuelta al albergue. Toman posesión de sus camas y siguen con su charla.

El jacobípeta se entera entonces de las andanzas de don Knutt desde que se separaran. Así, confirma que don Knutt pasó de largo por Estella y que siguió hasta Villamayor de Monjardín, donde pernoctó. Le cuenta que al otro día siguió hasta Viana, pero que en las subidas y bajadas de los barrancos antes de llegar a Viana, sintió un dolor en el muslo y que llegó a Viana como pudo y que al día siguiente llegó a trancas y barrancas hasta Logroño, para hacer noche y, como seguía con dolor, desde allí fue al hospital. Don Knutt hablaba maravillas de los médicos del hospital, “y ese amigo suyo, el fisioterapeuta, tiene manos de santo, oiga”.

Se conoce que los pensamientos atravesaron como un soplo las distancias, porque en ese momento entró el hospitalero.

- Preguntan por teléfono por dos peregrinos, uno con barba y el otro que cojea, así que no hay que ser un lince para saber que son ustedes.

El jacobípeta fue hasta el teléfono y era Patricio, para preguntar por don Knutt. Unos minutos después, el jacobípeta le hace saber a don Knutt que un ángel en forma de fisioterapeuta va a venir a visitarle.

El jacobípeta sale del albergue por ver de comprar algo con lo que agasajar a sus amigos, que no tardarán en llegar. La fortuna le sonríe y localiza en un modesto supermercado viandas y, sobre todo, una botella de Ribera del Duero que sabe que encantará a Patricio.

Casi al unísono llegan al albergue el jacobípeta y sus parientes. Luego de los saludos y las cucamonas a Breogán que los acompaña, el jacobípeta clava sus ojos en Beatriz, que también forma parte de la partida. Entran en el albergue y a la chica le falta tiempo para pedir disculpas al jacobípeta y para darle explicaciones.

- Lo siento de veras que se lo tomara usted a mal, de verdad. Lo que quiero decir es que no pude resistirme a representar el papel de “criada” y, bueno, que le ruego me disculpe. Aunque, la verdad es que me halaga que usted se lo creyera del todo.

Una sonrisa le baila en los ojos a Beatriz al decir esto y el jacobípeta la tranquiliza y le dice que no se preocupe, que la cosa no es para tanto, y todas esas cosas que se dicen.

Como forma de pedir perdón, Beatriz hace saber al jacobípeta que ha estado hablando por teléfono con su padre, y que le espera cuando lleguen a Santo Domingo de la Calzada, “a usted y a su amigo, que también le he hablado de él, no crea”. Beatriz y el jacobípeta han hecho las paces para siempre y la chica pasa a la consideración de persona grata y de casi pariente por parte del jacobípeta.

Cuando llegan a donde está don Knutt, Patricio le está dando un masaje en la pierna y Breogán se ha erigido en el centro de atención de todo el mundo, hospitaleros incluidos.

El resto de la tarde fue un continuo charlar y charlar, y risas y buen humor.

Las conversaciones giran en torno al vino, al Camino de Santiago y a los viajes de don Knutt.

El jacobípeta quiere, para fijar sus recuerdos, dejar aquí constancia de la esencia de esta conversación, de la que disfrutó muchísimo y que le hizo ver La Rioja de una forma distinta a partir de aquel día.

El jacobípeta vino a constatar, a través de las palabras de Patricio, el hecho de que,

“… a menudo, los tópicos tengan razón. Sólo que, en su opinión, no la tienen del mismo modo que el tal tópico quiere dar a entender, sino de otro que, en muchos casos, es bastante más profundo.

Los tópicos riojanos han girado siempre en torno al vino y a la ruta jacobea. Y, efectivamente, la raiz más profunda de la Rioja están en ambos elementos, pero no sólo por las cualidades de sus caldos ni por la tradición de sus peregrinos. El vino es aquí -como en el Ampurdán, como en la Mancha, como en Galicia o como en Andalucía- un elemento mágico, ancestral, instituido como elixir sagrado en tiempos remotos, como lo prueba el hecho de que las zonas mejor dotadas para el cultivo de la vid estén rodeadas de monumentos megalíticos. En cuanto al Camino de Santiago, a su paso por tierras riojanas -como a lo largo de todo su recorrido peninsular- no es más que un peregrinaje ancestral, cristianizado por Cluny, pero conteniendo en todo su recorrido el recuerdo vivo de unas vivencias religiosas muy anteriores al cristianismo, que se convirtieron exteriormente a la nueva fe aunque siguieron conservando su estructura arcaica, su enlace con unas creencias que vienen de mucho más lejos y que se manifiestan por los elementos heterodoxos, ocultistas y herméticos que las envuelven o que subyacen en sus más profundas estructuras mentales.

Vista así, La Rioja es una sucesión de huellas que hay que ir destapando cuidadosamente, interpretando su verdadero sentido por encima de las apariencias piadosas que, en muchas ocasiones, hasta el pueblo ha llegado a asimilar. Los signos remotos se camuflan en una aparente religiosidad tradicional y vuelven a aflorar a poco que raspemos en las motivaciones que los originaron. Entonces surge el sentido ancestral y todas las huellas se acoplan y se justifican, totalizando un puzzle de tradiciones antiquísimas que, aunque disimuladas, se han conservado extrañamente puras, inmediatas y al alcance de la mano.

Cuando recorremos los caminos de la Rioja tenemos que mantener siempre los ojos muy abiertos, porque la sorpresa puede surgirnos en las circunstancias más inesperadas. La tierra vinatera y caminera de la Rioja es un campo abonado a la investigación, precisamente por lo virgen que las creencias inculcadas la han mantenido a lo largo de los siglos.”

Don Knutt cuenta anécdotas de sus viajes. Entre ellas la de que, “en una ocasión tuve la oportunidad de aprender nociones básicas, y un poco más, de esloveno, sobre todo el "se vidimo" que me enseñaron unos palmeros (peregrinos a Jerusalén) de aquel país, y que viene a ser como el "Ultreia" que usaban los peregrinos medievales de Compostela para saludarse y darse ánimo”.

Como Nájera está muy cerca y, según se dijo, Patricio es gran conocedor del Camino en La Rioja y de las tradiciones de esta tierra, cuenta y pormenoriza gran cantidad de cosas, que el jacobípeta trascribirá en el lugar oportuno, cuando hable de dicha villa. Vaya por delante que esas palabras no serán suyas, del jacobípeta, se entiende.

La tarde pasa en un vuelo y, ya anochecido, los visitantes deciden que ha llegado el momento en que han de irse a su casa.

Cuando se marchan de vuelta a Logroño, el jacobípeta agradece de corazón a Patricio la visita y el cuidado a don Knutt. Patricio minimiza lo que el jacobípeta ensalza, y se abrazan al despedirse. El jacobípeta se queda con un nudo en la garganta cuando los ve irse de vuelta al hogar.

Tranco séptimo.- En Logroño.

El jacobípeta durmió de un tirón, cree que ni siquiera soñó nada, de lo cansado que estaba, y se levantó muy tarde. Cuando pudo pensar, se prometió a sí mismo no volver a hacer exageraciones como las del día anterior. Tampoco está muy seguro de que pueda cumplir su promesa, porque, como ya se dijo, el jacobípeta vive muy a golpe de impulsos, y cualquier día puede romper con sus buenos deseos, pero pies y piernas le dicen que tampoco está ya para semejantes trotes. En fín, ya se verá.

Cuando el jacobípeta se levanta de la cama, se dirige, medio desnudo, al cuarto de baño que hay cerca de la habitación donde durmió. Al salir al pasillo, el jacobípeta se puso rojo como una amapola. Lo primero que vió fue una muchacha de no más de veinte años que gritó al verle, por el susto, y que luego estalló en una sonora y jacarandosa risa.

- Tampoco es para tanto, señorita…

- Disculpe, señor. Los señores me avisaron de que usted dormía, cuando se fueron a trabajar. Pero me ha asustado al aparecer tan de repente…

- Bueno, pero lo de la risa…

- Es que está usted de foto… Con esas barbazas, los ojos hinchados y esas pintas…

- Bueno, bueno… No me avergüence más…

Después de una buena ducha, afeitado, los cuatro pelos peinados y vestido con ropas de Patricio que Nati, muy amablemente, le había dejado encima de una silla, el jacobípeta comenzó a parecer una persona.

Bajó a la cocina para hacerse el desayuno, pero se lo encontró preparado y puesto en la mesa, y a la chica sentada al otro extremo de la mesa, jugando con el bebé.

Mientras el jacobípeta desayuna, la chica le dice que se llama Beatriz Ganga Expósito, que tiene veintitrés años y que es la niñera de Breogán, a quien quiere como si fuera su propio hijo. Que lleva trabajando en la casa desde que nació el bebé, y que también se encarga de limpiar un poco la casa si el niño le deja tiempo, “que a la señora lo que le importa es que mi niño esté bien cuidado, y servidora le dedica todo el tiempo, pero también le queda a una tiempo para tener la casa como los chorros del oro, no se vaya a creer usted, que una es muy cumplidora y en la casa le pagan bien a una, y una no se gana el jornal a la sopa boba, no señor”. El jacobípeta supone que “una” es Beatriz, claro.

También le dice Beatriz al jacobípeta que “ha hecho usted muy bien en afeitarse, porque si no, a mi niño ni se acerca, por muy padrino que usted sea, que me lo asusta y luego una tiene que calmarlo para que me coma y me duerma en condiciones, ¡no te digo!”.

El jacobípeta, abrumado, le pide a Beatriz, por favor, que le deje un rato al bebé, mientras ella se dedica a sus quehaceres, que le promete que lo cuidará y no lo asustará y que nadie le hará daño si no es pasando por encima de su cadáver. Beatriz, muy seria y circunspecta, accede a la demanda del jacobípeta, le pone el niño en los brazos y sale de la cocina altiva como una princesa.

Mientras juega con el bebé, el jacobípeta reflexiona sobre los cambios de humor de las personas, incluso, podría decirse, de los cambios de personalidad de las personas. Quiere decirse que al jacobípeta no le parece la misma persona la Beatriz con la que se topó en el pasillo del piso de arriba, cuando salía al cuarto de baño, que la Beatriz que ahora ha visto en la cocina. Como el jacobípeta tampoco tiene mayores elementos de juicio para determinar si tiene algo de razón, o no, decide dejarse de historias y de darle vueltas al coco, y centrarse en disfrutar del tiempo que tiene para estar con su ahijado.

El jacobípeta sale con el bebé bien abrigado a la solana, junto al porche de la casa. No mucho después comienza a salir por la ventana del piso superior la voz de Beatriz, que canta mientras trabaja. Aunque el jacobípeta está como tullido, disfruta enormemente del estado de bienaventuranza en que ahora se encuentra.

Un rato más tarde, como a las dos y media, aparece Nati, que vuelve del trabajo. Saludos y risas a costa del bebé. Nati se hace cargo de la situación y Beatriz se marcha. Juntos, la Nati, el jacobípeta y el bebé, se van para la cocina a preparar la comida.

Nati, que sabe que el jacobípeta es un aceptable cocinero, le invita a que prepare la comida mientras ella atiende a Breogán. Ni tres mil palabras más. El jacobípeta se pone a la faena y prepara un plato de pasta y una variada ensalada, mientras parlotea con la Nati y hace cucamonas al niño.

Un rato después aparece Patricio, pone la mesa y se dedican a disfrutar de la comida, saboreando un rico vino que, todo hay que decirlo, Patricio ha sabido escoger muy bien en su bien surtida bodega.

- Ya sé que te gusta más el Cariñena, pero este Rioja tampoco está mal, ¿eh?

El jacobípeta ha de reconocer que el tinto está de muerte y acompaña muy bien a la pasta.

Tras la comida, con el café, se lanza a una de esas conversaciones que no se sabe muy bien cómo empiezan, pero que siempre terminan hablando de cosas serias y filosóficas.

Para no marear, el jacobípeta va a intentar poner en forma de diálogo la conversación que los tres tuvieron. Así que NAT será Nati, PAT será Patricio y JAC será el jacobípeta.

PAT- La forma en que te has lanzado al Camino se veía venir. Hace ya años que has ido pasando una y otra vez. Lo que no entiendo es la época que has elegido. Ni el por qué.

JAC- Bueno, te consta que el Camino puede ser muchas cosas, desde un simple divertimento para unos hasta una misión sagrada para otros. Yo soy un curioso, tú lo sabes. Siempre había venido en verano, entre otras cosas porque es la única época del año en que tengo tiempo para ello. Y lo he hecho, con coche, sin coche, caminando, en autobús y qué se yo… Y siempre había venido buscando algo. Esta vez quiero caminar por caminar y ver estas tierras con frío, que son muy, muy diferentes.

PAT- La verdad es que medios de locomoción en el Camino hay para todos los gustos, aparte de andando, claro. Hay quien lo recorre a caballo o en mula, sistemas tradicionales y, dicen que honorables, pero también hay quien lo realiza en bicicleta, en moto o a bordo de un potente y moderno vehículo todo terreno. Y buscar, todo el mundo busca algo.

NAT- En eso tiene razón Patricio. Un peregrino, o caminante, como a ti te gusta más llamarlos, agnóstico, ateo o musulmán, pongamos por caso, pensará que es una pérdida de tiempo visitar las iglesias que se encuentran a lo largo del Camino, o burlarse de la importancia histórica o religiosa que muchos de los autores y peregrinos anteriores les dan a esos monumentos, a su valor intrínseco o extrínseco, y a sus símbolos. Vosotros sabéis bien que hay tramos del Camino más propios para el turismo que para el peregrinaje. De hecho, en muchos sitios se han montado tinglados turísticos aprovechando el tirón del Camino, y los monasterios y ayuntamientos sacan tajada de ello. Ni que decir tiene que, de la misma forma, hay tramos sin más interés que el histórico, es decir, casi sin interés para la mayoría de los que van como peregrinos. Y con esto me estoy refiriendo a un montón de kilómetros en La Rioja y en Burgos, por ejemplo. Se me ocurre que también los hermosos paisajes de la ruta pueden resultar cansados, monótonos y aburridos para quien no disfrute de la naturaleza y sus placeres. Y también las zonas industriales o un moderno chalé a la vera del Camino pueden resultar ofensas intolerables para los puristas que creen que todo debería estar como en los tiempos en que se abrió el Camino a la cristiandad. Incluso las iglesias modernas o remodeladas se convierten en una ofensa para quien espera encontrar un ambiente medieval a lo largo del Camino, y son muchos los que resultan defraudados. Lo que es, o puede ser, trascendente para unos resulta estúpido para otros, y viceversa. Hasta diría que hay quien recorre el Camino sin haber puesto el pie en la carretera y quien no lo recorre a pesar de haber pisado todos los senderos, sin dejar de visitar ninguno de los templos y monumentos indicados en la guía que maneje.

PAT- Un buen ejemplo de lo que dice Nati es el mismo Logroño. ¡Mira que hay cosas para ver aquí! Pues conozco un montón de gente que cruza el Puente de Piedra, llega a la Rúa Vieja, la calle Barriocepo, llega hasta la plaza del Alférez Provisional y tira por la calle del Marqués de Murrieta y sale de Logroño sin haberse enterado ni del nombre de las calles. Se cruza con un montón de cosas interesantes y de lo único que se acuerdan, si es que se acuerdan, es de la fuente de los Peregrinos y de la puerta del Revellín. Y eso, los que se paran a leer algún letrero, que la mayoría, ni eso. Solamente a modo de ejemplo, en Logroño se puede visitar la iglesia de Santa María de Palacio, la iglesia de Santiago el Real, la iglesia de Santa María la Redonda y la muralla medieval, además de la puerta del Revellín y la fuente de los peregrinos. Y la mayor parte de la gente, como os digo, ni se entera. Y así pasa con casi todas las ciudades.

JAC- Eso, Patricio, dependerá de los motivos de cada cuál para viajar. Esta vez, para mí, lo único interesante de Logroño sois vosotros. Y os consta que me he pateado la ciudad un montón de veces, y que me gusta mucho, que es casi como mi segunda casa. Bueno, como mi tercera, que la segunda sería Santiago de Compostela, según sabeis muy bien. Además, a mi modesto entender, todo viaje, incluso el más planeado, resulta una aventura que presenta mil alternativas a cada revuelta del camino; una huida o una búsqueda, ya sea de algo o alguien, o una huida hacia delante cuando la persona no sabe qué hacer; un alejamiento y un acercamiento, y todo a la vez. Un viaje puede ser una distracción del cuerpo o del espíritu, y también puede ser una obligación inaplazable, dependiendo del cuándo, cómo, dónde o por qué. Lo de la motivación es muy importante…

PAT- Yo aún añadiría a lo que tú dices que un viaje se puede hacer a gusto o a disgusto. Por lo que un viaje puede ser, pues, un premio o un castigo. Un viaje puede satisfacer a quien lo realice, o defraudarle o incentivarle para hacer más viajes. ¿Os habéis fijado en la cara de envidia que tienen las personas que ven pasar un tren? Envidian a quien viaja y, curiosamente, el viajero del tren suele mirar, también, con envidia a quien está mirándolo desde la calle. Y no digamos nada cuando dos trenes se cruzan. Seguramente cada viajero de un tren se cambiaría muy a gusto por otro del tren que pasa en dirección contraria. Uno no sabe si es porque nadie está contento en su propio pellejo, o por curiosidad.

NAT- A muchas personas les gusta viajar, pero también hay quien prefiere quedarse en casa y ver las cosas por la tele o leerlas en los libros...

JAC- Sí, pero hay un viaje inevitable que tarde o temprano todo el mundo hará: el de la muerte. Poniéndonos trascentes, yo diría que viajamos de no sabemos dónde para llegar a esta vida, y viajaremos a no sabemos dónde cuando la dejemos. Este último viaje lo tenemos asegurado, de la misma manera que tenemos asegurado el viaje que estamos realizando, queramos o no, por el sendero de esta vida.

Al llegar a este punto, el jacobípeta, que adora las conversaciones con enjundia, ya va lanzado. El Patricio y la Nati, que lo conocen bien, deciden que ya está bien de trascendencias y que lo mejor es irse a dar un paseo y sacar a Breogán para que le dé el aire.

Salen a la solana y, sentados o tumbados, continuan charlando, ahora dándose cumplida cuenta de las noticias familiares de unos y otros. Patricio se queda traspuesto y duerme una corta siesta con su hijo, también dormido, sobre su pecho.

El jacobípeta, que anda rumiando lo de la Beatriz, le cuenta sus cavilaciones a la Nati. La Nati suelta una carcajada que mosquea sobremanera al jacobípeta. La Nati se explica.

- Bien que te ha tomado el pelo esa tunanta. Verás. Beatriz es prima mía y está estudiando aquí en Logroño. Es de muy buena familia y su padre la puede mantener sin mayores problemas, pero ella es muy independiente y, cuando le propuse cuidar a Breogán mientras nosotros íbamos a trabajar, aceptó de inmediato, como una forma de depender menos de su padre y de pagarse sus caprichos. Es una muy buena actriz y está empezando a hacer sus pinitos en esa profesión. Participa en algunos anuncios comerciales y en una serie para televisión. Se conoce que no pudo resistir montarte una escena “criada-amo”, y luego, te siguió la broma. Y como tú eres tan inocente, te lo tragaste hasta la bola.

- Cuando vea a esa farsante, se va a enterar, coño, que me tenía todo preocupado…

- No te enfades, hombre, que es muy buena chica. Aunque con un sentido del humor un tanto ácido, eso sí.

El jacobípeta no solo no se enfada, sino que, pasado un ratico para asimilar la broma, ríe con ganas con la Nati, recordando cómo se sintió de cohibido con la Beatriz.

Padre e hijo se despiertan pasadas las cinco de la tarde y se ponen todos de acuerdo en dar una vuelta por Logroño, “para ver el ambiente”, que dice la Nati.

El jacobípeta disfrutó mucho del paseo, sobre todo porque le hizo ver que sus piernas estaban a buen tono y que podría continuar al día siguiente su camino.

Mientras pasean por la ciudad, cerca del río Ebro, el jacobípeta va contando a sus amigos algunos detalles sobre el itinerario que ha llevado y las personas que fue encontrando. Cuando les habla de don Knutt, Patricio indaga un poco.

- Eso don Knutt que dices, ¿es un alemán alto y delgado? Muy alto, quiero decir. Y también muy delgado. Llama la atención…

- ¿Le conoces?

- Tenemos en el hospital uno que tuvo una contractura muscular. Nos llamaron desde el albergue de peregrinos, y, por lo que dices, podría ser tu amigo. Ingresó antesdeayer y le daremos de alta mañana, seguramente.

- Podría ser. ¿Te importa que vaya contigo mañana al hospital? Si es mi amigo, procuraré echarle una mano. No tiene a nadie.

El jacobípeta se elegra, por un lado, de haber reencontrado a su amigo, pero, por otro lado, le apena que no esté en buenas condiciones. Decide, si puede, ir al hospital y servir de apoyo a don Knutt, si lo necesita.

Luego de un par de visitas a sendos bares elegidos y de tomar un par de “chatos”, vuelven todos a casa a cenar y dormir.

Cuando el jacobípeta se acuesta, piensa que tiene dos cuestiones importantes pendientes. La una, su amigo don Knutt. La otra, esa condenada chiquilla de Beatriz, por la que tiene la mosca tras la oreja. Se da cuenta de que lo primero es lo primero, y el asunto Beatriz habrá de quedar pendiente hasta mejor ocasión. Le molesta, de todas formas, haber quedado con ella como un perfecto estúpido. Sin embargo, el jacobípeta es hombre de fácil conformar y decide que tampoco es tan terrible. Será una anécdota que ella podrá contar a sus amigos, riendo, y en la que él, el jacobípeta, será el protagonista involuntario. Un tanto bobo, pero protagonista al fin y a la postre.

Con estos pensamientos, el jacobípeta se queda dormido con una sonrisa en los labios.

Tranco sexto.- De Irache a Logroño de una tacada.

En Navarra los bares de los pueblos están cerrados a las tempranas horas de paso de los peregrinos y caminantes, así que a éstos no les queda más remedio que desayunar fruta, cacahuetes –u otros frutos secos- y leche fría, si fueron previsores, la mayor parte de los días. Esta historia viene a cuento de que el jacobípeta, aunque muy de mañana, pues apenas serían las siete, ya salió desayunado de casa de su amigo Oswaldo Olmos Ortega, pero fue topándose con algunos peregrinos que desayunaban a la vera del Camino el tipo de alimentos que más arriba se apuntaron, más o menos hasta que llegó a Villamayor de Monjardín, donde la hora ya parecía más propicia y podían verse bares abiertos. El jacobípeta constataría más adelante que esto no sólo pasa en Navarra, sino en la mayor parte del Camino, pero su toma de conciencia del hecho sucedió en esta etapa. La verdad es que antes apenas tuvo oportunidad, ya que o no vió peregrinos o no necesitó de bares para desayunar, en los días anteriores.

Cuando el jacobípeta deja atrás la urbanización donde vive su amigo, un cartel le anuncia que le quedan 659 kilómetros hasta Santiago. El jacobípeta no sabe si alegrarse o entristecerse. Por un lado, sabe que ya se ha caminado unos doscientos kilómetros; por otro lado, piensa en lo que le queda y le hacen cosquillas los pies.

En estos días el tiempo ha mejorado bastante, y desde ayer ya se ve más el sol. Cuando inicia la marcha, un sol tímido, como de invierno, acompaña al jacobípeta en su caminar.

Irache se deja atrás por un encinar, quedando Montejurra, el monte emblemático del carlismo, a la izquierda. Durante muchos años los carlistas se han reunido aquí en Montejurra para dejar patente su ideal político, pero ya hace unos años, desde que aquel “hombre de la gabardina” matara de un disparo a un joven, en los años sesenta, que el número de asistentes a estas concentraciones disminuyó ostensiblemente.

El Camino hasta Azqueta es de buen andar, aunque con subidas y bajadas que maceran las piernas de los caminantes novatos. En realidad, entre Estella y Azqueta hay dos caminos casi paralelos, el que discurre por el lado de babor de la carretera, que es el que el jacobípeta lleva, y el que va por el lado de estribor de la carretera, que cruzando el pueblo de Ayegui, pasa por detrás del hotel Irache y cruza la carretera de Igúzquiza, pueblo que queda a la derecha del Camino. Por cualquiera de las dos vías que tome el caminante, tiene como referencia el caserío de Azqueta, asentado sobre una colina y a unos seis kilómetros de distancia. Con la luz de la mañana, las casas de Azqueta brillan la humedad acumulada durante los días anteriores. Esta visión pone combustible en las piernas del jacobípeta y le hace desear una jornada más larga de caminar. Siente que el tiempo que se ha pasado con su amigo Oswaldo Olmos Ortega ha entumecido un tanto su cuerpo, y ha de despabilarlo, aunque, eso sí, le ha servido para curar casi totalmente las ampollas que le salieron.

Justo a la salida de Azqueta, el jacobípeta sigue por una pista que le llevará hasta Villamayor de Monjardín. Toma a la derecha el camino hacia una granja, la rodea y sigue por el camino que sale a su izquierda. Es un corto trayecto de apenas un par de kilómetros, donde puede verse la exótica, por inusual, fuente de los Moros, que se deja a mano de lanza poco antes de entrar en Villamayor de Monjardín. Esta fuente tiene apariencia gótica, aunque el jacobípeta no podría asegurar que lo sea de verdad, con dos arcos de acceso.

En Villamayor de Monjardín puede verse la iglesia de San Andrés, con su torre barroca y otro capitel con la lucha de Roldán y Ferragut. Más impresionante, aunque en ruinas, es el castillo de Deyo, a septentrión del pueblo, y encaramado en el arbolado monte de Monjardín.

Como son poco más de las ocho y media de la mañana, el jacobípeta se da un descanso; se sienta en un banco, le da un toque a la bota y fuma tranquilamente un cigarrillo mientras ve pasar la vida. El pueblo se está despertando y algunos de sus habitantes van a sus quehaceres diarios. Desde algún bar le llega al jacobípeta murmullo de voces. Hay una paz acogedora.

El jacobípeta reanuda su camino. Al pasar la Iglesia, sin salir del pueblo, toma la calle a la izquierda y desciende recto por el Camino, dejando la carretera a su izquierda.

El jacobípeta se enfrenta ahora a uno de esos trayectos sin pueblos. Durante unos trece kilómetros el jacobípeta camina por una pista, de las que llaman “de concentración”, entre campos de labor, mayormente viñedos y terrenos preparados para el cereal, y contornea las laderas de los montes, repoblados con coníferas. No se ve un alma, pero la naturaleza bulle. Una ligera brisa mueve las ramas de los pinos y pone música al caminar, ahora cadencioso, del jacobípeta.

Sigue entre viñas y llega a una pista flanqueada de árboles que continúa durante kilómetro y medio, más o menos.

El jacobípeta llega a la carretera, la cruza, y sigue recto por la pista otra vez durante unos cuatro kilómetros, hasta que tiene los montes enfrente. Toma entonces el Camino que asciende a su derecha y, unos quinientos metros más adelante, vuelve a tomar la pista que había dejado antes. Otros quinientos metros más adelante, gira a su izquierda y sigue el Camino que continúa por el campo otros tres kilómetros, más o menos, para convertirse en pista, y después de algo más de dos kilómetros, entra el Los Arcos por la calle Mayor, hacia la plaza.

Durante este trayecto, el jacobípeta ha ido tomando algunas notas en su cuaderno escolar, que le sirven para fijar detalles en su memoria. Cuando ahora repasa esas notas, se da cuenta de que parece una guía de ferrocarriles, con nombres y detalles prolijos, preámbulo de aburrimiento. Pide disculpas por ello, pero no puede dejar de escribir lo que escribió, porque, en cierto modo, reproducen el ambiente de esos kilómetros.

El Camino asciende para llegar a Los Arcos, tampoco demasiado. En Los Arcos, el jacobípeta se aprovisiona en una tienda muy aparente. Compra pan, tomates de invernadero, un poco de jamón –que le apeteció, aunque no tenía demasiada buena cara-, y unos plátanos de Canarias. Comida internacional, vamos…

Aunque es casi mediodía y lleva unas cinco horas caminando, el jacobípeta se ve con fuerzas suficientes para seguir, aunque bajando un tanto el ritmo que llevó. Camina contento pensando en sus cosas y sintiendo que las piernas le responden a la perfección. No se siente cansado y comienza a plantearse llegar hasta Logroño, a casi treinta kilómetros de donde se encuentra ahora. Calcula que si dosifica bien las fuerzas, llegará, al menos, hasta Viana antes de que caiga la noche, y desde Viana el Camino sigue bastante cerca de la carretera como para no perderse. Parece como el cuento de la lechera, pero el jacobípeta decide intentarlo, a pesar de que sabe que los barrancos que habrá de pasar antes de llegar a las ruinas de Cornava, entre Torres del Río y Viana, determinarán si llega o no.

Con todo esto en mente, el jacobípeta estructura su caminar de una manera disciplinada, cincuenta minutos caminando y diez minutos de descanso, cada hora, aprovechando los descansos para comer, en todos ellos, y beber un poco.

Con este ritmo, el jacobípeta hace su primer descanso, después de Los Arcos, en el arroyo San Pedro, poco antes de llegar a Sansol. Salió de Los Arcos por el arco –valga la redundancia- de la Plaza de Santa María, cruzó el río Odrón y continuó de frente hacia Ermita de San Blas. Siguió este camino durante unos tres kilómetros y medio hasta llegar al vado del arroyo San Pedro, donde para a descansar.

Diez minutos después, el jacobípeta toma el camino de la derecha y lo sigue un trecho de más de medio kilómetro, donde vuelve a tomar el camino que le sale a la derecha. Un rato más adelante sale a la carretera, y sigue hasta Sansol.

Cruza Sansol sin detenerse, por la izquierda de la iglesia del Santo Sepulcro, continúa el Camino y enfila la fuerte y peligrosa bajada hasta la fuente, muy cerca ya de Torres del Río. Atraviesa Torres del Río y la segunda parada le pilla en la ermita de Nuestra Señora del Poyo. Aquí decide hacer un alto más largo, reponer fuerzas comiendo, beber un largo trago de la bota y fumar un cigarrillo.

Mientras descansa, el jacobípeta se ríe de sí mismo. Es consciente de que se ha convertido, de golpe y porrazo, en uno de esos rompedores de récords que tanto detesta, pero siente que su cuerpo le pide guerra, y está dispuesto a dársela, así que se levanta, vacía la vejiga, carga su escaso equipaje y reemprende la marcha.

Barranco tras barranco, subiendo y bajando constantemente, hasta tramos de escaleras, llega a las ruinas de Cornava, donde ha de descansar, según el plan de marcha que se estableció. Este tramo no le está pasando demasiada factura y cree sinceramente que podrá cumplir sus objetivos por debajo del horario previsto. Incomprensiblemente, esto le ilusiona y hace que casi no se reconozca a sí mismo. Tan es así que, cuando entra en Viana al filo de las cinco de la tarde, se cree un supermán. Acaba de hacerse casi veinte duros kilómetros en unas cinco horas, ¡toma ya récord! Estos pensamientos le arrancan una carcajada, que por ir él solo, hace que la gente de Viana le mire raro y lo tomen por loco. Bueno, tampoco andaban tan descaminados los paisanos de Viana…

En Viana, y vista la hora y que le queda más de una hora de luz, el jacobípeta decide tomarse un largo descanso. Mientras descansa, rememora algunas de las cosas notables del recorrido que ahora ha hecho tan rápidamente, pero que en otros momentos se tomó con más calma. Así, recuerda que en el albergue de Torres del Río encontró, en una ocasión anterior, escrito lo siguiente:

"Una hora duerme el gallo, dos duerme el gato, tres horas duerme el santo, cuatro el que no lo es tanto, cinco horas duerme el teatino, seis el peregrino, siete duerme el escudero y ocho el caballero, nueve horas duerme el tunante y diez el estudiante".

Por lo que al jacobípeta respecta, esta letrilla le hace pensar ahora que él no se siente reflejado, salvo como tunante.

También recuerda que la iglesia del Santo Sepulcro, en Torres del Río, le llamó mucho la atención, por su planta octogonal y la cúpula, con un trazado estrellado inscrito en el octógono. Dicen de esta iglesia que es una de las joyas del Camino, y al jacobípeta le parece que tienen razón los que esto afirman.

Viana fue fundada por Sancho VII, con carácter defensivo, como lo atestiguan sus murallas. En Viana se puede ver su Plaza de los Fueros y la iglesia de Santa María, del siglo XIV.

También pueden verse en Viana muchos palacios y muchas casas blasonadas, que atestiguan la antigüedad de los linajes que la poblaron y pueblan.

Los herederos de los reyes de Navarra llevaron, y llevan, el título de Príncipe de Viana. También don Felipe, el heredero del rey don Juan Carlos I, lleva el título de Príncipe de Viana, por ser, también, sucesor al trono de Navarra.

Para salir de Viana, el jacobípeta pasa por delante de la iglesia de Santa María, luego por la de San Pedro, del siglo XIII, y sigue, bajando, hasta que por la derecha del Colegio Ricardo Campano, toma de nuevo el Camino, que ahora es sendero entre huertas. El jacobípeta cruza un riachuelo y continúa de frente.

A la salida de Viana, huele a galleta, y es que hay una fábrica de galletas que desprende tales aromas que respirar hace que se te haga la boca agua.

A la salida de Viana el jacobípeta comienza a sentir algún calambre en las piernas. Los esfuerzos quieren pasarle factura, se conoce, y para evitar mayores males y riesgos innecesarios, el jacobípeta se plantea dar media vuelta y quedarse en Viana, pero luego piensa que le será más efectivo caminar hasta Logroño a un ritmo muy lento. Decide, pues, continuar y ver qué pasa. En Logroño tiene unos amigos que le esperan, y sabe que, de tener problemas, podrá recuperarse allí.

A la salida de Viana, desde una cabina telefónica, el jacobípeta alerta a sus amigos de que va para allá, explica su estado y le dicen que, si en un par de horas no ha llegado o llamado, le saldrán a buscar con el coche, cosa que el jacobípeta agradece.

A la salida de Viana, cerca del cementerio, el jacobípeta deja la carretera para seguir una pista hasta la Ermita de la Trinidad de Cuevas. A partir de allí, es ya de noche, aunque con la luz de la luna, casi llena, se puede caminar sin mayores riesgos. Sucede, además, que el jacobípeta constata que los calambres fueron una falsa alarma, provocada, seguramente, por el largo descanso en Viana. Las piernas han vuelto a funcionar perfectamente y el jacobípeta continúa por la pista hasta llegar a Logroño.

Al pasar cerca del pantano de las Cañas, la luna se refleja en el agua y produce una visión con tintes de irrealidad. La verdad es que, pese al cansancio, el jacobípeta está disfrutando mucho esta última parte de la jornada.

A la entrada de Logroño está la casa de Doña Felisa, toda una institución, que ofrece higos secos a los peregrinos. Dada la hora y las fechas, es obvio que el jacobípeta no se encuentra con ella. También dicen que tiene un cuaderno en el que pide a los peregrinos que firmen y escriban algo. Parece ser que luego estos cuadernos van a parar a algún despacho oficial. El jacobípeta no puede asegurar estos extremos, pero le parece encantador que estas cosas puedan pasar.

El Camino de Santiago, llega a La Rioja, atravesando un pequeño puente a tres kilómetros de Logroño, entre viñedos y campos de cereal. Continúa unos ciento cincuenta metros por la carretera y, enseguida, tuerce a la izquierda, por pista de tierra, pasando junto al monte Cantabria, que muestra las ruinas de la ciudad romana destruida por Leovigildo en 574. Avanza la ruta hasta la carretera de Mendavia, dejando a la derecha el cementerio, y atraviesa el Ebro por el Puente de Piedra y entra en Logroño, la cual debe su origen al Camino, que le dio impulso y desarrollo a partir de los siglos XI y XII.

La ciudad no empezó a cobrar auge hasta que en 1076 Alfonso VI la incorporó a Castilla. A este rey se debe la restauración de la ciudad cuando, arrasada por el Cid en 1092, es repoblada por el conde García Ordoñez y favorecida su población para implantar un núcleo fuerte que asegurase su incorporación a Castilla.

Para facilitar el paso de los peregrinos, el propio monarca impulsó la construcción del mayor puente del Camino Jacobeo, en cuyas obras de reconstrucción participaron, sucesivamente, Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega, al cual está dedicado. En su arranque norte había una ermita dedicada a este santo burgalés que tanto trabajó en La Rioja, y el Ayuntamiento logroñés, hasta el siglo XIX, nombraba abad de dicha ermita a un sacerdote de Logroño, y, por voto, acudía en la fiesta y en el aniversario de una de las riadas del Ebro a rezar las visperas en el mismo. El viejo puente medieval, sobre el cual se construyó el actual Puente de Piedra, tenía una longitud aproximada de doscientos metros, que se salvaba mediante doce arcos.

Cruzado el río Ebro, el Camino penetra en la localidad, por la calle Rúa Vieja, que con su paralela Calle Mayor, conformaban el primitivo núcleo urbanístico, con la estructura típica de las ciudades de paso. Al comienzo de la Rúa Vieja, a mano izquierda, queda el Hospital, actualmente Provincial, y que antaño se llamó de "Roque Amador" o de "Rocamor" –“Rocamador”, según otras versiones que el jacobípeta oyó-, de clara vocación jacobea. Más adelante, el Camino pasa por la parte posterior de Santa María de Palacio, la iglesia más antigua de la ciudad, llamada así en recuerdo de la donación efectuada por Alfonso VII de su palacio a los canónigos del Santo Sepulcro, sobre los que se fundó el templo. Posee una sorprendente torre ochavada y piramidal, del siglo XIII, que destaca armoniosa sobre los tejados. El edificio, del siglo XIII, conserva en su interior, entre otras piezas de interés, el retablo mayor de Arnao de Bruselas, del siglo XVI, el claustro de los siglos XII-XVIII e imagen de Nuestra Señora de la Antigua del siglo XIII. Muy próximos se encuentran la Iglesia de San Bartolomé de los siglos XII y XIII, pequeña y armoniosa, la cual tiene una portada gótica que representa el martirio del santo, ábside románico, torre del siglo XI y Santa María la Redonda, del siglo XVI, concatedral de la diócesis, con sus dos airosas torres gemelas barrocas, de estructura ojival, del siglo XVIII, aunque el edificio es gótico, del siglo XIV.

Al finalizar la Rúa Vieja comienza la calle de Barriocepo en la que el caminante se encuentra con la fuente de los Peregrinos, decorada con los típicos elementos jacobeos. En esta misma calle está ubicada la Iglesia de Santiago el Real, donde destaca la gran imagen de Santiago Matamoros, obra de la escuela flamenca del siglo XVII y, presidiendo el altar mayor, un evocador Santiago peregrino, del siglo XIV, con todas las características de la imaginería gótica. Los peregrinos abandonan Logroño por la puerta del “Revellín” o de “Carlos V”, cuyo arco todavía se mantiene en pie, para continuar, por las calles Comandancia, Superunda, Trinidad y Marqués de Murrieta hasta llegar al Barrio de San Lázaro, donde se encontraba una antigua leprosería.

El Camino atraviesa la vía férrea y, a poco más de medio kilómetro, junto a la gasolinera, se desvía de la carretera por la izquierda. Atraviesa la carretera de circunvalación, bordea el Pantano de la Grajera y su bello parque, que se deja a la izquierda, para continuar por la N-120, dejando atrás la capital riojana hacia Navarrete, otro importante punto de la Ruta Jacobea.

El jacobípeta no caminó en ese momento lo que se ha descrito, que estaba hecho polvo y no podía casi con su alma, sino que se pone aquí para ilustración e información, y porque luego ya no se volverá a hacer referencia al recorrido del Camino por Logroño.

Como se dijo, a Logroño se entra cruzando el Puente de Piedra, sobre el río Ebro, tan querido por el jacobípeta, y se sigue la Rúa Vieja para llegar al albergue, en cuya puerta quedó el jacobípeta con sus amigos. Una vez allí, les llama por teléfono para hacerles saber que ha llegado sano y salvo. Ha hecho una jornada de casi cincuenta kilómetros y espera que la locura no le pase demasiada factura en días sucesivos.

Los amigos del jacobípeta en Logroño son una encantadora pareja, casados hace años, a los que la cigüeña les sorprendió hace menos de un año con un hermoso bebé varón, ahijado del jacobípeta, y que todavía no responde al sonoro nombre de Breogán.

El padre de Breogán, que se llama Patricio Pérez Salas, nació en Santiago de Compostela de casualidad, ya que su padre era ferroviario y se encontraba destinado allí cuando nació el amigo del jacobípeta. Aún así, Patricio Pérez Salas se siente gallego, y de ahí el nombre del rorró.

Patricio Pérez Salas es algo pariente del jacobípeta porque tienen un bisabuelo común. La abuela paterna del jacobípeta y el abuelo paterno de Patricio Pérez Salas eran primos hermanos. Aunque el parentesco es lejano, Patricio Pérez Salas y el jacobípeta se tienen ley y son, además, amigos. El jacobípeta es diez años mayor que su pariente y amigo, pero esto no impide que se entiendan bien y que tengan muchas aficiones comunes. Una de ellas es el Camino de Santiago.

Patricio Pérez Salas es fisioterapeuta de profesión, y la ejerce con amor, dedicación, habilidad y hasta con arte. Son muchos los profesionales de variados deportes que acuden a que Patricio Pérez Salas les sane sus dolencias con su pericia profesional. El jacobípeta ha de confesar que por eso no se preocupó demasiado cuando los calambres, y sabe que jugaba con ventaja.

La madre de Breogán es una encantadora mujer, rubia trigueña, con unos increibles ojos verdes. Se llama Natalia Fuertes Santisteban, y todo el mundo la llama Nati. Médico naturista de profesión, el jacobípeta le gasta siempre bromas sobre el intercambio de pacientes con su marido.

Nati es más bien menuda, pero tiene una energía capaz de rendir al más templado. El jacobípeta la teme un poco cuando salen los tres, ahora cuatro, de compras, o “de tiendas”, como dice ella. Parece incansable, y para cuando todos llegan a casa, Patricio y el jacobípeta se han tenido que echar al coleto dos o tres cervezas para seguirle el ritmo. Nati, no. Ella es abstemia absoluta. Pero no pone mayores reparos a las cervezas porque dice que son muy sanas y hasta nutritivas. El jacobípeta no está muy seguro de que sea cierto lo de las cervezas, pero agradece el extremo porque es bastante aficionado a los aperitivos con cerveza y con los amigos, siempre en esta conjunción, que al jacobípeta no le gusta beber solo. Bueno, únicamente cuando echa un trago de la bota no le importa si está solo, pero le agrada más compartirlo.

El Patricio llega en menos de media hora a recoger al jacobípeta a la puerta del albergue de Logroño, y después de los abrazos y efusivos saludos de rigor, lo lleva con el coche a su casa, un amplio y cómodo chaletito en las afueras. Allí, el Patricio y la Nati ejercen sus profesiones con el jacobípeta, hasta dejarlo como nuevo, mientras el jacobípeta ajerce de padrino con el bebé, dedicaciones que todos agradecen unos a otros.

Tras una cena abundante, suculenta y sana, y una corta sobremesa, el jacobípeta, que está hecho unos zorros entre la caminata y los enérgicos masajes de su pariente, cae rendido en la cama.

lunes, 9 de febrero de 2009

Tranco quinto.- De Puente la Reina-Gares a Estella-Lizarra.

El jacobípeta y su amigo don Knutt Wolff se levantaron tarde. El amigo del jacobípeta, don Knutt Wolff, es alemán, ya se dijo, aunque habla muy bien español. Tiene sesenta y siete años y viene de Le Puy. Cuando llegue a Santiago habrá recorrido mil seiscientos kilómetros, en esta última parte de su deambular.

Don Knutt Wolff parece más joven que el jacobípeta, que ronda la cincuentena. Don Knutt es muy alto y muy delgado, y tiene un mirar dulce y como soñador.

Don Knutt Wolff estuvo casado tres veces y nunca tuvo hijos. Cuando enviudó, va para ocho años, y no teniendo familia a la que dedicarse, decidió reunir todos los caudales que tenía, jubilarse de su trabajo como diseñador de automóviles en una filial de la Mercedes Benz, vivir de las rentas y dedicarse a recorrer el mundo que pudiera, un pie detrás del otro. Caminando, quiere decirse. Así que don Kutt se fue de romero a Roma, de palmero a Jerusalén y, desde allí, de peregrino a Santiago de Compostela. Un interesante paseo, ha de apostillarse con envidia.

Al volver de Jerusalén, y disponiéndose a iniciar su peregrinación, don Knutt cayó enfermo y estuvo dos meses en un hospital –“muriéndome de asco”-, y casi cuatro años convaleciente en Le Puy, en casa de unos parientes lejanos que le alquilaron una habitación. Cuando se recuperó de sus males, también recuperó sus ansias viajeras.

Don Knutt vino a confesarle al jacobípeta que “morir por morir, prefiero morir libre y haciendo lo que me venga en gana… Total, todos los hospitales son iguales, y los cementerios, en España, tienen mejores vistas”. Don Knutt sonríe cuando dice esto, y el jacobípeta se llena de respeto hacia don Knutt.

Luego de desayunar, don Knutt y el jacobípeta inician su andadura. Cruzan conversando la sirga peregrinal, que aquí se llama “calle Mayor-Nagusia Kalea”, y desembocan en el puente medieval que da nombre a Puente la Reina. Antes de llegar al puente, y según pasan cerca de la iglesia de San Pedro Apóstol, don Knutt entra en la iglesia para, según dice, “hacer una visita a Nuestra Señora del Puy –que por aquí llaman Nuestra Señora del Chori (pájaro)- y agradecer el haber llegado hasta aquí.”

Don Knutt le cuenta al jacobípeta que esta imagen de Nuestra Señora del Puy tiene una historia interesante, y que viene a ser, poco más o menos, la siguiente.

Es tradición que esta imagen se hallaba anteriormente, parece que hasta mediados del siglo XIX, en el centro del puente, en una capillita, y que un pajarillo bajaba a limpiarle la cara a la imagen. Se consideraba de buen augurio para los peregrinos el contemplar la escena, y había quién se pasaba largo rato aguardando, con la esperanza de verlo. De ahí le viene lo de Nuestra Señora del Chori.

El Puente de los Peregrinos, que salva el río Arga y tiene forma de albarda, con seis ojos, conduce a don Knutt y al jacobípeta a la salida de Puente la Reina, cerca de la carretera que va a Estella y Logroño. Carretera que cruzan para seguir el Camino que va con el río Arga a la mano de rienda, y la carretera, que va a la mano de lanza.

Por el barrio de Zubiurrutia, el jacobípeta le va contando a don Knutt algunas curiosidades que sabe del convento de las Comendadoras del Espíritu Santo, enclavado en este barrio, y que le dio el nombre de “barrio de las monjas”.

Don Knutt lleva un caminar ágil y paso rápido, lo que agrada al jacobípeta, pero gusta poco de remolonear por los pueblos que van pasando, lo que agrada menos al jacobípeta, siempre propenso a entablar conversación con la gente que va conociendo por esos mundos. Como coinciden en su intención de pernoctar en Estella, deciden que cada uno vaya a su aire y ya se verán al final de la jornada. Ambos se desean lo mejor, y don Knutt aprieta el paso y pronto se pierde de vista.

El día está más claro que el anterior y apenas hay una ligera neblina. El cielo aparece cubierto de nubes dehilachadas que a veces se juntan tapando el sol y a veces se separan dejando que pase la luz y proporcionando al jacobípeta su sombra, que como Peter Pan, pensaba haber perdido los días anteriores.

Cuando el jacobípeta llega a Mañeru, don Knutt hace rato que ya pasó.

Gente amable la de Mañeru. El jacobípeta, con la intención de refrescarse tras la empinada cuesta un poco antes de llegar al pueblo, pregunta a una mujer por una fuente. La mujer, ni corta ni perezosa, se ofrece a guiar al jacobípeta hasta la fuente, al otro lado del pueblo, y se pone a caminar delante del jacobípeta sin esperar respuesta. Al llegar a la fuente, el jacobípeta agradece a la mujer la deferencia y, tras marcharse la mujer, se dedica a cuidarse los pies, airear los calcetines y a descansar un ratico.

En éstas está cuando aparece un pelotón de peregrinos, unos diez o doce, que se acercan a la fuente. Parece que el pelotón de peregrinos mide sus fuerzas intentando llegar, cada cuál el primero, hasta el agua. En algo están todos de acuerdo: todos, sin excepción, miran mal al jacobípeta, descalzo al lado de la fuente. Se refrescan, algunos llenan cantimploras, y se van, otra vez todos juntos.

El jacobípeta, que siente curiosidad por su comportamiento, se calza y va detrás de ellos y ellas. Hasta el cementerio de Mañeru van todos juntos, a partir de allí se comienza ya a deshilachar el grupo. Se conoce que van haciendo carreras, o algo. El jacobípeta se propone, si tiene oportunidad, enterarse de qué pasa con ese grupo tan dinámico.

Dos peregrinos, un hombre y una mujer, se han descolgado del grupo y se sientan cerca del cementerio. Cuando el jacobípeta está a su altura, el hombre está diciendo:

- ¿Por qué hay agricultores que labran los caminos impunemente? Las autoridades no deber de saberlo, pues si lo supieran lo castigarían como se debe, ¡tal es la naturaleza de nuestras leyes!. ¡Atreverse a labrar el Camino de Santiago!. Pero claro, hay que pensar que si con el de Santiago se atreven, ¿qué no harán con otros sin advocación celestial?.

Al jacobípeta le parece una reflexión muy acertada y oportuna, visto lo que ha visto en sus andaduras por esos mundos de Dios.

El jacobípeta saluda al pasar cerca de los dos peregrinos y, como ve oportunidad, trata de pegar la hebra con ellos, mayormente por ver si satisface su curiosidad respecto de las velocidades del grupo.

Los peregrinos se llaman Paca y Salvador. El resto de la filiación no lo supo el jacobípeta y por eso no la hace constar. La mujer, Paca, es más accesible, en un principio, para la conversación y, tras una ronda de la bota de vino que ambos aceptan, comienzan un diálogo divagante sobre casi todo lo divino y lo humano.

El jacobípeta, empero, no renuncia a investigar el motivo de su curiosidad que, al final y al alimón, satisfacen sus contertulios.

Es un grupo que podríamos denominar internacional. Hay un belga, una brasileña, dos chicas israelitas y seis entre rusos y rumanos, dos mujeres y cuatro hombres. Como parece que tienen pocos días para caminar el Camino, hacen etapas muy largas, de ahí sus prisas. “Nos los encontramos en Cizur, pero nosotros vamos a nuestro ritmo, y cuando nos cansamos de corretear con ellos, nos retrasamos y ya llegaremos. Nosotros no tenemos mayor prisa…”

Y muy bien que hacen de tomárselo con calma. De cualquier forma, y visto cómo caminan, los alcanzarán en un plis-plás. No aguantarán mucho así.

El jacobípeta y sus nuevos amigos ríen de buena gana, aunque tampoco es que deseen ningún mal a los otros peregrinos, eso no. Paca y Salvador parecen buenos caminantes, con buen fondo para llegar sin mayores agobios a Santiago en buenas condiciones.

El jacobípeta reinicia su camino sin más preámbulos, y se despide de sus nuevos amigos, seguro de que volverá a encontrarlos en otros muchos lugares. O, al menos, eso desea.

El jacobípeta se marcha dándole vueltas al magín sobre lo que acaban de hablar. Eso de ir como en una carrera da escalofríos al jacobípeta, y cuando oye a alguien aquello de “me hice desde N… hasta X… en tantas horas” –generalmente muy, muy pocas-, el jacobípeta se hace de cruces. Si lo que quieren es batir un récord, que lo digan, pero si lo que quieren es hacer el Camino de Santiago, o disfrutar de la actividad que están haciendo, tantas prisas no pueden ser buenas. O eso le parece a él, que tampoco es doctor en la materia y puede equivocarse…

Al poco andar, el jacobípeta divisa Cirauqui. Cirauqui significa nido de víboras y, por la situación en alto del pueblo, al jacobípeta no le extraña el apelativo, aunque, supone, se lo pondrían los enemigos de los habitantes de esta localidad.

Cosa curiosa, no se ven coches por aquí. El jacobípeta constata, con sorpresa, que cruzando el pueblo no ha visto ni un solo automóvil. Es cierto que las calles son empinadas y algunas de ellas bastante angostas, pero no cree que esto impida que puedan circular esos vehículos.

Sueña el jacobípeta la vida sosegada de los cirauquenses –si es así como se llaman los habitantes de Cirauqui, que el jacobípeta lo ignora-, sin tener que apartarse apuradamente para que pasen los coches, y gozando del dominio de sus calles para pasear y pararse donde les venga en gana a conversar con sus vecinos sobre las cosechas o sobre el parto de la oveja, que vino mal y hubo que llamar al veterinario, ¡mira tú qué ocurrencia!.

De Cirauqui se sale por una vía romana muy bien conservada que lleva al jacobípeta hasta la carretera. No en tan buen estado se halla el puente romano, de un solo ojo, y que lo están restaurando.

El jacobípeta, en un momento de debilidad, y según camina estos terrenos, piensa con nostalgia que muy atrás quedan ya aquellos bosques pirenaicos. Anda ahora por tierras más secas. El bosque, donde lo hay, es puramente mediterráneo: pinos, encinas, coscojas y matorral. En algunos tramos le parece al jacobípeta que está por tierras del Levante, donde vive habitualmente. Donde no hay bosque, hay lo que parecen sembrados de cereales o plantaciones de espárragos, que en esta época del año tampoco pueden diferenciarse mayormente.

El jacobípeta va acercándose al valle de Yerri y cruza por lo que parecen las ruinas de una población. Por lo que queda, parece de tipo medieval, pero tampoco está muy seguro. Más tarde se enteró de que eran las ruinas de Urbe, una población medieval, tal como él pensó.

Algo más allá, cerca ya de Lorca, el jacobípeta cruza el río Salado, ya comentado en el Codex Calixtinus, y no en muy buenos términos.

“Por el lugar llamado Lorca, por la zona oriental, discurre el río llamado Salado: ¡cuidado con beber en él, ni tú ni tu caballo, pues es un río mortífero! Camino de Santiago, sentados a su orilla, encontramos a dos navarros afilando los cuchillos con los que solían desollar las caballerías de los peregrinos que bebían de aquel agua y morían. Les preguntamos y nos respondieron mintiendo, que aquel agua era potable, por lo que dimos a beber a nuestros caballos, de los que al punto murieron dos, que los navarros desollaron allí mismo.”

Unos kilómetros más, pocos, y tras pasar por un túnel, por debajo de la carretera nacional, llega a Lorca. Como camina a buen ritmo y las ampollas no le molestan demasiado, el jacobípeta no quiere que el parón aquí sea muy grande, así que bebe y compra avituallamiento para seguir caminando sin más demora.

En Villatuerta, y tras cruzar el río Iranzu por el puente medieval, la mala señalización provoca que el jacobípeta se pierda y se salga del Camino. Tampoco es que le importe demasiado, pero no le apetece dar mayores vueltas sin sentido.

Al salir de Villatuerta hay una subida fuerte hasta un monte con un depósito de agua. Estella está cerca pero aún no se ve. Estos últimos dos kilómetros, los que le faltan hasta llegar a Estella, se le hacen especialmente largos.

Cuando el jacobípeta entra en Estella, es media tarde. Por el camino fue comiendo algunas de las cosas que compró en Lorca y bebiendo del vino que trajo, pero al llegar a Estella, está desfallecido. Así que, ni corto ni perezoso, busca un lugar donde tranquilizar su estómago. Unos vinos con torreznos bajo los soportales de la Plaza Mayor de Estella, o plaza de los Fueros, le templan el cuerpo al jacobípeta.

El jacobípeta ya estuvo muchas veces aquí, y sabe que el núcleo urbano de Estella encierra interesantes edificios históricos, por lo que quiere animar a visitar esta villa. Aquí merece mucho la pena pasear por su casco antiguo para ver la iglesia de San Miguel en el burgo del mismo nombre, la Plaza de los Fueros y la iglesia de San Juan Bautista en el burgo de San Juan y, en el burgo de San Martín, la iglesia del Santo Sepulcro, el Convento de Santo Domingo, la iglesia de Santa María Jus del Castillo, la Iglesia y el claustro de San Pedro de la Rúa y el Palacio de los Reyes de Navarra, con un capitel con la lucha entre Roldán y Ferragut. Por cierto, el crismón a la entrada de San Pedro de la Rúa tiene las letras griegas α y ω -que en la simbología cristiana significan el principio y fin- en orden inverso al que suelen estar.

No hay que olvidarse, en Estella, de mencionar su río, el Ega, que divide en dos la ciudad y que en el Codex Calixtinus se califica de saludable, cosa rara entre los ríos de Navarra, para cuyo autor eran todos nocivos.

En este día se produce el primer y último contacto del jacobípeta con el grupo internacional: el belga, la brasileña, las israelitas y los demás. Tal como sospechara, estaban casi tirados a la puerta del albergue de Estella, derrengados, con montones de ampollas y casi sin fuelle. Y eso que ya llevaban casi una hora allí.

En el albergue de Estella los peregrinos reparan las ampollas, se ponen pomadas, se curan cojeras, se cocina y se hacen amistades.

El jacobípeta busca en el albergue a su amigo don Knutt, que piensa que ya debe de haber llegado, pero le dicen que pasó de largo, que dijo querer llegar hasta Los Arcos. El jacobípeta siente no encontrarlo, porque le agrada su conversación, pero como no tiene remedio la cosa, se plantea si quedarse en Estella o acercarse hasta Ayegui, que está a un tiro de piedra, a visitar a un amigo que tiene. La duda le asalta porque no avisó a su amigo de su llegada, y no quiere ser inoportuno. Mientras se decide, entra en el albergue a sellar la credencial, por si la necesita en este o en otro momento.

Según está en el albergue, aparecen Paca y Salvador, los amigos que el jacobípeta hizo cerca del cementerio de Mañeru. Para no quitarles el sitio para dormir, el jacobípeta decide que se acercará a Ayegui, a casa de su amigo. Bueno, tampoco ha de pensarse que el jacobípeta es tan altruista… Lo que de verdad sucede es que, puestos a elegir, el jacobípeta siempre se decanta por una buena cama, si está a su alcance. Y éste es el caso.

Mientras charla con Paca y Salvador, éstos le cuentan cosas sobre algunos de los peregrinos que hay en el albergue, y que ellos ya conocieron en otros lugares.

- Por cierto, que además de a los peregrinos con los que veníamos, los internacionales, hemos vuelto a encontrar aquí a la mujer gorda de luto del Jakue y a su acompañante. Los dos, frescos como lechugas, sostienen que han venido andando por la carretera. Eso no hay quien se lo trague. Da la impresión que son dos "caras" que se dedican a hacer turismo barato. Además, para más espectáculo, la gorda y el otro, se acuestan juntos en una sola litera en los refugios, en la que una persona sola casi no cabe, y se dan de besazos a la vista de todos. La fuerza del cariño debe de ser.

El sentido del humor de Salvador es corrosivo, como puede apreciar el jacobípeta. Pero lo que Salvador cuenta le parece lamentable al jacobípeta. Realmente, estaba convencido de que este tipo de “peregrinos” que hacen turismo barato aprovechándose de los albergues del Camino de Santiago, pululaban exclusivamente en verano, pero parece que son flor de cualquier estación y tiempo. Y lo que ya le parece indecente al jacobípeta es que estos especímenes les quiten mesa y cama a los peregrinos, que se dejan la suela de las botas por los caminos, dado que pueden presentarse a la hora que les venga en gana en los albergues, y como en éstos se aloja por riguroso orden de llegada...

Para anunciar su llegada, el jacobípeta llama por teléfono a su amigo de Ayegui y así se entera de que se ha mudado a vivir a una urbanización que hay un poco más allá del monasterio de Irache, lo que tampoco es un paseo demasiado largo antes de cenar. Acuerdan encontrarse frente a la puerta de entrada al monasterio para, desde allí, ir a su casa.

El jacobípeta toma cumplida nota de que en Ayegui puede saciar su sed en la generosa fuente del vino, en donde mana un vino sabroso y saludable, gracia de las bodegas Irache, en donde la fuente está ubicada. Se permite beber lo que el cuerpo aguante, pero no aprovisionarse para posteriores ocasiones. Buen criterio éste, que propicia que el jacobípeta, y otros como él, no sobrecarguen su equipaje. De cualquier forma, el jacobípeta sí que se permite rellenar la bota de vino, que ya anda en las últimas, antes de seguir camino.

Vaya desde aquí el brindis por la felicidad, que en la fuente se ruega.

El jacobípeta se propone a él mismo comprobar en cuanto tenga ocasión, la veracidad de otro de los carteles, en donde se avisa de que hay en la fuente una web-cam que permite saber quién se para a beber y, supone el jacobípeta, cuánto bebe. Será cosa digna de verse.

A muy poco andar de la fuente del vino, un poco cuesta arriba y no tanto por el terreno como por la pena de abandonar tan pródigo lugar, se ve a la izquierda la iglesia del monasterio de Irache, que al jacobípeta le parece muy digna de ser visitada por su sobriedad y belleza. Solamente la piedra adorna a la piedra.

Así que termina la visita de la iglesia, y ya con la noche a cuestas, el jacobípeta se acerca a la puerta del monasterio, en donde aún habrá de esperar un rato a su amigo.

El amigo del jacobípeta se llama Oswaldo Olmos Ortega. Él dice llamarse ‘Osgualdo’ y así procura llamarlo el jacobípeta siempre que se acuerda, aunque le da un poco de risa. Oswaldo Olmos Ortega no sólo no se enfada, sino que ríe con el jacobípeta. Son como pequeñas bromas íntimas, depuradas por los años que hace que se conocen y por las cosas que juntos vivieron.

Oswaldo Olmos Ortega es de nación chilena y se expatrió cuando el golpe de estado de Pinochet –Pinocho, lo llama él- y marchó a Cuba primero y a Europa, después. Estuvo por Francia y Bélgica y en los primeros años ochenta se dejó caer por España. Aquí, en España, casó por segunda vez –su primera esposa fue víctima de la represión tras el golpe de estado-, y tuvo sus dos hijos, Edgar Leonardo y Ludmila.

Oswaldo Olmos Ortega es hombre robusto, de finas maneras, que ronda los sesenta, naturalizado español después de ser apatrida durante muchos años. Decía no creer en las nacionalidades, sino en el hombre internacional. Al final, como necesitaba pasaporte y otros papeles para poder dar fe de que existía, perdió la batalla contra la burocracia, como todo quisque, y hubo de elegir entre seguir siendo chileno en los papeles, ser español por matrimonio o andar perdido entre las administraciones burocráticas. Se decidió por ser español porque “tampoco hay que andarse con demasiadas macanas, ¿no le parece a usted? Y, puestos a elegir, de donde tiene uno la mesa puesta, ¿no le parece a usted?” Esta muletilla la repite una y otra vez el amigo del jacobípeta.

Oswaldo Olmos Ortega tiene por oficio impresor, pero al salir de Chile dejó de ejercerlo. Fue sobreviviendo unos años dedicándose a toda clase de trabajos, pero, al mismo tiempo, practicaba su pasatiempo preferido, tallar piedras y madera. Y con tan rara –por buena y sutil- habilidad, que ya a mediados de los años ochenta se le solicitaba y contrataba para dirigir y enseñar a otros en las restauraciones de edificios antiguos, medievales sobre todo, por parte de las administraciones del ramo. Así que decidió establecerse en el Camino de Santiago, donde no le faltó trabajo.

- ¡Quién lo iba a decir, ¿no le parece a usted?! Uno pensaba que su oficio le daría de comer toda la vida, y resulta que ganó toda la plata por su afición a la talla. La vida es rara, ¿no le parece a usted?

Oswaldo Olmos Ortega llega adonde le espera el jacobípeta, cargado de buen humor y buenas intenciones. Los dos viejos amigos se abrazan y se enzarzan en una conversación en la que quieren preguntarse y responderse diez años en cinco minutos. Un guirigay, vamos.

Ya más tranquilos, sentados a la mesa, toman un aperitivo en casa de Oswaldo Olmos Ortega, antes de la cena. Una cena familiar en la que Oswaldo Olmos Ortega ejerce de anfitrión del jacobípeta, orgulloso de su familia y orondo como un patriarca.

Oswaldo Olmos Ortega no permitió que el jacobípeta reanudara su camino hasta dos días después, y mientras tanto, llevó al jacobípeta a recorrer todos los edificios que había restaurado, o participado en su restauración, tanto en Estella como en los alrededores. En honor a la verdad, el jacobípeta se acordó y echó de menos a su amigo don Knutt cuando visitaron la iglesia de la Virgen del Puy en Estella.

Su amigo Oswaldo Olmos Ortega se mostró como un guía consumado y, además, trató al jacobípeta a cuerpo de rey.