El día no tuvo buenas trazas para el jacobípeta. Por mejor decir, comenzó muy mal, aunque poco a poco fue mejorando, dicho sea en honor a la verdad.
Como ya se dijo, el jacobípeta pasó la noche en casa de un amigo del que, contra su costumbre, no dio la filiación.
El amigo del jacobípeta casó, ya mozo bastante talludito, con mujer mucho más joven, guapita y pizpireta, pero con un genio de mil demonios. De tal forma que el jacobípeta se levantó antes que el sol y se marchó sin desayunar y casi sin despedirse, harto de oirla quejarse de todo y por todo la noche anterior, y sin ganas de seguir oyéndola, que no escuchándola, también por la mañana.
Pero la mujer debió de echarle algún tipo de mal de ojo, porque, según ya se anunció, el día del jacobípeta comenzó escorando de costado.
Quiso el jacobípeta salir de Monreal por el puente medieval, y tras cruzarlo, se dio de manos a boca con una granja que le impidió seguir adelante, así que tuvo que ingeniárselas por regatos y trochas para llegar hasta el Camino de los Carros, salida del Camino en Monreal, y comenzar su caminata diaria.
Por lo temprano de la hora y el tempero de niebla que hacía, también ese día el jacobípeta vio poco el sol. Asunto éste que no hubiera tenido mayor enjundia si no fuera porque la visibilidad llegaba justamente hasta donde el progreso y sus hordas de constructores están destrozando el paisaje del valle del Elorz. Los poco más de diez kilómetros, tal vez doce, que hay entre Monreal y Tiebas, se recorren por la ladera del monte en la orilla izquierda del Elorz, y se atraviesan los caseríos y lugares de Yarnoz, Otano, Ezperun y Guerendiáin, antes de entrar en Tiebas por el camino que discurre muy cerca de lo que queda de su castillo.
Desde esta ladera del monte, otrora se divisaban extensiones de cultivos y de explotaciones agrarias y ganaderas, que componían un paisaje casi bucólico. Hoy en día, las cosas son bastante diferentes. La maquinaria pesada lleva muchos meses torturando esta tierra.
El jacobípeta no pone mayores reparos a que se construyan carreteras, autopistas o lo que sea, pero se reserva el derecho a quejarse cuando ve un hermoso paisaje convertido en barrizal, devastado por las máquinas pesadas, y los montes convertidos en canteras.
El camino a Tiebas pasa por dos canteras reconocibles como tales, y otras en ciernes, con lo que el tal camino es un auténtico mar de fango yesoso en varios de sus tramos. La palma se la lleva la cantera a la entrada de Tiebas. Las humedades y lloviznas de los días anteriores, habían convertido los alrededores de la cantera en un lugar impracticable, con un barro fino muy resbaladizo. Súmese la escasa visibilidad, y se entenderá que el jacobípeta quedara hecho un ecce homo cuando fue salpicado hasta el pecho por un vehículo todo terreno de la Policía Foral.
El hecho fue totalmente fortuito, y tanto el guardia conductor, como el cabo que le acompañaba, se deshicieron en excusas y ayudaron al jacobípeta a limpiarse el barro lo mejor que se pudo.
Los guardias son dos jóvenes de amables maneras y buen humor, que ayudan al jacobípeta en lo que pueden.
Tras dejar bastante del barro en una fuente, los guardias invitaron al jacobípeta a almorzar. Y, curiosamente, a partir de ese momento comenzó a mejorar ostensiblemente el día.
Tras despedirse de los policías forales, el jacobípeta se llegó a Campanas, y en la gasolinera encontró un alma caritativa que le prestaría una ducha donde quitarse totalmente el barro, ropa razonable para taparse las miserias, y buen humor a raudales, que, todo junto, devolvió la sonrisa a la cara del jacobípeta.
Seguía sin verse el sol, por la niebla, pero el día tenía ya otra luz más brillante para el jacobípeta.
El benefactor del jacobípeta se llama Eulogio Eriagaray Briz, y es natural de Biurrun. Cada día se llega hasta la gasolinera de Campanas, “dándose un higiénico paseo de poco más de dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, para eliminar las grasas y, de paso, matar la mala leche”, según sus propias palabras.
La cosa fue que cuando el jacobípeta llegó a la gasolinera de Campanas la pinta que llevaba debía de ser extraordinaria, porque hizo estallar en risas a Eulogio Eriagaray Briz. El jacobípeta no estaba para fiestas, pero tampoco le molestaba demasiado provocar la risa de alguien. El jacobípeta siempre pensó que reirse es muy sano, aunque se rieran de él, y no se tomó a mal las carcajadas que provocara.
Con ojos llorosos de la risa, Eulogio Eriagaray Briz se acerco hasta el jacobípeta.
- Le ruego me disculpe, buen hombre, pero está usted hecho un cromo y no he podido contener la risa. Si le parece, y como veo que es usted un peregrino, le propongo que me acompañe hasta mi casa, en Biurrun, y se lave y cambie de ropa. Así parecerá más persona y yo habré merecido su perdón por las risas.
- No se preocupe, mi amo. Yo ya no me molesto por provocar la risa de alguien. Hasta me parece bien hacer feliz tan fácilmente a la gente. Y, por supuesto, acepto su invitación, ya que ir a la casa de usted no me desvía de mi ruta.
El jacobípeta y Eulogio Eriagaray Briz enfilaron hacia la estación y tomaron la carretera de Biurrun. Caminaron charlando y el jacobípeta le contó cómo fue que se llenó de barro, lo cual provocó aún más risas en su nuevo amigo, risa que se contagió al jacobípeta, y cuando no llevaban siquiera un cuarto de hora caminando juntos, ambos reían como posesos.
Llegados que fueron a casa de Eulogio Eriagaray Briz, el jacobípeta se dio una agradable ducha de agua caliente, cuidando de no manchar demasiado, y al salir del cuarto de baño, le esperaban ropas limpias y secas que no le caían demasiado mal.
- Si no le parece mal, don Eulogio, llevaré puestas sus ropas hasta que pueda lavar las mías y se las haré llegar de la forma que usted me mande.
- No se moleste, hombre. Las ropas no tienen gran valor. Puede quedárselas y hacer con ellas lo que le venga en gana. Las suyas se las lavaremos o se las lleva usted, lo que más le agrade.
El jacobípeta no cree que valga la pena rescatar las ropas que llevaba y así se lo hace saber a Eulogio Eriagaray Briz quien, muy señor, las arrojó a la basura.
Cuando el jacobípeta se dispone a marcharse, su amigo le anima a quedarse a comer en su casa y a seguir camino por la tarde, que no es mucha la distancia hasta Puente la Reina de Navarra y podrá llegar allí antes de oscurecer, si no se entretiene mucho.
Acepta de buen grado el jacobípeta y ambos se sientan a beber un vaso de vino, a la espera de que una criada muy entrada en años que Eulogio Eriagaray Briz tiene en su casa, les sirva la comida.
Tras un suculento cocido, y los acompañantes de café y licor, ahora sí que el jacobípeta se levanta, de muy buen humor, de la mesa, se despide de los habitantes de la casa y retoma su camino entre la niebla, que no ha levantado aún.
Casi flotando, el jacobípeta se presenta en Ucar y, por un camino de buen andar y en menos de media hora, ya está en Enériz. Tras atravesar el pueblo y cruzar el río por un puente, el jacobípeta toma el Camino en dirección a Eunate.
Eunate aparece tras un jirón de niebla, como por arte de encantamiento. El jacobípeta se confiesa rendido admirador y crédulo aceptador de las cosas misteriosas, como ya se adelantó en otro momento. Y Eunate tiene de eso, de cosas misteriosas, para dar y vender.
Dicen las tradiciones locales que fue mandada construir por una Señora como su lugar de enterramiento. Lo cuál, y como nadie señala ni concreta qué Señora –así, con mayúscula- fue esa, ya se nos da un primer misterio. Sabroso, apostilla el jacobípeta; el misterio, quiere decirse.
Como, además, ni los más sesudos investigadores se ponen mayormente de acuerdo a la hora de repartir méritos en lo tocante a quién, cómo y por qué se construyó, y se barajan hipótesis y teorías de lo más variopinto, ocioso sería añadir que al jacobípeta le encanta Eunate.
Y no solamente por su belleza y encanto, que al jacobípeta le parecen enormes y solamente comparables a muy contados lugares, sino también por eso que llaman “atmósfera del lugar”, que despierta no pocos sentimientos difíciles de definir y mucho más difíciles, por no decir imposibles, de precisar. O, al menos, el jacobípeta se siente incapaz de hacerlo.
Muchas veces se ha llegado el jacobípeta hasta aquí y, cada vez, los sentimientos y las sensaciones se le amontonaron. En alguna ocasión, y bajo los efectos de un convencimiento absoluto de que era un lugar templario de campanillas, el jacobípeta llegó a sentirse casi, casi, Jacques de Molay; y hasta creyó penetrar algunos de sus secretos.
Las más de las veces el jacobípeta no pudo paladear a su gusto Eunate debido a la muchedumbre que había invadido la iglesia y sus alrededores. El jacobípeta recuerda una ocasión en que compartió aquí aire y sol con un autobús completo del Imserso.
Al jacobípeta no le parece mal que esas personas estuvieran allí, ¡los dioses le libren de ello! Solamente que el jacobípeta hubiera preferido estar allí con su soledad. O, como mucho, con alguien con quien compartir el pitillo de la amistad.
El jacobípeta no quiere vacilar al personal al afirmar que, en una ocasión, hasta encontró aquí un trébol de cuatro hojas. La cosa, teniendo su mérito, tampoco es para echar las campanas al vuelo.
Una de las aficiones más arraigadas en el jacobípeta es la de encontrar tréboles de cuatro hojas. Y hasta de cinco hojas. Y dice encontrar, que no buscar, porque da por sentado que para encontrarlos hay que buscar, y buscar, y buscar. Cualquiera que haya visto al jacobípeta alguna vez atravesando un campo de tréboles, o un pequeño trocito de terreno donde los haya, que para el caso es lo mismo, le habrá visto caminar mirando al suelo como si hubiera perdido algo. Y agacharse, y levantarse. El jacobípeta mira los tréboles. Y, si encuentra alguno de cuatro –o cinco- hojas, lo acaricia y lo deja seguir medrando para alegría, o desconsuelo, de quién detrás venga.
Confiesa aquí el jacobípeta que en su juventud sí que arrancó estos raros especímenes. Y hasta los plastificó para la posteridad. Y como prueba de la verdad de sus palabras, todo hay que decirlo, cuando afirmaba que los había encontrado.
Pero ya hace años que no practica esa suerte de crimen y disfruta viéndolos, acariciándolos y animándolos a seguir creciendo y reproducirse. Al fin y a la postre, el jacobípeta siente un a modo de solidaridad entre cosas raras: él y los tréboles de cuatro –o cinco- hojas.
Van ya para las cinco de la tarde cuando el jacobípeta retoma su camino hacia Obanos y Puente la Reina de Navarra. El camino que lleva es de muy buen andar, un paseo, se diría, pero las mojaduras del día, y las de los días anteriores, comienzan a pasarle factura al jacabípeta, ya que los pies le vienen avisando del nacimiento de alguna ampolla.
No es que al jacobípeta le preocupe en demasía el asunto de las ampollas, pues ya contaba con ellas al iniciar su andadura, pero las molestias que generan tampoco son plato de gusto para nadie. Como nada puede hacer al respecto, el jacobípeta se dedica a pensar en sus cosas y a disfrutar del paisaje que puede ver, y la niebla, parece que algo menos espesa, le deja.
Cruzar la carretera para meterse en el camino de Obanos es toda una odisea. La poca visibilidad y la exagerada velocidad que llevan los automóviles, hacen temer lo peor al jacobípeta, quien, despues del susto, se apresta a subir el repecho con que le recibe Obanos. Ya dentro del pueblo, se sienta a la vera de la fuente a descansar, fumar un cigarrillo y meditar.
Obanos es el lugar donde se juntan los dos Caminos: el tradicional desde el Somport y el francés que viene por Roncesvalles.
“El Camino de Santiago se ha recorrido desde hace siglos por distintos senderos. Cada quien, y dependiendo de su situación geográfica, se ha lanzado hacia Compostela y Finisterre saliendo de su propia casa. Los celtas de la antigua Britania cruzaban el Canal de la Mancha, o desembarcaban en las costas cantábricas o adriáticas directamente para visitar el fin del mundo conocido. Los lusitanos subían desde sus tierras, a veces pasando por lo que hoy es Mérida, para llegar al mágico lugar. Los moros, en su tiempo, interesados por todo lo relacionado con los profetas y por cualquier clase de expresión mágica y religiosa, también peregrinaron hasta el fin del mundo conocido.
Los priscilianistas de toda la península emprendían el camino sin contemplar rutas específicas y, cinco siglos más tarde católicos y creyentes de buena parte del mundo se acercaban a ver el sepulcro de Santiago el Mayor.
Durante la Edad Media se construyeron todo tipo de albergues y hospitales para atender a los peregrinos. Las rutas seguían siendo diversas y cada quien llegaba a Compostela por dónde y cómo podía. Los ritos y propósitos de los peregrinos eran tan variopintos como las rutas. Astrólogos y gnósticos recorrían las rutas junto a fervientes cristianos y a entregados católicos. Y, para la mirada vigilante de la Iglesia, tanta ruta resultaba un tanto caótica y, por lo tanto, incontrolable. Plebeyos y caballeros podían unirse sin demasiado peligro (todo católico sabía que se nacía y moría pobre o rico por gracia de Dios), pero que se juntaran creencias tan diversas como la astrología, el islamismo y el cristianismo, no podía ser buena señal.
De esta manera, aunque hoy en día sigue habiendo quien parte desde otros puntos, la Iglesia oficializó la ruta del Camino de Santiago. Oficialización que ha ido sufriendo ciertos cambios con el paso de los años, pero que prácticamente viene a ser la misma desde los siglos XI y XII, y que parece responder más a las andanzas de Carlomagno que al supuesto peregrinaje del Apóstol Santiago.
Aunque la haya impuesto la Iglesia, la ruta del Camino de Santiago sigue siendo mágica y rica en señales y simbolismos, como el de Carlomagno hincándose de rodillas en los Pirineos antes de salir de España, clavando su estandarte en tierra y, al tiempo que miraba hacia Galicia, diciendo una oración de agradecimiento a Dios y a Santiago. Ese lugar, donde todos los peregrinos han de hincarse reverentemente, es precisamente Roncesvalles.
Leyendas de caballeros que partían a las Cruzadas. Leyendas de luchas contra los sarracenos. Leyendas y milagros de Santiago Matamoros ayudando con sus apariciones en esta lucha a los españoles. La victoria sobre el moro infiel en 1212, decisiva para la Reconquista y atribuida en parte a la intercesión del Santo, hicieron de Roncesvalles el punto ideal del peregrinaje.
Los turistas se pueden quejar de que la capilla de Roncesvalles es demasiado austera, pero en esta austeridad y en su nombre radica el simbolismo mágico de la partida de trayecto.
El Camino de Santiago debe sentirse como un camino de espinas, una ruta de autoconocimiento, donde la austeridad y la frugalidad son indispensables para lograr la transformación interior.
La imagen de la Virgen de los Dolores, aunque tardía (siglo XIII), insiste en las dificultades del camino a emprender en ese lugar donde un letrero nos dice: Y desde aquí todos los caminos a Santiago se hacen uno solo.”
Esta última afirmación que el jacobípeta recoge aquí, procedente de un artículo de El País Semanal, es, como tantas otras cosas del Camino, una verdad a medias o una verdad aparente. Los caminos no se juntan en Roncesvalles. Solamente en la península ibérica se contabilizan al menos siete caminos de Santiago, con origen en Andalucía, Levante, Portugal…
O sí que se juntan, depende de cómo se mire. Porque allí se juntan casi todos los caminos de los franceses, y “el Camino” es llamado, también, Camino Francés. Los franceses, más aficionados a recorrer el Camino de Santiago que los españoles durante mucho tiempo, contaban, y cuentan, con cuatro rutas. Simbólicamente se puede pensar que el hecho de que sean cuatro rutas responde a la observación, desde el punto de vista mágico y esotérico, de los cuatro puntos cardinales, los cuatro pilares que sostienen el mundo, las cuatro puntas de la cruz, los cuatro elementos, etcétera. El jacobípeta ha leído esto en algunos libros y no le parece mal, pero cree que es una manera de irle buscando cinco pies al gato cada vez que al gato no se le ven claramente las patas.
Las rutas francesas vienen a ser las que siguen:
- Le Puy, con dos trayectos: Cantal por el Norte y Aveyron por el Sur. De este recorrido destaca la Catedral de Puy, con los retablos de sus antiguos portales sobre la vida de Cristo y la grandiosa estatua de San Miguel, que mide cinco metros y medio. Puy también recibe la visita de otros peregrinos que van a adorar el relicario de la Virgen que San Luis dejara ahí en 1794. Borgoñeses y teutones declararon a Puy, en el siglo X, ruta del Camino de Santiago.
- Arles, debe su denominación como ruta del Camino de Santiago a las reliquias de Saint Gilles, de gran interés para los peregrinos que iban de paso. Arles tiene un atractivo eminentemente turístico por los restos romanos y cretenses que se encuentran en la villa francesa. El punto de encuentro de los peregrinos sería Saint Trophime de Arles.
- Vezelay cuenta con varios trayectos y debe en parte su denominación como ruta a las reliquias de María Magdalena, que la Iglesia dio por buenas en el siglo XI de nuestra era. Los dólmenes y megalitos normandos que se encuentran en la región son de sumo interés para diversas escuelas ocultistas. Así, la Madeleine de Vézélay sería el punto de encuentro de los peregrinos.
- Tours mantiene la denominación de ruta del Camino de Santiago, aunque en realidad los peregrinos se reúnan en París para iniciar su andadura. De Tours debemos destacar la basílica de San Martín, una de las primeras iglesias del catolicismo en época de los romanos.
El punto de reunión de estas rutas solía ser, durante siglos, Somport, si bien es cierto que algunos peregrinos pasaban de Irún a La Rioja o Pamplona directamente, por Roncesvalles. Con la reforma de Cluny, se oficializó este camino de Roncesvalles, quedando el de Somport como secundario, y hacerlo enlazar con el de Roncesvalles aquí, en Obanos.
Que hubiese un sólo Camino facilitaba el control de mercancías y personas, y el sistema de hospederías y hospitales –en su doble sentido de casas de salud y albergues-, pudiéndose así cobrar portazgos, gabelas y tasas a los transeuntes, asustados de la opción de tomar otro camino sin las ventajas de éste.
El jacobípeta piensa que siempre hubo fenicios que aprovecharon la ocasión para sacar el máximo de beneficios, y este asunto tenía mucho que sacar.
Como la tarde ya va declinando, el jacobípeta se dispone a reemprender su camino hacia Puente la Reina-Gares. La bajada, en la salida del pueblo de Obanos, es tan repentina como la subida en su entrada, y el peligro de resbalar y caer, constante. El jacobípeta llegó abajo entero y tomó el camino de tierra que ya no abandonará hasta Puente la Reina.
A Puente la Reina se entra cerca del albergue de peregrinos y cerca de la iglesia que contiene un raro y exquisito crucifijo, de origen renano, en forma de Y.
Como el jacobípeta llegó muy cansado y con molestias en los pies, buscó dónde acomodarse y tratarse las ampollas que, ahora ya sí, eran visibles y le molestaban.
En prevención de llegar a lugares en donde no pudiera dormir en seco, el jacobípeta se hizo con una credencial de peregrino y fue sellando por los lugares que pasaba –tampoco en todos-, y pensó en utilizarla para pernoctar en los albergues de peregrinos, si no tenía otra solución. En Puente la Reina fue el caso, y el jacobípeta se dirigió al albergue sin más preámbulos. Ya se dijo que estaba muy cansado y que le mataban los pies…
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