jueves, 5 de febrero de 2009

Tranco tercero.- Del monasterio de Leyre a Monreal.

Tranco tercero.- Del monasterio de Leyre a Monreal.

Apenas hay alguna claridad cuando el jacobípeta, después de escuchar los rezos y cantos de laudes y de desayunar en el monasterio, se despide de su primo y de los otros monjes y se echa otra vez al camino, bajando hacia Yesa.

Hay niebla cuando llega al valle y, en el cruce de la carretera secundaria que lleva el jacobípeta con la carretera nacional que va a Pamplona, apenas puede verse a diez metros de distancia. Esta circunstancia hace que el jacobípeta se plantee el camino a seguir.

Por una parte, puede tomar el camino, en y por el arcén de la carretera secundaria que atraviesa el pueblo de Yesa, y que le llevaría a Javier y a Sangüesa. Siete kilómetros de subida, caminando por la carretera le dan un cierto apuro al jacobípeta quien, con tan escasa visibilidad, se teme que pueda tener algún percance. Un riesgo de ser atropellado que no quisiera correr.

Por otro lado, la carretera nacional que ahora tiene ante él, llevaría al jacobípeta a Liédena y de allí a Sangüesa. No le apetece mayormente caminar, digamos que en dirección contraria, ninguna parte del Camino, ya que el Camino viene de Sangüesa a Liédena, y de aquí a Lumbier.

Pero sucede que ya según bajaba de Leyre venía meditando el jacobípeta en recorrer la variante del Camino que transcurre por la vertiente sur del alto de Loiti, en vez de seguir el Camino tradicional por el norte, por la Foz de Lumbier. La opción de Liédena y de la vertiente sur le agrada más, sobre todo porque lo mantiene a cierta distancia de las carreteras y del peligro de ser arrollado por cualquier automóvil, dada la escasa visibilidad. Así que decide tomar esta opción y seguir por Liédena.

Aunque no hay marcas claras en este trayecto, el jacobípeta puede seguir un itinerario paralelo a la carretera sin excesiva dificultad, y en poco más de una hora se planta en Liédena.

En Liédena se topa el jacobípeta con un control de la Guardia Civil, y un número de la Benemérita le pide la documentación. El jacobípeta le explica que va caminando el Camino de Santiago y que ha tomado este camino a causa de la niebla. El guardia escucha con atención las explicaciones y apoya su decisión de caminar la vertiente sur del alto de Loiti, ya que el peligro de ser atropellado, si va por la carretera, es muy real.

Antes de las once de la mañana el jacobípeta ha llegado a Sangüesa sano y salvo y con un apetito feroz. Decide darse un buen almuerzo en un bar muy aparente y con apetitosas tentaciones.

El jacobípeta ha de reconocer que hay tres estamentos de la sociedad que se le dan muy bien y con los que establece conversaciones y relaciones de lo más gratificante, aunque a veces las cosas no le hayan ido demasiado bien con ellos. Estos estamentos son los guardias, los niños y los tontos de pueblo. El jacobípeta sabe que estos estamentos de la sociedad bien poco tienen en común, pero tampoco es su culpa.

De los guardias, excepto con los de Tráfico, que tuvo sus más y sus menos a lo largo de su vida, como casi todo el mundo, mantiene buenas relaciones con casi todos que conoció un poco más allá del simple saludo.

A los niños, los entiende bien hasta los doce años o así; luego, ya se le escapan de las entendederas. El jacobípeta supone que porque a partir de los doce años ya empiezan a ser como todo el mundo, dejan de ser niños y les empiezan a asomar los resabios. Incluso se lleva bien con los niños resabidillos, conque...

Los tontos de pueblo son comentario aparte. Van quedando pocos y el jacobípeta siente debilidad por ellos. Quiere decirse los tontos “oficiales” de pueblo. Hoy, como siempre, hay tontos de pueblo camuflados o escondidos. A esos no se refiere el jacobípeta. Esos suelen tener mala baba y peores intenciones. Esos le caen mal al jacobípeta. Pero los tontos de pueblo sin tapujos, los que lo son y saben que lo son, y lo aceptan como una manera de vivir, al jacobípeta le parecen los últimos descendientes de los pícaros de los siglos dorados. Viven sus vidas sin quejarse mayormente, sin trabajar, y de la caridad o de las debilidades públicas. Son gente honesta en su mayoría y, por supuesto, en franco proceso de extinción total.

- “Ahora, el más tonto hace relojes”, como diría el Agustín Pérez Embid, el amigo del jacobípeta.

Esta disgresión viene a cuento de que estando el jacobípeta almorzando, se le acercó el Felisico Ortiz Ibarrondo, por mal nombre Huevazos, y que ejercía a la sazón de tonto oficial de Sangüesa.

El dueño del bar intentó espantar a Huevazos, sin éxito. Al fin y a la postre, el hombre solamente tenía hambre y habría pensado que arrimándose al jacobípeta conseguiría saciarla.

El jacobípeta habló con el dueño del bar para que permitiera que Huevazos se sentara a su mesa y compartiera su almuerzo.

- Escarricasko, aitá.

Huevazos es un hombre pequeño y aparentemente frágil, de unos treinta y tantos años, avejentado y con pocos dientes. Sus ojos, pequeños e inquietos parecen mirar a todas partes al mismo tiempo. De hablar algo chillón, chamulla una lengua mezcla de euskera y de castellano, llena de modismos y de frases hechas.

- No hay por qué darlas, hijo mío.

- El patrón no me deja ni entrar. Dice que le espanto la clientela. Y yo no le hago mal a naide, aitá.

- Claro que no. Lo que pasa es que no tienen consideración con los que tenemos hambre. Y hoy yo puedo ayudarte; otro día me ayudarás tú a mí…

Huevazos mira agradecido para el jacobípeta. Sus ojillos miran, escarmentados, si el jacobípeta se está burlando de él. Cuando se convence de que el jacobípeta es hombre sencillo, como él, se acerca con la silla al lado de la mesa en la que está el jacobípeta para hablarle en un susurro.

- Yo sé muchas cosas, aitá. Sé cazar conejos con lazo. Y esparveres. Y ranas. Y me sé todos los caminos y los sitios de Zangoza.

Zangoza es el nombre eúskaro de Sangüesa.

El jacobípeta le ruega que le sirva de guía por la ciudad y que le explique las cosas que sabe de las casas importantes y esas cosas.

Huevazos se toma tan en serio su papel de cicerone, que dio al jacobípeta pelos y señales de casi todos los habitantes de Sangüesa, así como de los edificios más sobresalientes. Todo ello desde su propia óptica, muy particular, por cierto. Según Huevazos, todo el pueblo es muy viejismo, “de antes de la guerra o más, aitá”. Lo que desconcertó al jacobípeta fue que Huevazos le hablara de Tiago, “un santo muy conocido, aitá, ¿no ha oído hablar de san Tiago?” Y llevó al jacobípeta a la puerta de una iglesia en la que había una imagen de Santiago, grande, de mucho mérito, según dicen los que de ello entienden. En el caso de Sangüesa, la sirga peregrinal se llama Rúa Mayor y no calle de Santiago como suele ser habitual.

Felisico Ortiz Ibarrondo, Huevazos, da al jacobípeta algunas explicaciones tan en su punto cuando recorren Sangüesa, que el jacobípeta se barrunta que hay gato encerrado, pero se deja guiar y mira de asimilar con tino todas las informaciones que recibe. El jacobípeta calla, atiende, observa y trata de entender.

Es posible que Huevazos se malicie que algo no anda bien, porque sin mayores ceremonias, al llegar bajo los soportales de un caserón de pretéritas glorias, se despide casi a la francesa.

Sangüesa es una ciudad de barrios antiguos, de aspecto beato, a partir de sus tres iglesias principales y de sus numerosas ermitas.

Aparte de la turné con Huevazos de guía, el jacobípeta se llega hasta el pórtico de la iglesia de Santa María la Real, donde observa con detenimiento las escenas que allí nos dejaron los escultores antiguos, para ilustración de los iletrados, y que son verdaderos poemas en piedra. Algo irrespetuosos, bien es cierto, pero poemas. El jacobípeta leyó en un libro sobre las cosas mágicas de España, de J. García Atienza, cosas sobre Sangüesa que ahora aquí explica, aunque, seguramente, no con tanta claridad como las leyó. Pero hace lo que puede, que la memoria tampoco es demasiado fiel y no le gusta copiar así, sin más ni más.

Parece que Santa María la Real formó parte, cuando se construyó, del palacio que tuvo en la ciudad el rey Alfonso I el Batallador, y luego pasó a formar parte de las posesiones de los sanjuanistas. Con lo cual, la restauración que se efectuó a fines del siglo XII correspondería a esta época sanjuanista. De esta restauración forma parte la curiosa portada que dicen fue realizada por el mismo Maestro de las Serpientes, un tal Leodegarius, que también labró las figuras de la catedral de Jaca. Lo de Maestro de las Serpientes le venía por su obsesión por la figura de la serpiente, que lo mismo en Jaca que en Sangüesa aparece por todas partes, y siempre acompañando al hombre o a la mujer.

Desde tiempos muy antiguos se tuvo a la serpiente como representación de la vida eterna, de la inmortalidad y de la sabiduría. Las periódicas mudas de las serpientes despetaron la imaginación de los humanos, que vieron en ello un a modo de renacer. Estas representaciones de serpientes han tenido, a lo largo de la historia de las culturas humanas, muchos y variados significados. Desde lo que se dijo sobre la inmortalidad, hasta lo de ser custodios de tesoros, doncellas, u otras riquezas, así como custodios de la sabiduría, la mayor riqueza según variadas culturas. Vale lo dicho sobre las serpientes, para algunos otros reptiles –lagartos, dragones, etc-, por interpolación de significados.

Aquí, se ven seres humanos sosteniendo serpientes entre los brazos, y hasta una figura en la que una mujer desnuda amamanta con uno de sus pechos a una especie de sapo y con el otro a una serpiente.

Sabido es que el cristianismo ha considerado siempre como el más importante, el concepto de la serpiente como portadora de pecado. Pero aquí la serpiente parece una clara representación del conocimento que ha de arrancarse para llegar a su posesión. La serpiente amamantada es la que extrae ese mismo conocimiento de una Madre Tierra que fue antigua deidad entre los pueblos prerromanos que estaban asentados en la Península Ibérica. Forma parte de la misma tradición que creó los cuélebres asturianos y todos los mitos populares en los que la serpiente aparece como celosa guardadora de tesoros que el iniciado o el adepto deben conquistar, o de los dragones que custodian doncellas y que solamente los elegidos pueden liberar.

Pero la portada de Santa María de Sangüesa es mucho más que un cúmulo de serpientes. En ella está representada buena parte de la iconografía simbólica que surge en el arte medieval y que de forma tan intencionadamente desorientadora ha sido interpretada por los estudiosos, interesados, sobre todo, en dar explicaciones ortodoxas a lo que los artistas iniciados del Medievo representaron como claves muy concretas de un conocimiento que, en su fondo al menos, poco o nada tenía que ver con los preceptos dogmáticos en los que oficialmente estaban integrados.

Por eso, en esta portada, se pueden vislumbrar los símbolos, y por eso también ha de tenerse en cuenta su significado profundo, por encima de su superficial explicación inmediata y oficial. Allí se ve al herrero –en el lado, derecho, entre el tímpano y la imposta-, que representa el conocimiento de la técnica del hierro y de los metales en general, normalmente marginada -y hasta eventualmente maldita- por los poderes imperantes de la antigüedad. No hemos de olvidar que Caín, herrero, fue el primer marginado de esta índole del que se tiene noticia, a pesar de estar tal marginación disfrazada.

Allí mismo se ve a la mujer que amamanta la serpiente y en la misma imposta de la derecha, la figura del monstruo aparentemente devorador que, en realidad, trata de explicar cómo el hombre ha de entrar en el antro del monstruo para arrancarle su conocimiento, como entró Jonás en el vientre de la ballena.

En la dovela medianera del lado izquierdo del arco podemos ver una sirena de doble cola, recuerdo simbólico de los conocimientos venidos del mar. Conocimientos que, encima y debajo de esta figura, están representados por personajes que exhiben pergaminos abiertos en las manos. Las tradiciones que tienen que ver con los conocimientos venidos del mar, y del desembarco de sabios en los albores de los tiempos, son amplias en España. Y los desembarcos de Noés de toda laya, los hay por las costas cantábricas y atlánticas, con profusión y sorprendente machaconería, amén de sospechosamente similares, para ser solamente leyendas locales.

Curiosa también la escena de Juicio Final representada en el tímpano, en la cual los condenados -a la izquierda de Dios Padre, que es la figura central- muestran unos rostros de felicidad que no tienen precisamente los serios y tristes justos, que están situados a la derecha. Hay numerosas representaciones en las que está presente el Árbol de la Ciencia –otros autores lo identifican con el Árbol de la Vida, e incluso con el Árbol de Jesé-, y figuras de personajes metidos dentro de ruedas cósmicas. El laberinto aparece también, sobre los arcos, a uno y otro lado, representado por cintas o correas anudadas.

El interior del templo conserva una linterna octogonal –ha de recordarse la arquitectura de base octogonal que tanto utilizaron los templarios- y una espléndida talla del siglo XIV representando a Nuestra Señora de Rocamador.

La Virgen de Rocamador, como culto, procede de Francia, del departamento del Lot, en las inmediaciones de Auvernia, de un lugar llamado Rocamador, en los valles altos de Quercy, que las gentes conocían como el Valle Tenebroso. La imagen es una virgen negra cuyo sospechoso antecedente mistérico se ve corroborado por la campanita que cuelga sobre la imagen -el sistro de Isis- y que, según la tradición, suena sólo cuando se produce un milagro por su intercesión. A Sangüesa -lo mismo que a Estella- llegó el culto de la mano de los peregrinos jacobeos procedentes de Francia, pero es más que curioso cómo, tanto del lado de allá como del lado de acá del Pirineo, a esta virgen se le atribuyen sus principales milagros en relación con el agua.

De la Virgen francesa se cuenta que salvó a una infanta navarra de un juicio de Dios que consistió en arrojarla al rio atada de pies y manos y salió ilesa de la prueba después de haberse encomendado a esta Virgen. De esta de Sangüesa se cuenta -y una vidriera de la iglesia lo reproduce- que cierto caballero del príncipe Carlos de Viana, llamado precisamente "Roque Amador", se encomendó a ella cuando, sobre un puente, fue sitiado por hombres de armas de Juan II. Dicen que, con su nombre en los labios, el caballero se arrojó a las aguas del río Aragón y que la Virgen lo salvó de morir ahogado. Seguramente las dos leyendas tienen un paralelo simbólico que las asocia a los cultos lustrales anteriores al auge cristiano. Y, además, parece claro que ese paralelismo estaba presente en quienes instituyeron el culto sangüesino, porque nunca ha de pensarse que fuera casual -ni, por supuesto, ortodoxo- asociar la imagen se Nuestra Señora, como tantas veces se asocia, con la imagen de la luna que tiene a sus pies y que es una muestra clara de los cultos lunares de los que fue consecuencia.

Sangüesa tuvo, en tiempos aún no demasiado lejanos, hasta treinta y una ermitas en torno a la ciudad. La mayor parte de ellas han desaparecido. Quedan algunas, sin embargo. Por ejemplo, la de San Bartolomé, junto a Rocaforte, que fue la primitiva Sangüesa. En esa ermita cuentan que se alojó san Francisco de Asís y que la morera añosa que hay a su vera creció del cayado del santo, que lo clavó allí antes de marchar. Esa morera sirve todavía para espantar los miedos a los niños y hubo un tiempo en que, a su contacto, dicen que se curaban las llagas. No cabe duda de que las ermitas, mucho más que las parroquias y las colegiatas o las catedrales, son enclaves especialmente milagrosos en la mente remota de la gente.

En Sangüesa, la tradición existió hasta no hace mucho, y muy exacerbada, en la ermita de San Babil, uno de los centros devocionales más importante del antiguo reino de Navarra. Hasta tales extremos llegó la devoción que, según se cuenta, el recinto de la ermita llegó a ser un auténtico hospital, lleno de camas en las que los enfermos esperaban la santa intercesión de aquel obispo de Antioquía martirizado por Decio, de quien habló san Juan Crisóstomo.

Ya muy pasado el mediodía, el jacobípeta se dispone a ponerse de nuevo en camino y toma la carretera de Liédena, por donde vino, hasta el desvío hacia Rocaforte, que será el camino que seguirá hacia Monreal, pasando por Izco y Abinzano, antes de unirse al Camino en Idocín y, por Salinas de Ibargoiti, entrar a Monreal.

El jacobípeta quiere llegar a Monreal no demasiado tarde, ya que le espera un amigo a quien avisó de su llegada para esta noche, cuando salió ayer de Santa Cilia.

El jacobípeta toma un ritmo bastante rápido de caminar mientras pasa por detrás de la papelera y enfila hacia las alturas de Rocaforte, que está a un tiro de piedra, hasta que se da cuenta de que no va sólo. Huevazos le viene siguiendo, aunque no parece atreverse a acercársele. El jacobípeta le hace señas para que se acerque y caminar juntos. Huevazos lleva al jacobípeta por atajos (alcorces, los llama él) que le ahorrarán algunos kilómetros y cuya belleza no desdice ni un pelo de la del Camino.

Según dejan atrás la fuente de san Francisco, Huevazos inicia la conversación.

- Es usté muy confiado, aitá.

- No, hijo mío. Solamente me fío de quien creo que no va a hacerme mal, sino bien. Aunque a veces me equivoco, claro…

- ¿Y de mí se fía, aitá?

- Creo que eres un buen hombre, Felisico. Aunque también creo que guardas algún secreto. Y como es tuyo, haces bien en guardarlo. Además, si buscaras mi mal, ya has tenido oportunidad y ocasión de habérmelo hecho. Y no ha sido así. Aparte de que poco provecho ibas a sacar de mí. Y eso también lo sabes.

- Yo creo que usté no se fía del todo de mí…

- Y tienes razón en parte. Creo que sabes demasiadas cosas y que haces demasiado bien tu papel de inocente. Conozco unos cuantos y tú eres, ¿cómo te diría yo? Demasiado perfecto. Eso es, un tanto demasiado perfecto en tu papel de inocente.

- Voy a contarle mi historia, aitá, pero quiero que me prometa no repetírsela a naide. Yo, verá usté, era hombre como todos. No soy de Zangoza, que soy de un pueblo del llano de Navarra, cerca de Tafalla. Trabajaba en la construcción, tenía mujer y bastante de una casa. Hace cosa de cinco años, al volver a casa demasiado pronto, me encontré a la mujer en la cama con otro hombre.

- Eso pasa en las mejores familias, hijo mío.

- Sí, pero a mí me llenó de vergüenza. Se rieron de mí todos, mi mujer y su amante, los primeros. En los pueblos pequeños se sabe todo en seguida. Así que me marché. Durante unos meses no sé ni dónde estuve. Sólo que viví de la caridad.

- Te entiendo, Felisico. Las penas del alma son difíciles de curar.

- Y me dí cuenta de que los pelegrinos eran los que mejor me trataban. Yo les hacía recados y ellos me daban comida y alguna propina. Como no tenía ilusiones, no quería trabajar; solamente sobrevivir o ir matándome poco a poco, porque no me atreví a matarme de una mala vez.

- Eso, ni lo pienses siquiera, Felisico, maño, que mientras hay vida hay esperanza.

- No fue la esperanza la que me mantuvo vivo, aitá, que fue la cobardía. Pero a lo que iba. Pensé que haciéndome el tonto y en un pueblo donde no me conocieran y que tuviera cosas que enseñar a los pelegrinos, podría ir malviviendo. Pero me equivoqué.

- ¿Te equivocaste?

- Sí, que no iba malviviendo, sino que vivía muy bien. Siendo “el tonto del pueblo” y sin hacer alardes de posibles, todos me dan de comer y puedo dormir en muchos sitios, calientes o frescos según la estación. Las propinas que me dan por hacer algunos trabajillos tontos y por guiar a los pelegrinos, las guardo. Como también puedo ir donde quiero sin que a nadie le extrañe, de vez en cuando me bajo a Pamplona y me gasto los dineros que tenga. Paso unos días de gran señor y soy yo el que se ríe de ellos y de sus miserias de cada día. Yo soy “tonto” porque quiero, pero ellos son tontos y no se dan cuenta…

- ¿Y si algún día te descubren?

- Ya estoy pensando en cambiar de pueblo. Un día de éstos me voy y ya no vuelvo a Zangoza…

- Te deseo lo mejor, Felisico. Y no te apures, que tu secreto está seguro conmigo.

- Eso pensé.

El jacobípeta y Huevazos callan. Caminan en silencio cuando pasan por las ruinas de Santa Cilia y mientras suben los repechos del alto de Aibar. Al llegar arriba, Huevazos se para, mira en torno suyo y se despide del jacobípeta.

- Hasta aquí le acompaño, aitá, que he de volver. Buena suerte, compadre.

- Buena suerte, Félix, y que san Tiago te proteja.

Huevazos se ríe a medias y se vuelve hacia Sangüesa. El jacobípeta sigue su camino hacia Izco, a buen paso, adonde llega en cosa de poco más de hora y media.

A la salida de Izco, el jacobípeta se sienta a la vera del camino a quitarse las botas y airear los pies y los calcetines, práctica ésta que le viene librando –y toca madera- de las ampollas en los pies.

Desde Sangüesa el día ha venido siendo más claro que por la mañana, pero aún hay algo de niebla, casi fría, que auyenta el sudor. El jacobípeta, sentado, fuma un cigarrillo y piensa en Felisico Ortiz Ibarrondo, y en cómo las circunstancias de la vida afectan a las personas.

Cuando el jacobípeta cruza Abinzano, la tarde ya va declinando. En cosa de una hora llega a Salinas de Ibargoiti, y al enfilar las primeras casas de Monreal es ya casi de noche.

El jacobípeta está hoy más cansado que los días anteriores y se sienta cerca de la fuente a recuperar el resuello, antes de dedicarse a buscar a su amigo.

Allí sentado, lamenta las prisas que le han impedido disfrutar de esta parte final de la jornada. Él, que ama a los árboles, ha venido atravesando bosquecillos de pinos y de robles, y ha sido escoltado a ambos lados del Camino por los álamos, y casi no les ha hecho ni caso. A decir verdad, casi ni los ha visto, a causa de la niebla y de la premura por llegar a Monreal con luz suficiente.

Como de nada sirve lamentarse, el jacobípeta se dedica a buscar a su amigo. En seguida le dan razón y encuentra la casa sin demasiada dificultad. Bueno, tampoco Monreal es Nueva York, un suponer, y los vecinos se conocen mayormente todos, así que no tiene gran mérito la rapidez del jacobípeta en encontrar a su amigo.

El jacobípeta llegó a la casa de su amigo, donde le dieron de cenar, y donde durmió en buena cama.

Pero aquí el jacobípeta corre un tupido velo y no cuenta más cosas, porque no quiere ser demasiado cruel. Ni siquiera pone el nombre de su amigo para no señalar, mayormente.

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