El jacobípeta y su amigo don Knutt Wolff se levantaron tarde. El amigo del jacobípeta, don Knutt Wolff, es alemán, ya se dijo, aunque habla muy bien español. Tiene sesenta y siete años y viene de Le Puy. Cuando llegue a Santiago habrá recorrido mil seiscientos kilómetros, en esta última parte de su deambular.
Don Knutt Wolff parece más joven que el jacobípeta, que ronda la cincuentena. Don Knutt es muy alto y muy delgado, y tiene un mirar dulce y como soñador.
Don Knutt Wolff estuvo casado tres veces y nunca tuvo hijos. Cuando enviudó, va para ocho años, y no teniendo familia a la que dedicarse, decidió reunir todos los caudales que tenía, jubilarse de su trabajo como diseñador de automóviles en una filial de la Mercedes Benz, vivir de las rentas y dedicarse a recorrer el mundo que pudiera, un pie detrás del otro. Caminando, quiere decirse. Así que don Kutt se fue de romero a Roma, de palmero a Jerusalén y, desde allí, de peregrino a Santiago de Compostela. Un interesante paseo, ha de apostillarse con envidia.
Al volver de Jerusalén, y disponiéndose a iniciar su peregrinación, don Knutt cayó enfermo y estuvo dos meses en un hospital –“muriéndome de asco”-, y casi cuatro años convaleciente en Le Puy, en casa de unos parientes lejanos que le alquilaron una habitación. Cuando se recuperó de sus males, también recuperó sus ansias viajeras.
Don Knutt vino a confesarle al jacobípeta que “morir por morir, prefiero morir libre y haciendo lo que me venga en gana… Total, todos los hospitales son iguales, y los cementerios, en España, tienen mejores vistas”. Don Knutt sonríe cuando dice esto, y el jacobípeta se llena de respeto hacia don Knutt.
Luego de desayunar, don Knutt y el jacobípeta inician su andadura. Cruzan conversando la sirga peregrinal, que aquí se llama “calle Mayor-Nagusia Kalea”, y desembocan en el puente medieval que da nombre a Puente la Reina. Antes de llegar al puente, y según pasan cerca de la iglesia de San Pedro Apóstol, don Knutt entra en la iglesia para, según dice, “hacer una visita a Nuestra Señora del Puy –que por aquí llaman Nuestra Señora del Chori (pájaro)- y agradecer el haber llegado hasta aquí.”
Don Knutt le cuenta al jacobípeta que esta imagen de Nuestra Señora del Puy tiene una historia interesante, y que viene a ser, poco más o menos, la siguiente.
Es tradición que esta imagen se hallaba anteriormente, parece que hasta mediados del siglo XIX, en el centro del puente, en una capillita, y que un pajarillo bajaba a limpiarle la cara a la imagen. Se consideraba de buen augurio para los peregrinos el contemplar la escena, y había quién se pasaba largo rato aguardando, con la esperanza de verlo. De ahí le viene lo de Nuestra Señora del Chori.
El Puente de los Peregrinos, que salva el río Arga y tiene forma de albarda, con seis ojos, conduce a don Knutt y al jacobípeta a la salida de Puente la Reina, cerca de la carretera que va a Estella y Logroño. Carretera que cruzan para seguir el Camino que va con el río Arga a la mano de rienda, y la carretera, que va a la mano de lanza.
Por el barrio de Zubiurrutia, el jacobípeta le va contando a don Knutt algunas curiosidades que sabe del convento de las Comendadoras del Espíritu Santo, enclavado en este barrio, y que le dio el nombre de “barrio de las monjas”.
Don Knutt lleva un caminar ágil y paso rápido, lo que agrada al jacobípeta, pero gusta poco de remolonear por los pueblos que van pasando, lo que agrada menos al jacobípeta, siempre propenso a entablar conversación con la gente que va conociendo por esos mundos. Como coinciden en su intención de pernoctar en Estella, deciden que cada uno vaya a su aire y ya se verán al final de la jornada. Ambos se desean lo mejor, y don Knutt aprieta el paso y pronto se pierde de vista.
El día está más claro que el anterior y apenas hay una ligera neblina. El cielo aparece cubierto de nubes dehilachadas que a veces se juntan tapando el sol y a veces se separan dejando que pase la luz y proporcionando al jacobípeta su sombra, que como Peter Pan, pensaba haber perdido los días anteriores.
Cuando el jacobípeta llega a Mañeru, don Knutt hace rato que ya pasó.
Gente amable la de Mañeru. El jacobípeta, con la intención de refrescarse tras la empinada cuesta un poco antes de llegar al pueblo, pregunta a una mujer por una fuente. La mujer, ni corta ni perezosa, se ofrece a guiar al jacobípeta hasta la fuente, al otro lado del pueblo, y se pone a caminar delante del jacobípeta sin esperar respuesta. Al llegar a la fuente, el jacobípeta agradece a la mujer la deferencia y, tras marcharse la mujer, se dedica a cuidarse los pies, airear los calcetines y a descansar un ratico.
En éstas está cuando aparece un pelotón de peregrinos, unos diez o doce, que se acercan a la fuente. Parece que el pelotón de peregrinos mide sus fuerzas intentando llegar, cada cuál el primero, hasta el agua. En algo están todos de acuerdo: todos, sin excepción, miran mal al jacobípeta, descalzo al lado de la fuente. Se refrescan, algunos llenan cantimploras, y se van, otra vez todos juntos.
El jacobípeta, que siente curiosidad por su comportamiento, se calza y va detrás de ellos y ellas. Hasta el cementerio de Mañeru van todos juntos, a partir de allí se comienza ya a deshilachar el grupo. Se conoce que van haciendo carreras, o algo. El jacobípeta se propone, si tiene oportunidad, enterarse de qué pasa con ese grupo tan dinámico.
Dos peregrinos, un hombre y una mujer, se han descolgado del grupo y se sientan cerca del cementerio. Cuando el jacobípeta está a su altura, el hombre está diciendo:
- ¿Por qué hay agricultores que labran los caminos impunemente? Las autoridades no deber de saberlo, pues si lo supieran lo castigarían como se debe, ¡tal es la naturaleza de nuestras leyes!. ¡Atreverse a labrar el Camino de Santiago!. Pero claro, hay que pensar que si con el de Santiago se atreven, ¿qué no harán con otros sin advocación celestial?.
Al jacobípeta le parece una reflexión muy acertada y oportuna, visto lo que ha visto en sus andaduras por esos mundos de Dios.
El jacobípeta saluda al pasar cerca de los dos peregrinos y, como ve oportunidad, trata de pegar la hebra con ellos, mayormente por ver si satisface su curiosidad respecto de las velocidades del grupo.
Los peregrinos se llaman Paca y Salvador. El resto de la filiación no lo supo el jacobípeta y por eso no la hace constar. La mujer, Paca, es más accesible, en un principio, para la conversación y, tras una ronda de la bota de vino que ambos aceptan, comienzan un diálogo divagante sobre casi todo lo divino y lo humano.
El jacobípeta, empero, no renuncia a investigar el motivo de su curiosidad que, al final y al alimón, satisfacen sus contertulios.
Es un grupo que podríamos denominar internacional. Hay un belga, una brasileña, dos chicas israelitas y seis entre rusos y rumanos, dos mujeres y cuatro hombres. Como parece que tienen pocos días para caminar el Camino, hacen etapas muy largas, de ahí sus prisas. “Nos los encontramos en Cizur, pero nosotros vamos a nuestro ritmo, y cuando nos cansamos de corretear con ellos, nos retrasamos y ya llegaremos. Nosotros no tenemos mayor prisa…”
Y muy bien que hacen de tomárselo con calma. De cualquier forma, y visto cómo caminan, los alcanzarán en un plis-plás. No aguantarán mucho así.
El jacobípeta y sus nuevos amigos ríen de buena gana, aunque tampoco es que deseen ningún mal a los otros peregrinos, eso no. Paca y Salvador parecen buenos caminantes, con buen fondo para llegar sin mayores agobios a Santiago en buenas condiciones.
El jacobípeta reinicia su camino sin más preámbulos, y se despide de sus nuevos amigos, seguro de que volverá a encontrarlos en otros muchos lugares. O, al menos, eso desea.
El jacobípeta se marcha dándole vueltas al magín sobre lo que acaban de hablar. Eso de ir como en una carrera da escalofríos al jacobípeta, y cuando oye a alguien aquello de “me hice desde N… hasta X… en tantas horas” –generalmente muy, muy pocas-, el jacobípeta se hace de cruces. Si lo que quieren es batir un récord, que lo digan, pero si lo que quieren es hacer el Camino de Santiago, o disfrutar de la actividad que están haciendo, tantas prisas no pueden ser buenas. O eso le parece a él, que tampoco es doctor en la materia y puede equivocarse…
Al poco andar, el jacobípeta divisa Cirauqui. Cirauqui significa nido de víboras y, por la situación en alto del pueblo, al jacobípeta no le extraña el apelativo, aunque, supone, se lo pondrían los enemigos de los habitantes de esta localidad.
Cosa curiosa, no se ven coches por aquí. El jacobípeta constata, con sorpresa, que cruzando el pueblo no ha visto ni un solo automóvil. Es cierto que las calles son empinadas y algunas de ellas bastante angostas, pero no cree que esto impida que puedan circular esos vehículos.
Sueña el jacobípeta la vida sosegada de los cirauquenses –si es así como se llaman los habitantes de Cirauqui, que el jacobípeta lo ignora-, sin tener que apartarse apuradamente para que pasen los coches, y gozando del dominio de sus calles para pasear y pararse donde les venga en gana a conversar con sus vecinos sobre las cosechas o sobre el parto de la oveja, que vino mal y hubo que llamar al veterinario, ¡mira tú qué ocurrencia!.
De Cirauqui se sale por una vía romana muy bien conservada que lleva al jacobípeta hasta la carretera. No en tan buen estado se halla el puente romano, de un solo ojo, y que lo están restaurando.
El jacobípeta, en un momento de debilidad, y según camina estos terrenos, piensa con nostalgia que muy atrás quedan ya aquellos bosques pirenaicos. Anda ahora por tierras más secas. El bosque, donde lo hay, es puramente mediterráneo: pinos, encinas, coscojas y matorral. En algunos tramos le parece al jacobípeta que está por tierras del Levante, donde vive habitualmente. Donde no hay bosque, hay lo que parecen sembrados de cereales o plantaciones de espárragos, que en esta época del año tampoco pueden diferenciarse mayormente.
El jacobípeta va acercándose al valle de Yerri y cruza por lo que parecen las ruinas de una población. Por lo que queda, parece de tipo medieval, pero tampoco está muy seguro. Más tarde se enteró de que eran las ruinas de Urbe, una población medieval, tal como él pensó.
Algo más allá, cerca ya de Lorca, el jacobípeta cruza el río Salado, ya comentado en el Codex Calixtinus, y no en muy buenos términos.
“Por el lugar llamado Lorca, por la zona oriental, discurre el río llamado Salado: ¡cuidado con beber en él, ni tú ni tu caballo, pues es un río mortífero! Camino de Santiago, sentados a su orilla, encontramos a dos navarros afilando los cuchillos con los que solían desollar las caballerías de los peregrinos que bebían de aquel agua y morían. Les preguntamos y nos respondieron mintiendo, que aquel agua era potable, por lo que dimos a beber a nuestros caballos, de los que al punto murieron dos, que los navarros desollaron allí mismo.”
Unos kilómetros más, pocos, y tras pasar por un túnel, por debajo de la carretera nacional, llega a Lorca. Como camina a buen ritmo y las ampollas no le molestan demasiado, el jacobípeta no quiere que el parón aquí sea muy grande, así que bebe y compra avituallamiento para seguir caminando sin más demora.
En Villatuerta, y tras cruzar el río Iranzu por el puente medieval, la mala señalización provoca que el jacobípeta se pierda y se salga del Camino. Tampoco es que le importe demasiado, pero no le apetece dar mayores vueltas sin sentido.
Al salir de Villatuerta hay una subida fuerte hasta un monte con un depósito de agua. Estella está cerca pero aún no se ve. Estos últimos dos kilómetros, los que le faltan hasta llegar a Estella, se le hacen especialmente largos.
Cuando el jacobípeta entra en Estella, es media tarde. Por el camino fue comiendo algunas de las cosas que compró en Lorca y bebiendo del vino que trajo, pero al llegar a Estella, está desfallecido. Así que, ni corto ni perezoso, busca un lugar donde tranquilizar su estómago. Unos vinos con torreznos bajo los soportales de la Plaza Mayor de Estella, o plaza de los Fueros, le templan el cuerpo al jacobípeta.
El jacobípeta ya estuvo muchas veces aquí, y sabe que el núcleo urbano de Estella encierra interesantes edificios históricos, por lo que quiere animar a visitar esta villa. Aquí merece mucho la pena pasear por su casco antiguo para ver la iglesia de San Miguel en el burgo del mismo nombre, la Plaza de los Fueros y la iglesia de San Juan Bautista en el burgo de San Juan y, en el burgo de San Martín, la iglesia del Santo Sepulcro, el Convento de Santo Domingo, la iglesia de Santa María Jus del Castillo, la Iglesia y el claustro de San Pedro de la Rúa y el Palacio de los Reyes de Navarra, con un capitel con la lucha entre Roldán y Ferragut. Por cierto, el crismón a la entrada de San Pedro de la Rúa tiene las letras griegas α y ω -que en la simbología cristiana significan el principio y fin- en orden inverso al que suelen estar.
No hay que olvidarse, en Estella, de mencionar su río, el Ega, que divide en dos la ciudad y que en el Codex Calixtinus se califica de saludable, cosa rara entre los ríos de Navarra, para cuyo autor eran todos nocivos.
En este día se produce el primer y último contacto del jacobípeta con el grupo internacional: el belga, la brasileña, las israelitas y los demás. Tal como sospechara, estaban casi tirados a la puerta del albergue de Estella, derrengados, con montones de ampollas y casi sin fuelle. Y eso que ya llevaban casi una hora allí.
En el albergue de Estella los peregrinos reparan las ampollas, se ponen pomadas, se curan cojeras, se cocina y se hacen amistades.
El jacobípeta busca en el albergue a su amigo don Knutt, que piensa que ya debe de haber llegado, pero le dicen que pasó de largo, que dijo querer llegar hasta Los Arcos. El jacobípeta siente no encontrarlo, porque le agrada su conversación, pero como no tiene remedio la cosa, se plantea si quedarse en Estella o acercarse hasta Ayegui, que está a un tiro de piedra, a visitar a un amigo que tiene. La duda le asalta porque no avisó a su amigo de su llegada, y no quiere ser inoportuno. Mientras se decide, entra en el albergue a sellar la credencial, por si la necesita en este o en otro momento.
Según está en el albergue, aparecen Paca y Salvador, los amigos que el jacobípeta hizo cerca del cementerio de Mañeru. Para no quitarles el sitio para dormir, el jacobípeta decide que se acercará a Ayegui, a casa de su amigo. Bueno, tampoco ha de pensarse que el jacobípeta es tan altruista… Lo que de verdad sucede es que, puestos a elegir, el jacobípeta siempre se decanta por una buena cama, si está a su alcance. Y éste es el caso.
Mientras charla con Paca y Salvador, éstos le cuentan cosas sobre algunos de los peregrinos que hay en el albergue, y que ellos ya conocieron en otros lugares.
- Por cierto, que además de a los peregrinos con los que veníamos, los internacionales, hemos vuelto a encontrar aquí a la mujer gorda de luto del Jakue y a su acompañante. Los dos, frescos como lechugas, sostienen que han venido andando por la carretera. Eso no hay quien se lo trague. Da la impresión que son dos "caras" que se dedican a hacer turismo barato. Además, para más espectáculo, la gorda y el otro, se acuestan juntos en una sola litera en los refugios, en la que una persona sola casi no cabe, y se dan de besazos a la vista de todos. La fuerza del cariño debe de ser.
El sentido del humor de Salvador es corrosivo, como puede apreciar el jacobípeta. Pero lo que Salvador cuenta le parece lamentable al jacobípeta. Realmente, estaba convencido de que este tipo de “peregrinos” que hacen turismo barato aprovechándose de los albergues del Camino de Santiago, pululaban exclusivamente en verano, pero parece que son flor de cualquier estación y tiempo. Y lo que ya le parece indecente al jacobípeta es que estos especímenes les quiten mesa y cama a los peregrinos, que se dejan la suela de las botas por los caminos, dado que pueden presentarse a la hora que les venga en gana en los albergues, y como en éstos se aloja por riguroso orden de llegada...
Para anunciar su llegada, el jacobípeta llama por teléfono a su amigo de Ayegui y así se entera de que se ha mudado a vivir a una urbanización que hay un poco más allá del monasterio de Irache, lo que tampoco es un paseo demasiado largo antes de cenar. Acuerdan encontrarse frente a la puerta de entrada al monasterio para, desde allí, ir a su casa.
El jacobípeta toma cumplida nota de que en Ayegui puede saciar su sed en la generosa fuente del vino, en donde mana un vino sabroso y saludable, gracia de las bodegas Irache, en donde la fuente está ubicada. Se permite beber lo que el cuerpo aguante, pero no aprovisionarse para posteriores ocasiones. Buen criterio éste, que propicia que el jacobípeta, y otros como él, no sobrecarguen su equipaje. De cualquier forma, el jacobípeta sí que se permite rellenar la bota de vino, que ya anda en las últimas, antes de seguir camino.
Vaya desde aquí el brindis por la felicidad, que en la fuente se ruega.
El jacobípeta se propone a él mismo comprobar en cuanto tenga ocasión, la veracidad de otro de los carteles, en donde se avisa de que hay en la fuente una web-cam que permite saber quién se para a beber y, supone el jacobípeta, cuánto bebe. Será cosa digna de verse.
A muy poco andar de la fuente del vino, un poco cuesta arriba y no tanto por el terreno como por la pena de abandonar tan pródigo lugar, se ve a la izquierda la iglesia del monasterio de Irache, que al jacobípeta le parece muy digna de ser visitada por su sobriedad y belleza. Solamente la piedra adorna a la piedra.
Así que termina la visita de la iglesia, y ya con la noche a cuestas, el jacobípeta se acerca a la puerta del monasterio, en donde aún habrá de esperar un rato a su amigo.
El amigo del jacobípeta se llama Oswaldo Olmos Ortega. Él dice llamarse ‘Osgualdo’ y así procura llamarlo el jacobípeta siempre que se acuerda, aunque le da un poco de risa. Oswaldo Olmos Ortega no sólo no se enfada, sino que ríe con el jacobípeta. Son como pequeñas bromas íntimas, depuradas por los años que hace que se conocen y por las cosas que juntos vivieron.
Oswaldo Olmos Ortega es de nación chilena y se expatrió cuando el golpe de estado de Pinochet –Pinocho, lo llama él- y marchó a Cuba primero y a Europa, después. Estuvo por Francia y Bélgica y en los primeros años ochenta se dejó caer por España. Aquí, en España, casó por segunda vez –su primera esposa fue víctima de la represión tras el golpe de estado-, y tuvo sus dos hijos, Edgar Leonardo y Ludmila.
Oswaldo Olmos Ortega es hombre robusto, de finas maneras, que ronda los sesenta, naturalizado español después de ser apatrida durante muchos años. Decía no creer en las nacionalidades, sino en el hombre internacional. Al final, como necesitaba pasaporte y otros papeles para poder dar fe de que existía, perdió la batalla contra la burocracia, como todo quisque, y hubo de elegir entre seguir siendo chileno en los papeles, ser español por matrimonio o andar perdido entre las administraciones burocráticas. Se decidió por ser español porque “tampoco hay que andarse con demasiadas macanas, ¿no le parece a usted? Y, puestos a elegir, de donde tiene uno la mesa puesta, ¿no le parece a usted?” Esta muletilla la repite una y otra vez el amigo del jacobípeta.
Oswaldo Olmos Ortega tiene por oficio impresor, pero al salir de Chile dejó de ejercerlo. Fue sobreviviendo unos años dedicándose a toda clase de trabajos, pero, al mismo tiempo, practicaba su pasatiempo preferido, tallar piedras y madera. Y con tan rara –por buena y sutil- habilidad, que ya a mediados de los años ochenta se le solicitaba y contrataba para dirigir y enseñar a otros en las restauraciones de edificios antiguos, medievales sobre todo, por parte de las administraciones del ramo. Así que decidió establecerse en el Camino de Santiago, donde no le faltó trabajo.
- ¡Quién lo iba a decir, ¿no le parece a usted?! Uno pensaba que su oficio le daría de comer toda la vida, y resulta que ganó toda la plata por su afición a la talla. La vida es rara, ¿no le parece a usted?
Oswaldo Olmos Ortega llega adonde le espera el jacobípeta, cargado de buen humor y buenas intenciones. Los dos viejos amigos se abrazan y se enzarzan en una conversación en la que quieren preguntarse y responderse diez años en cinco minutos. Un guirigay, vamos.
Ya más tranquilos, sentados a la mesa, toman un aperitivo en casa de Oswaldo Olmos Ortega, antes de la cena. Una cena familiar en la que Oswaldo Olmos Ortega ejerce de anfitrión del jacobípeta, orgulloso de su familia y orondo como un patriarca.
Oswaldo Olmos Ortega no permitió que el jacobípeta reanudara su camino hasta dos días después, y mientras tanto, llevó al jacobípeta a recorrer todos los edificios que había restaurado, o participado en su restauración, tanto en Estella como en los alrededores. En honor a la verdad, el jacobípeta se acordó y echó de menos a su amigo don Knutt cuando visitaron la iglesia de la Virgen del Puy en Estella.
Su amigo Oswaldo Olmos Ortega se mostró como un guía consumado y, además, trató al jacobípeta a cuerpo de rey.
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