jueves, 12 de febrero de 2009

Tranco sexto.- De Irache a Logroño de una tacada.

En Navarra los bares de los pueblos están cerrados a las tempranas horas de paso de los peregrinos y caminantes, así que a éstos no les queda más remedio que desayunar fruta, cacahuetes –u otros frutos secos- y leche fría, si fueron previsores, la mayor parte de los días. Esta historia viene a cuento de que el jacobípeta, aunque muy de mañana, pues apenas serían las siete, ya salió desayunado de casa de su amigo Oswaldo Olmos Ortega, pero fue topándose con algunos peregrinos que desayunaban a la vera del Camino el tipo de alimentos que más arriba se apuntaron, más o menos hasta que llegó a Villamayor de Monjardín, donde la hora ya parecía más propicia y podían verse bares abiertos. El jacobípeta constataría más adelante que esto no sólo pasa en Navarra, sino en la mayor parte del Camino, pero su toma de conciencia del hecho sucedió en esta etapa. La verdad es que antes apenas tuvo oportunidad, ya que o no vió peregrinos o no necesitó de bares para desayunar, en los días anteriores.

Cuando el jacobípeta deja atrás la urbanización donde vive su amigo, un cartel le anuncia que le quedan 659 kilómetros hasta Santiago. El jacobípeta no sabe si alegrarse o entristecerse. Por un lado, sabe que ya se ha caminado unos doscientos kilómetros; por otro lado, piensa en lo que le queda y le hacen cosquillas los pies.

En estos días el tiempo ha mejorado bastante, y desde ayer ya se ve más el sol. Cuando inicia la marcha, un sol tímido, como de invierno, acompaña al jacobípeta en su caminar.

Irache se deja atrás por un encinar, quedando Montejurra, el monte emblemático del carlismo, a la izquierda. Durante muchos años los carlistas se han reunido aquí en Montejurra para dejar patente su ideal político, pero ya hace unos años, desde que aquel “hombre de la gabardina” matara de un disparo a un joven, en los años sesenta, que el número de asistentes a estas concentraciones disminuyó ostensiblemente.

El Camino hasta Azqueta es de buen andar, aunque con subidas y bajadas que maceran las piernas de los caminantes novatos. En realidad, entre Estella y Azqueta hay dos caminos casi paralelos, el que discurre por el lado de babor de la carretera, que es el que el jacobípeta lleva, y el que va por el lado de estribor de la carretera, que cruzando el pueblo de Ayegui, pasa por detrás del hotel Irache y cruza la carretera de Igúzquiza, pueblo que queda a la derecha del Camino. Por cualquiera de las dos vías que tome el caminante, tiene como referencia el caserío de Azqueta, asentado sobre una colina y a unos seis kilómetros de distancia. Con la luz de la mañana, las casas de Azqueta brillan la humedad acumulada durante los días anteriores. Esta visión pone combustible en las piernas del jacobípeta y le hace desear una jornada más larga de caminar. Siente que el tiempo que se ha pasado con su amigo Oswaldo Olmos Ortega ha entumecido un tanto su cuerpo, y ha de despabilarlo, aunque, eso sí, le ha servido para curar casi totalmente las ampollas que le salieron.

Justo a la salida de Azqueta, el jacobípeta sigue por una pista que le llevará hasta Villamayor de Monjardín. Toma a la derecha el camino hacia una granja, la rodea y sigue por el camino que sale a su izquierda. Es un corto trayecto de apenas un par de kilómetros, donde puede verse la exótica, por inusual, fuente de los Moros, que se deja a mano de lanza poco antes de entrar en Villamayor de Monjardín. Esta fuente tiene apariencia gótica, aunque el jacobípeta no podría asegurar que lo sea de verdad, con dos arcos de acceso.

En Villamayor de Monjardín puede verse la iglesia de San Andrés, con su torre barroca y otro capitel con la lucha de Roldán y Ferragut. Más impresionante, aunque en ruinas, es el castillo de Deyo, a septentrión del pueblo, y encaramado en el arbolado monte de Monjardín.

Como son poco más de las ocho y media de la mañana, el jacobípeta se da un descanso; se sienta en un banco, le da un toque a la bota y fuma tranquilamente un cigarrillo mientras ve pasar la vida. El pueblo se está despertando y algunos de sus habitantes van a sus quehaceres diarios. Desde algún bar le llega al jacobípeta murmullo de voces. Hay una paz acogedora.

El jacobípeta reanuda su camino. Al pasar la Iglesia, sin salir del pueblo, toma la calle a la izquierda y desciende recto por el Camino, dejando la carretera a su izquierda.

El jacobípeta se enfrenta ahora a uno de esos trayectos sin pueblos. Durante unos trece kilómetros el jacobípeta camina por una pista, de las que llaman “de concentración”, entre campos de labor, mayormente viñedos y terrenos preparados para el cereal, y contornea las laderas de los montes, repoblados con coníferas. No se ve un alma, pero la naturaleza bulle. Una ligera brisa mueve las ramas de los pinos y pone música al caminar, ahora cadencioso, del jacobípeta.

Sigue entre viñas y llega a una pista flanqueada de árboles que continúa durante kilómetro y medio, más o menos.

El jacobípeta llega a la carretera, la cruza, y sigue recto por la pista otra vez durante unos cuatro kilómetros, hasta que tiene los montes enfrente. Toma entonces el Camino que asciende a su derecha y, unos quinientos metros más adelante, vuelve a tomar la pista que había dejado antes. Otros quinientos metros más adelante, gira a su izquierda y sigue el Camino que continúa por el campo otros tres kilómetros, más o menos, para convertirse en pista, y después de algo más de dos kilómetros, entra el Los Arcos por la calle Mayor, hacia la plaza.

Durante este trayecto, el jacobípeta ha ido tomando algunas notas en su cuaderno escolar, que le sirven para fijar detalles en su memoria. Cuando ahora repasa esas notas, se da cuenta de que parece una guía de ferrocarriles, con nombres y detalles prolijos, preámbulo de aburrimiento. Pide disculpas por ello, pero no puede dejar de escribir lo que escribió, porque, en cierto modo, reproducen el ambiente de esos kilómetros.

El Camino asciende para llegar a Los Arcos, tampoco demasiado. En Los Arcos, el jacobípeta se aprovisiona en una tienda muy aparente. Compra pan, tomates de invernadero, un poco de jamón –que le apeteció, aunque no tenía demasiada buena cara-, y unos plátanos de Canarias. Comida internacional, vamos…

Aunque es casi mediodía y lleva unas cinco horas caminando, el jacobípeta se ve con fuerzas suficientes para seguir, aunque bajando un tanto el ritmo que llevó. Camina contento pensando en sus cosas y sintiendo que las piernas le responden a la perfección. No se siente cansado y comienza a plantearse llegar hasta Logroño, a casi treinta kilómetros de donde se encuentra ahora. Calcula que si dosifica bien las fuerzas, llegará, al menos, hasta Viana antes de que caiga la noche, y desde Viana el Camino sigue bastante cerca de la carretera como para no perderse. Parece como el cuento de la lechera, pero el jacobípeta decide intentarlo, a pesar de que sabe que los barrancos que habrá de pasar antes de llegar a las ruinas de Cornava, entre Torres del Río y Viana, determinarán si llega o no.

Con todo esto en mente, el jacobípeta estructura su caminar de una manera disciplinada, cincuenta minutos caminando y diez minutos de descanso, cada hora, aprovechando los descansos para comer, en todos ellos, y beber un poco.

Con este ritmo, el jacobípeta hace su primer descanso, después de Los Arcos, en el arroyo San Pedro, poco antes de llegar a Sansol. Salió de Los Arcos por el arco –valga la redundancia- de la Plaza de Santa María, cruzó el río Odrón y continuó de frente hacia Ermita de San Blas. Siguió este camino durante unos tres kilómetros y medio hasta llegar al vado del arroyo San Pedro, donde para a descansar.

Diez minutos después, el jacobípeta toma el camino de la derecha y lo sigue un trecho de más de medio kilómetro, donde vuelve a tomar el camino que le sale a la derecha. Un rato más adelante sale a la carretera, y sigue hasta Sansol.

Cruza Sansol sin detenerse, por la izquierda de la iglesia del Santo Sepulcro, continúa el Camino y enfila la fuerte y peligrosa bajada hasta la fuente, muy cerca ya de Torres del Río. Atraviesa Torres del Río y la segunda parada le pilla en la ermita de Nuestra Señora del Poyo. Aquí decide hacer un alto más largo, reponer fuerzas comiendo, beber un largo trago de la bota y fumar un cigarrillo.

Mientras descansa, el jacobípeta se ríe de sí mismo. Es consciente de que se ha convertido, de golpe y porrazo, en uno de esos rompedores de récords que tanto detesta, pero siente que su cuerpo le pide guerra, y está dispuesto a dársela, así que se levanta, vacía la vejiga, carga su escaso equipaje y reemprende la marcha.

Barranco tras barranco, subiendo y bajando constantemente, hasta tramos de escaleras, llega a las ruinas de Cornava, donde ha de descansar, según el plan de marcha que se estableció. Este tramo no le está pasando demasiada factura y cree sinceramente que podrá cumplir sus objetivos por debajo del horario previsto. Incomprensiblemente, esto le ilusiona y hace que casi no se reconozca a sí mismo. Tan es así que, cuando entra en Viana al filo de las cinco de la tarde, se cree un supermán. Acaba de hacerse casi veinte duros kilómetros en unas cinco horas, ¡toma ya récord! Estos pensamientos le arrancan una carcajada, que por ir él solo, hace que la gente de Viana le mire raro y lo tomen por loco. Bueno, tampoco andaban tan descaminados los paisanos de Viana…

En Viana, y vista la hora y que le queda más de una hora de luz, el jacobípeta decide tomarse un largo descanso. Mientras descansa, rememora algunas de las cosas notables del recorrido que ahora ha hecho tan rápidamente, pero que en otros momentos se tomó con más calma. Así, recuerda que en el albergue de Torres del Río encontró, en una ocasión anterior, escrito lo siguiente:

"Una hora duerme el gallo, dos duerme el gato, tres horas duerme el santo, cuatro el que no lo es tanto, cinco horas duerme el teatino, seis el peregrino, siete duerme el escudero y ocho el caballero, nueve horas duerme el tunante y diez el estudiante".

Por lo que al jacobípeta respecta, esta letrilla le hace pensar ahora que él no se siente reflejado, salvo como tunante.

También recuerda que la iglesia del Santo Sepulcro, en Torres del Río, le llamó mucho la atención, por su planta octogonal y la cúpula, con un trazado estrellado inscrito en el octógono. Dicen de esta iglesia que es una de las joyas del Camino, y al jacobípeta le parece que tienen razón los que esto afirman.

Viana fue fundada por Sancho VII, con carácter defensivo, como lo atestiguan sus murallas. En Viana se puede ver su Plaza de los Fueros y la iglesia de Santa María, del siglo XIV.

También pueden verse en Viana muchos palacios y muchas casas blasonadas, que atestiguan la antigüedad de los linajes que la poblaron y pueblan.

Los herederos de los reyes de Navarra llevaron, y llevan, el título de Príncipe de Viana. También don Felipe, el heredero del rey don Juan Carlos I, lleva el título de Príncipe de Viana, por ser, también, sucesor al trono de Navarra.

Para salir de Viana, el jacobípeta pasa por delante de la iglesia de Santa María, luego por la de San Pedro, del siglo XIII, y sigue, bajando, hasta que por la derecha del Colegio Ricardo Campano, toma de nuevo el Camino, que ahora es sendero entre huertas. El jacobípeta cruza un riachuelo y continúa de frente.

A la salida de Viana, huele a galleta, y es que hay una fábrica de galletas que desprende tales aromas que respirar hace que se te haga la boca agua.

A la salida de Viana el jacobípeta comienza a sentir algún calambre en las piernas. Los esfuerzos quieren pasarle factura, se conoce, y para evitar mayores males y riesgos innecesarios, el jacobípeta se plantea dar media vuelta y quedarse en Viana, pero luego piensa que le será más efectivo caminar hasta Logroño a un ritmo muy lento. Decide, pues, continuar y ver qué pasa. En Logroño tiene unos amigos que le esperan, y sabe que, de tener problemas, podrá recuperarse allí.

A la salida de Viana, desde una cabina telefónica, el jacobípeta alerta a sus amigos de que va para allá, explica su estado y le dicen que, si en un par de horas no ha llegado o llamado, le saldrán a buscar con el coche, cosa que el jacobípeta agradece.

A la salida de Viana, cerca del cementerio, el jacobípeta deja la carretera para seguir una pista hasta la Ermita de la Trinidad de Cuevas. A partir de allí, es ya de noche, aunque con la luz de la luna, casi llena, se puede caminar sin mayores riesgos. Sucede, además, que el jacobípeta constata que los calambres fueron una falsa alarma, provocada, seguramente, por el largo descanso en Viana. Las piernas han vuelto a funcionar perfectamente y el jacobípeta continúa por la pista hasta llegar a Logroño.

Al pasar cerca del pantano de las Cañas, la luna se refleja en el agua y produce una visión con tintes de irrealidad. La verdad es que, pese al cansancio, el jacobípeta está disfrutando mucho esta última parte de la jornada.

A la entrada de Logroño está la casa de Doña Felisa, toda una institución, que ofrece higos secos a los peregrinos. Dada la hora y las fechas, es obvio que el jacobípeta no se encuentra con ella. También dicen que tiene un cuaderno en el que pide a los peregrinos que firmen y escriban algo. Parece ser que luego estos cuadernos van a parar a algún despacho oficial. El jacobípeta no puede asegurar estos extremos, pero le parece encantador que estas cosas puedan pasar.

El Camino de Santiago, llega a La Rioja, atravesando un pequeño puente a tres kilómetros de Logroño, entre viñedos y campos de cereal. Continúa unos ciento cincuenta metros por la carretera y, enseguida, tuerce a la izquierda, por pista de tierra, pasando junto al monte Cantabria, que muestra las ruinas de la ciudad romana destruida por Leovigildo en 574. Avanza la ruta hasta la carretera de Mendavia, dejando a la derecha el cementerio, y atraviesa el Ebro por el Puente de Piedra y entra en Logroño, la cual debe su origen al Camino, que le dio impulso y desarrollo a partir de los siglos XI y XII.

La ciudad no empezó a cobrar auge hasta que en 1076 Alfonso VI la incorporó a Castilla. A este rey se debe la restauración de la ciudad cuando, arrasada por el Cid en 1092, es repoblada por el conde García Ordoñez y favorecida su población para implantar un núcleo fuerte que asegurase su incorporación a Castilla.

Para facilitar el paso de los peregrinos, el propio monarca impulsó la construcción del mayor puente del Camino Jacobeo, en cuyas obras de reconstrucción participaron, sucesivamente, Santo Domingo de la Calzada y San Juan de Ortega, al cual está dedicado. En su arranque norte había una ermita dedicada a este santo burgalés que tanto trabajó en La Rioja, y el Ayuntamiento logroñés, hasta el siglo XIX, nombraba abad de dicha ermita a un sacerdote de Logroño, y, por voto, acudía en la fiesta y en el aniversario de una de las riadas del Ebro a rezar las visperas en el mismo. El viejo puente medieval, sobre el cual se construyó el actual Puente de Piedra, tenía una longitud aproximada de doscientos metros, que se salvaba mediante doce arcos.

Cruzado el río Ebro, el Camino penetra en la localidad, por la calle Rúa Vieja, que con su paralela Calle Mayor, conformaban el primitivo núcleo urbanístico, con la estructura típica de las ciudades de paso. Al comienzo de la Rúa Vieja, a mano izquierda, queda el Hospital, actualmente Provincial, y que antaño se llamó de "Roque Amador" o de "Rocamor" –“Rocamador”, según otras versiones que el jacobípeta oyó-, de clara vocación jacobea. Más adelante, el Camino pasa por la parte posterior de Santa María de Palacio, la iglesia más antigua de la ciudad, llamada así en recuerdo de la donación efectuada por Alfonso VII de su palacio a los canónigos del Santo Sepulcro, sobre los que se fundó el templo. Posee una sorprendente torre ochavada y piramidal, del siglo XIII, que destaca armoniosa sobre los tejados. El edificio, del siglo XIII, conserva en su interior, entre otras piezas de interés, el retablo mayor de Arnao de Bruselas, del siglo XVI, el claustro de los siglos XII-XVIII e imagen de Nuestra Señora de la Antigua del siglo XIII. Muy próximos se encuentran la Iglesia de San Bartolomé de los siglos XII y XIII, pequeña y armoniosa, la cual tiene una portada gótica que representa el martirio del santo, ábside románico, torre del siglo XI y Santa María la Redonda, del siglo XVI, concatedral de la diócesis, con sus dos airosas torres gemelas barrocas, de estructura ojival, del siglo XVIII, aunque el edificio es gótico, del siglo XIV.

Al finalizar la Rúa Vieja comienza la calle de Barriocepo en la que el caminante se encuentra con la fuente de los Peregrinos, decorada con los típicos elementos jacobeos. En esta misma calle está ubicada la Iglesia de Santiago el Real, donde destaca la gran imagen de Santiago Matamoros, obra de la escuela flamenca del siglo XVII y, presidiendo el altar mayor, un evocador Santiago peregrino, del siglo XIV, con todas las características de la imaginería gótica. Los peregrinos abandonan Logroño por la puerta del “Revellín” o de “Carlos V”, cuyo arco todavía se mantiene en pie, para continuar, por las calles Comandancia, Superunda, Trinidad y Marqués de Murrieta hasta llegar al Barrio de San Lázaro, donde se encontraba una antigua leprosería.

El Camino atraviesa la vía férrea y, a poco más de medio kilómetro, junto a la gasolinera, se desvía de la carretera por la izquierda. Atraviesa la carretera de circunvalación, bordea el Pantano de la Grajera y su bello parque, que se deja a la izquierda, para continuar por la N-120, dejando atrás la capital riojana hacia Navarrete, otro importante punto de la Ruta Jacobea.

El jacobípeta no caminó en ese momento lo que se ha descrito, que estaba hecho polvo y no podía casi con su alma, sino que se pone aquí para ilustración e información, y porque luego ya no se volverá a hacer referencia al recorrido del Camino por Logroño.

Como se dijo, a Logroño se entra cruzando el Puente de Piedra, sobre el río Ebro, tan querido por el jacobípeta, y se sigue la Rúa Vieja para llegar al albergue, en cuya puerta quedó el jacobípeta con sus amigos. Una vez allí, les llama por teléfono para hacerles saber que ha llegado sano y salvo. Ha hecho una jornada de casi cincuenta kilómetros y espera que la locura no le pase demasiada factura en días sucesivos.

Los amigos del jacobípeta en Logroño son una encantadora pareja, casados hace años, a los que la cigüeña les sorprendió hace menos de un año con un hermoso bebé varón, ahijado del jacobípeta, y que todavía no responde al sonoro nombre de Breogán.

El padre de Breogán, que se llama Patricio Pérez Salas, nació en Santiago de Compostela de casualidad, ya que su padre era ferroviario y se encontraba destinado allí cuando nació el amigo del jacobípeta. Aún así, Patricio Pérez Salas se siente gallego, y de ahí el nombre del rorró.

Patricio Pérez Salas es algo pariente del jacobípeta porque tienen un bisabuelo común. La abuela paterna del jacobípeta y el abuelo paterno de Patricio Pérez Salas eran primos hermanos. Aunque el parentesco es lejano, Patricio Pérez Salas y el jacobípeta se tienen ley y son, además, amigos. El jacobípeta es diez años mayor que su pariente y amigo, pero esto no impide que se entiendan bien y que tengan muchas aficiones comunes. Una de ellas es el Camino de Santiago.

Patricio Pérez Salas es fisioterapeuta de profesión, y la ejerce con amor, dedicación, habilidad y hasta con arte. Son muchos los profesionales de variados deportes que acuden a que Patricio Pérez Salas les sane sus dolencias con su pericia profesional. El jacobípeta ha de confesar que por eso no se preocupó demasiado cuando los calambres, y sabe que jugaba con ventaja.

La madre de Breogán es una encantadora mujer, rubia trigueña, con unos increibles ojos verdes. Se llama Natalia Fuertes Santisteban, y todo el mundo la llama Nati. Médico naturista de profesión, el jacobípeta le gasta siempre bromas sobre el intercambio de pacientes con su marido.

Nati es más bien menuda, pero tiene una energía capaz de rendir al más templado. El jacobípeta la teme un poco cuando salen los tres, ahora cuatro, de compras, o “de tiendas”, como dice ella. Parece incansable, y para cuando todos llegan a casa, Patricio y el jacobípeta se han tenido que echar al coleto dos o tres cervezas para seguirle el ritmo. Nati, no. Ella es abstemia absoluta. Pero no pone mayores reparos a las cervezas porque dice que son muy sanas y hasta nutritivas. El jacobípeta no está muy seguro de que sea cierto lo de las cervezas, pero agradece el extremo porque es bastante aficionado a los aperitivos con cerveza y con los amigos, siempre en esta conjunción, que al jacobípeta no le gusta beber solo. Bueno, únicamente cuando echa un trago de la bota no le importa si está solo, pero le agrada más compartirlo.

El Patricio llega en menos de media hora a recoger al jacobípeta a la puerta del albergue de Logroño, y después de los abrazos y efusivos saludos de rigor, lo lleva con el coche a su casa, un amplio y cómodo chaletito en las afueras. Allí, el Patricio y la Nati ejercen sus profesiones con el jacobípeta, hasta dejarlo como nuevo, mientras el jacobípeta ajerce de padrino con el bebé, dedicaciones que todos agradecen unos a otros.

Tras una cena abundante, suculenta y sana, y una corta sobremesa, el jacobípeta, que está hecho unos zorros entre la caminata y los enérgicos masajes de su pariente, cae rendido en la cama.

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