El jacobípeta se levanta temprano este día. Patricio le ha despertado para llevarlo con él al hospital, tal como habían pactado el día anterior. Como ya se había despedido del resto de los habitantes de la casa por la noche, el jacobípeta ya sale con toda su impedimenta cuando sube al coche de Patricio, camino del hospital.
En efecto, es don Knutt. Don Knutt se alegra sinceramente de ver al jacobípeta, y se quedan juntos a la espera de que pase visita el médico y le dé el alta. Don Knutt está adolorido en su pierna izquierda, pero en razonables condiciones para emprender la marcha. De todas formas, Patricio le explica al jacobípeta cómo cuidar la pierna de don Knutt, y les da una pomada para remediar los dolores. También les aconseja que no fuercen demasiado el paso, para dar tiempo a que la contractura vaya sanando. Les explica que no pueden tenerlo a don Knutt en el hospital por una dolencia leve y que ha de irse a casa, aunque, como en este caso, la única casa que tenga el paciente sea el Camino.
Don Knutt y el jacobípeta atienden las explicaciones y aseguran a Patricio que harán todo según sus instrucciones. Para empezar, la próxima meta será Navarrete, muy cerca de Logroño, y luego, ya se irá viendo.
A las nueve y poco de la mañana ya están don Knutt y el jacobípeta a la puerta del hospital. Don Knutt se apoya en el bordón, a modo de muleta y, a ratos, en el hombro del jacobípeta. Como don Knutt no pesa mucho, el caminar de ambos no es patético ni lamentable. Más aún, ambos, don Knutt y el jacobípeta, se ríen de la figura que vienen haciendo. Además, el tiempo acompaña. Es una mañana fría pero soleada que les alegra.
La larga salida de Logroño, casi interminable en condiciones normales, se alarga todavía más, pero a los dos amigos no les importa. Saben que la jornada será corta y están decididos a parar las veces que sea necesario.
El Camino sale del casco viejo de Logroño por la antigua Puerta del Revellín. De Logroño se sale por la larga Avenida del Marqués de Murrieta. El jacobípeta y don Knutt salieron a la carretera de Burgos, casi en las afueras de Logroño. Por pista cruzan la doble vía. Por esta pista, hecha expresamente para caminantes y paseantes, y flanqueada de árboles, llegan al embalse de La Grajera, donde paran a descansar un rato.
Don Knutt y el jacobípeta recorren el embalse por el muro de la presa y siguen el Camino que continúa por la orilla derecha. Muy poco después de una antena y de cruzar la carretera, comienzan las dificultades al subir la colina, y no tanto por la cuesta, que la hay y dura, sino por la escasez de indicaciones que amenaza con despistarlos. Ya arriba del alto, tienen a la vista Navarrete y hacen otro descanso.
Ya con la referencia del pueblo de Navarrete, retoman su caminar y cruzan la carretera y luego la autopista por el paso elevado. Allí ven, y dejan a un lado, a su derecha, las ruinas de la Alberguería de la Orden de San Juan de Acre, cuyo pórtico se conserva como puerta del cementerio, por la cual se pasa al salir del pueblo.
Los aproximadamente doce kilómetros que hay entre Logroño y Navarrete los recorren en tres horas y media, sin forzar la marcha. Cuando llevaban unos cuatro kilómetros recorridos, don Knutt ya iba caminando él solo, sin necesidad de ayuda por parte del jacobípeta. Se conoce que se le habían calentado los músculos y había remitido el dolor que pudiera tener al comenzar la marcha. Las ortopedias que don Knutt lleva en el muslo y la rodilla izquierdos han ayudado bastante, claro.
Navarrete es una villa de aspecto medieval, en un cerro. Tiene muchas casas blasonadas, y en una de ellas puede verse, en una hornacina, una talla de Santiago Matamoros.
Según callejean y se dirigen hacia el albergue municipal, don Knutt protesta y le dice al jacobípeta que no está tan mal como para quedarse ya en Navarrete, que queda mucho día aún.
- No, amigo mío don Knutt, que yo no pretendo llevarle a ningún sitio ni tomar decisiones por usted, ¡Dios me libre!, que lo único que quiero es llegar a algún sitio donde nos den de comer, que ya va siendo hora. Y se me ocurre que no hay mejor sitio que el propio albergue y, si allí no hay qué comer, nos indicarán algún lugar.
Don Knutt se queda más tranquilo y se deja llevar. En el albergue, y dado que don Knutt no parece dispuesto a parecer que se rinde por hoy y el jacobípeta no quiere poner en un brete a su amigo, preguntan por algún sitio donde comer y, efectivamente, allí les orientan.
Don Knutt es un hombre generoso y agradecido y decide invitar al jacobípeta a la comida. Charlan mientras comen y también de sobremesa. Cuando se levantan, don Knutt se siente cansado y ambos deciden que es mejor descansar lo que queda de día y hacer noche en el albergue, que mañana será otro día. Así que encaminan sus pasos de vuelta al albergue. Toman posesión de sus camas y siguen con su charla.
El jacobípeta se entera entonces de las andanzas de don Knutt desde que se separaran. Así, confirma que don Knutt pasó de largo por Estella y que siguió hasta Villamayor de Monjardín, donde pernoctó. Le cuenta que al otro día siguió hasta Viana, pero que en las subidas y bajadas de los barrancos antes de llegar a Viana, sintió un dolor en el muslo y que llegó a Viana como pudo y que al día siguiente llegó a trancas y barrancas hasta Logroño, para hacer noche y, como seguía con dolor, desde allí fue al hospital. Don Knutt hablaba maravillas de los médicos del hospital, “y ese amigo suyo, el fisioterapeuta, tiene manos de santo, oiga”.
Se conoce que los pensamientos atravesaron como un soplo las distancias, porque en ese momento entró el hospitalero.
- Preguntan por teléfono por dos peregrinos, uno con barba y el otro que cojea, así que no hay que ser un lince para saber que son ustedes.
El jacobípeta fue hasta el teléfono y era Patricio, para preguntar por don Knutt. Unos minutos después, el jacobípeta le hace saber a don Knutt que un ángel en forma de fisioterapeuta va a venir a visitarle.
El jacobípeta sale del albergue por ver de comprar algo con lo que agasajar a sus amigos, que no tardarán en llegar. La fortuna le sonríe y localiza en un modesto supermercado viandas y, sobre todo, una botella de Ribera del Duero que sabe que encantará a Patricio.
Casi al unísono llegan al albergue el jacobípeta y sus parientes. Luego de los saludos y las cucamonas a Breogán que los acompaña, el jacobípeta clava sus ojos en Beatriz, que también forma parte de la partida. Entran en el albergue y a la chica le falta tiempo para pedir disculpas al jacobípeta y para darle explicaciones.
- Lo siento de veras que se lo tomara usted a mal, de verdad. Lo que quiero decir es que no pude resistirme a representar el papel de “criada” y, bueno, que le ruego me disculpe. Aunque, la verdad es que me halaga que usted se lo creyera del todo.
Una sonrisa le baila en los ojos a Beatriz al decir esto y el jacobípeta la tranquiliza y le dice que no se preocupe, que la cosa no es para tanto, y todas esas cosas que se dicen.
Como forma de pedir perdón, Beatriz hace saber al jacobípeta que ha estado hablando por teléfono con su padre, y que le espera cuando lleguen a Santo Domingo de la Calzada, “a usted y a su amigo, que también le he hablado de él, no crea”. Beatriz y el jacobípeta han hecho las paces para siempre y la chica pasa a la consideración de persona grata y de casi pariente por parte del jacobípeta.
Cuando llegan a donde está don Knutt, Patricio le está dando un masaje en la pierna y Breogán se ha erigido en el centro de atención de todo el mundo, hospitaleros incluidos.
El resto de la tarde fue un continuo charlar y charlar, y risas y buen humor.
Las conversaciones giran en torno al vino, al Camino de Santiago y a los viajes de don Knutt.
El jacobípeta quiere, para fijar sus recuerdos, dejar aquí constancia de la esencia de esta conversación, de la que disfrutó muchísimo y que le hizo ver La Rioja de una forma distinta a partir de aquel día.
El jacobípeta vino a constatar, a través de las palabras de Patricio, el hecho de que,
“… a menudo, los tópicos tengan razón. Sólo que, en su opinión, no la tienen del mismo modo que el tal tópico quiere dar a entender, sino de otro que, en muchos casos, es bastante más profundo.
Los tópicos riojanos han girado siempre en torno al vino y a la ruta jacobea. Y, efectivamente, la raiz más profunda de la Rioja están en ambos elementos, pero no sólo por las cualidades de sus caldos ni por la tradición de sus peregrinos. El vino es aquí -como en el Ampurdán, como en la Mancha, como en Galicia o como en Andalucía- un elemento mágico, ancestral, instituido como elixir sagrado en tiempos remotos, como lo prueba el hecho de que las zonas mejor dotadas para el cultivo de la vid estén rodeadas de monumentos megalíticos. En cuanto al Camino de Santiago, a su paso por tierras riojanas -como a lo largo de todo su recorrido peninsular- no es más que un peregrinaje ancestral, cristianizado por Cluny, pero conteniendo en todo su recorrido el recuerdo vivo de unas vivencias religiosas muy anteriores al cristianismo, que se convirtieron exteriormente a la nueva fe aunque siguieron conservando su estructura arcaica, su enlace con unas creencias que vienen de mucho más lejos y que se manifiestan por los elementos heterodoxos, ocultistas y herméticos que las envuelven o que subyacen en sus más profundas estructuras mentales.
Vista así, La Rioja es una sucesión de huellas que hay que ir destapando cuidadosamente, interpretando su verdadero sentido por encima de las apariencias piadosas que, en muchas ocasiones, hasta el pueblo ha llegado a asimilar. Los signos remotos se camuflan en una aparente religiosidad tradicional y vuelven a aflorar a poco que raspemos en las motivaciones que los originaron. Entonces surge el sentido ancestral y todas las huellas se acoplan y se justifican, totalizando un puzzle de tradiciones antiquísimas que, aunque disimuladas, se han conservado extrañamente puras, inmediatas y al alcance de la mano.
Cuando recorremos los caminos de la Rioja tenemos que mantener siempre los ojos muy abiertos, porque la sorpresa puede surgirnos en las circunstancias más inesperadas. La tierra vinatera y caminera de la Rioja es un campo abonado a la investigación, precisamente por lo virgen que las creencias inculcadas la han mantenido a lo largo de los siglos.”
Don Knutt cuenta anécdotas de sus viajes. Entre ellas la de que, “en una ocasión tuve la oportunidad de aprender nociones básicas, y un poco más, de esloveno, sobre todo el "se vidimo" que me enseñaron unos palmeros (peregrinos a Jerusalén) de aquel país, y que viene a ser como el "Ultreia" que usaban los peregrinos medievales de Compostela para saludarse y darse ánimo”.
Como Nájera está muy cerca y, según se dijo, Patricio es gran conocedor del Camino en La Rioja y de las tradiciones de esta tierra, cuenta y pormenoriza gran cantidad de cosas, que el jacobípeta trascribirá en el lugar oportuno, cuando hable de dicha villa. Vaya por delante que esas palabras no serán suyas, del jacobípeta, se entiende.
La tarde pasa en un vuelo y, ya anochecido, los visitantes deciden que ha llegado el momento en que han de irse a su casa.
Cuando se marchan de vuelta a Logroño, el jacobípeta agradece de corazón a Patricio la visita y el cuidado a don Knutt. Patricio minimiza lo que el jacobípeta ensalza, y se abrazan al despedirse. El jacobípeta se queda con un nudo en la garganta cuando los ve irse de vuelta al hogar.
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