El jacobípeta durmió de un tirón, cree que ni siquiera soñó nada, de lo cansado que estaba, y se levantó muy tarde. Cuando pudo pensar, se prometió a sí mismo no volver a hacer exageraciones como las del día anterior. Tampoco está muy seguro de que pueda cumplir su promesa, porque, como ya se dijo, el jacobípeta vive muy a golpe de impulsos, y cualquier día puede romper con sus buenos deseos, pero pies y piernas le dicen que tampoco está ya para semejantes trotes. En fín, ya se verá.
Cuando el jacobípeta se levanta de la cama, se dirige, medio desnudo, al cuarto de baño que hay cerca de la habitación donde durmió. Al salir al pasillo, el jacobípeta se puso rojo como una amapola. Lo primero que vió fue una muchacha de no más de veinte años que gritó al verle, por el susto, y que luego estalló en una sonora y jacarandosa risa.
- Tampoco es para tanto, señorita…
- Disculpe, señor. Los señores me avisaron de que usted dormía, cuando se fueron a trabajar. Pero me ha asustado al aparecer tan de repente…
- Bueno, pero lo de la risa…
- Es que está usted de foto… Con esas barbazas, los ojos hinchados y esas pintas…
- Bueno, bueno… No me avergüence más…
Después de una buena ducha, afeitado, los cuatro pelos peinados y vestido con ropas de Patricio que Nati, muy amablemente, le había dejado encima de una silla, el jacobípeta comenzó a parecer una persona.
Bajó a la cocina para hacerse el desayuno, pero se lo encontró preparado y puesto en la mesa, y a la chica sentada al otro extremo de la mesa, jugando con el bebé.
Mientras el jacobípeta desayuna, la chica le dice que se llama Beatriz Ganga Expósito, que tiene veintitrés años y que es la niñera de Breogán, a quien quiere como si fuera su propio hijo. Que lleva trabajando en la casa desde que nació el bebé, y que también se encarga de limpiar un poco la casa si el niño le deja tiempo, “que a la señora lo que le importa es que mi niño esté bien cuidado, y servidora le dedica todo el tiempo, pero también le queda a una tiempo para tener la casa como los chorros del oro, no se vaya a creer usted, que una es muy cumplidora y en la casa le pagan bien a una, y una no se gana el jornal a la sopa boba, no señor”. El jacobípeta supone que “una” es Beatriz, claro.
También le dice Beatriz al jacobípeta que “ha hecho usted muy bien en afeitarse, porque si no, a mi niño ni se acerca, por muy padrino que usted sea, que me lo asusta y luego una tiene que calmarlo para que me coma y me duerma en condiciones, ¡no te digo!”.
El jacobípeta, abrumado, le pide a Beatriz, por favor, que le deje un rato al bebé, mientras ella se dedica a sus quehaceres, que le promete que lo cuidará y no lo asustará y que nadie le hará daño si no es pasando por encima de su cadáver. Beatriz, muy seria y circunspecta, accede a la demanda del jacobípeta, le pone el niño en los brazos y sale de la cocina altiva como una princesa.
Mientras juega con el bebé, el jacobípeta reflexiona sobre los cambios de humor de las personas, incluso, podría decirse, de los cambios de personalidad de las personas. Quiere decirse que al jacobípeta no le parece la misma persona la Beatriz con la que se topó en el pasillo del piso de arriba, cuando salía al cuarto de baño, que la Beatriz que ahora ha visto en la cocina. Como el jacobípeta tampoco tiene mayores elementos de juicio para determinar si tiene algo de razón, o no, decide dejarse de historias y de darle vueltas al coco, y centrarse en disfrutar del tiempo que tiene para estar con su ahijado.
El jacobípeta sale con el bebé bien abrigado a la solana, junto al porche de la casa. No mucho después comienza a salir por la ventana del piso superior la voz de Beatriz, que canta mientras trabaja. Aunque el jacobípeta está como tullido, disfruta enormemente del estado de bienaventuranza en que ahora se encuentra.
Un rato más tarde, como a las dos y media, aparece Nati, que vuelve del trabajo. Saludos y risas a costa del bebé. Nati se hace cargo de la situación y Beatriz se marcha. Juntos, la Nati, el jacobípeta y el bebé, se van para la cocina a preparar la comida.
Nati, que sabe que el jacobípeta es un aceptable cocinero, le invita a que prepare la comida mientras ella atiende a Breogán. Ni tres mil palabras más. El jacobípeta se pone a la faena y prepara un plato de pasta y una variada ensalada, mientras parlotea con la Nati y hace cucamonas al niño.
Un rato después aparece Patricio, pone la mesa y se dedican a disfrutar de la comida, saboreando un rico vino que, todo hay que decirlo, Patricio ha sabido escoger muy bien en su bien surtida bodega.
- Ya sé que te gusta más el Cariñena, pero este Rioja tampoco está mal, ¿eh?
El jacobípeta ha de reconocer que el tinto está de muerte y acompaña muy bien a la pasta.
Tras la comida, con el café, se lanza a una de esas conversaciones que no se sabe muy bien cómo empiezan, pero que siempre terminan hablando de cosas serias y filosóficas.
Para no marear, el jacobípeta va a intentar poner en forma de diálogo la conversación que los tres tuvieron. Así que NAT será Nati, PAT será Patricio y JAC será el jacobípeta.
PAT- La forma en que te has lanzado al Camino se veía venir. Hace ya años que has ido pasando una y otra vez. Lo que no entiendo es la época que has elegido. Ni el por qué.
JAC- Bueno, te consta que el Camino puede ser muchas cosas, desde un simple divertimento para unos hasta una misión sagrada para otros. Yo soy un curioso, tú lo sabes. Siempre había venido en verano, entre otras cosas porque es la única época del año en que tengo tiempo para ello. Y lo he hecho, con coche, sin coche, caminando, en autobús y qué se yo… Y siempre había venido buscando algo. Esta vez quiero caminar por caminar y ver estas tierras con frío, que son muy, muy diferentes.
PAT- La verdad es que medios de locomoción en el Camino hay para todos los gustos, aparte de andando, claro. Hay quien lo recorre a caballo o en mula, sistemas tradicionales y, dicen que honorables, pero también hay quien lo realiza en bicicleta, en moto o a bordo de un potente y moderno vehículo todo terreno. Y buscar, todo el mundo busca algo.
NAT- En eso tiene razón Patricio. Un peregrino, o caminante, como a ti te gusta más llamarlos, agnóstico, ateo o musulmán, pongamos por caso, pensará que es una pérdida de tiempo visitar las iglesias que se encuentran a lo largo del Camino, o burlarse de la importancia histórica o religiosa que muchos de los autores y peregrinos anteriores les dan a esos monumentos, a su valor intrínseco o extrínseco, y a sus símbolos. Vosotros sabéis bien que hay tramos del Camino más propios para el turismo que para el peregrinaje. De hecho, en muchos sitios se han montado tinglados turísticos aprovechando el tirón del Camino, y los monasterios y ayuntamientos sacan tajada de ello. Ni que decir tiene que, de la misma forma, hay tramos sin más interés que el histórico, es decir, casi sin interés para la mayoría de los que van como peregrinos. Y con esto me estoy refiriendo a un montón de kilómetros en La Rioja y en Burgos, por ejemplo. Se me ocurre que también los hermosos paisajes de la ruta pueden resultar cansados, monótonos y aburridos para quien no disfrute de la naturaleza y sus placeres. Y también las zonas industriales o un moderno chalé a la vera del Camino pueden resultar ofensas intolerables para los puristas que creen que todo debería estar como en los tiempos en que se abrió el Camino a la cristiandad. Incluso las iglesias modernas o remodeladas se convierten en una ofensa para quien espera encontrar un ambiente medieval a lo largo del Camino, y son muchos los que resultan defraudados. Lo que es, o puede ser, trascendente para unos resulta estúpido para otros, y viceversa. Hasta diría que hay quien recorre el Camino sin haber puesto el pie en la carretera y quien no lo recorre a pesar de haber pisado todos los senderos, sin dejar de visitar ninguno de los templos y monumentos indicados en la guía que maneje.
PAT- Un buen ejemplo de lo que dice Nati es el mismo Logroño. ¡Mira que hay cosas para ver aquí! Pues conozco un montón de gente que cruza el Puente de Piedra, llega a la Rúa Vieja, la calle Barriocepo, llega hasta la plaza del Alférez Provisional y tira por la calle del Marqués de Murrieta y sale de Logroño sin haberse enterado ni del nombre de las calles. Se cruza con un montón de cosas interesantes y de lo único que se acuerdan, si es que se acuerdan, es de la fuente de los Peregrinos y de la puerta del Revellín. Y eso, los que se paran a leer algún letrero, que la mayoría, ni eso. Solamente a modo de ejemplo, en Logroño se puede visitar la iglesia de Santa María de Palacio, la iglesia de Santiago el Real, la iglesia de Santa María la Redonda y la muralla medieval, además de la puerta del Revellín y la fuente de los peregrinos. Y la mayor parte de la gente, como os digo, ni se entera. Y así pasa con casi todas las ciudades.
JAC- Eso, Patricio, dependerá de los motivos de cada cuál para viajar. Esta vez, para mí, lo único interesante de Logroño sois vosotros. Y os consta que me he pateado la ciudad un montón de veces, y que me gusta mucho, que es casi como mi segunda casa. Bueno, como mi tercera, que la segunda sería Santiago de Compostela, según sabeis muy bien. Además, a mi modesto entender, todo viaje, incluso el más planeado, resulta una aventura que presenta mil alternativas a cada revuelta del camino; una huida o una búsqueda, ya sea de algo o alguien, o una huida hacia delante cuando la persona no sabe qué hacer; un alejamiento y un acercamiento, y todo a la vez. Un viaje puede ser una distracción del cuerpo o del espíritu, y también puede ser una obligación inaplazable, dependiendo del cuándo, cómo, dónde o por qué. Lo de la motivación es muy importante…
PAT- Yo aún añadiría a lo que tú dices que un viaje se puede hacer a gusto o a disgusto. Por lo que un viaje puede ser, pues, un premio o un castigo. Un viaje puede satisfacer a quien lo realice, o defraudarle o incentivarle para hacer más viajes. ¿Os habéis fijado en la cara de envidia que tienen las personas que ven pasar un tren? Envidian a quien viaja y, curiosamente, el viajero del tren suele mirar, también, con envidia a quien está mirándolo desde la calle. Y no digamos nada cuando dos trenes se cruzan. Seguramente cada viajero de un tren se cambiaría muy a gusto por otro del tren que pasa en dirección contraria. Uno no sabe si es porque nadie está contento en su propio pellejo, o por curiosidad.
NAT- A muchas personas les gusta viajar, pero también hay quien prefiere quedarse en casa y ver las cosas por la tele o leerlas en los libros...
JAC- Sí, pero hay un viaje inevitable que tarde o temprano todo el mundo hará: el de la muerte. Poniéndonos trascentes, yo diría que viajamos de no sabemos dónde para llegar a esta vida, y viajaremos a no sabemos dónde cuando la dejemos. Este último viaje lo tenemos asegurado, de la misma manera que tenemos asegurado el viaje que estamos realizando, queramos o no, por el sendero de esta vida.
Al llegar a este punto, el jacobípeta, que adora las conversaciones con enjundia, ya va lanzado. El Patricio y la Nati, que lo conocen bien, deciden que ya está bien de trascendencias y que lo mejor es irse a dar un paseo y sacar a Breogán para que le dé el aire.
Salen a la solana y, sentados o tumbados, continuan charlando, ahora dándose cumplida cuenta de las noticias familiares de unos y otros. Patricio se queda traspuesto y duerme una corta siesta con su hijo, también dormido, sobre su pecho.
El jacobípeta, que anda rumiando lo de la Beatriz, le cuenta sus cavilaciones a la Nati. La Nati suelta una carcajada que mosquea sobremanera al jacobípeta. La Nati se explica.
- Bien que te ha tomado el pelo esa tunanta. Verás. Beatriz es prima mía y está estudiando aquí en Logroño. Es de muy buena familia y su padre la puede mantener sin mayores problemas, pero ella es muy independiente y, cuando le propuse cuidar a Breogán mientras nosotros íbamos a trabajar, aceptó de inmediato, como una forma de depender menos de su padre y de pagarse sus caprichos. Es una muy buena actriz y está empezando a hacer sus pinitos en esa profesión. Participa en algunos anuncios comerciales y en una serie para televisión. Se conoce que no pudo resistir montarte una escena “criada-amo”, y luego, te siguió la broma. Y como tú eres tan inocente, te lo tragaste hasta la bola.
- Cuando vea a esa farsante, se va a enterar, coño, que me tenía todo preocupado…
- No te enfades, hombre, que es muy buena chica. Aunque con un sentido del humor un tanto ácido, eso sí.
El jacobípeta no solo no se enfada, sino que, pasado un ratico para asimilar la broma, ríe con ganas con la Nati, recordando cómo se sintió de cohibido con la Beatriz.
Padre e hijo se despiertan pasadas las cinco de la tarde y se ponen todos de acuerdo en dar una vuelta por Logroño, “para ver el ambiente”, que dice la Nati.
El jacobípeta disfrutó mucho del paseo, sobre todo porque le hizo ver que sus piernas estaban a buen tono y que podría continuar al día siguiente su camino.
Mientras pasean por la ciudad, cerca del río Ebro, el jacobípeta va contando a sus amigos algunos detalles sobre el itinerario que ha llevado y las personas que fue encontrando. Cuando les habla de don Knutt, Patricio indaga un poco.
- Eso don Knutt que dices, ¿es un alemán alto y delgado? Muy alto, quiero decir. Y también muy delgado. Llama la atención…
- ¿Le conoces?
- Tenemos en el hospital uno que tuvo una contractura muscular. Nos llamaron desde el albergue de peregrinos, y, por lo que dices, podría ser tu amigo. Ingresó antesdeayer y le daremos de alta mañana, seguramente.
- Podría ser. ¿Te importa que vaya contigo mañana al hospital? Si es mi amigo, procuraré echarle una mano. No tiene a nadie.
El jacobípeta se elegra, por un lado, de haber reencontrado a su amigo, pero, por otro lado, le apena que no esté en buenas condiciones. Decide, si puede, ir al hospital y servir de apoyo a don Knutt, si lo necesita.
Luego de un par de visitas a sendos bares elegidos y de tomar un par de “chatos”, vuelven todos a casa a cenar y dormir.
Cuando el jacobípeta se acuesta, piensa que tiene dos cuestiones importantes pendientes. La una, su amigo don Knutt. La otra, esa condenada chiquilla de Beatriz, por la que tiene la mosca tras la oreja. Se da cuenta de que lo primero es lo primero, y el asunto Beatriz habrá de quedar pendiente hasta mejor ocasión. Le molesta, de todas formas, haber quedado con ella como un perfecto estúpido. Sin embargo, el jacobípeta es hombre de fácil conformar y decide que tampoco es tan terrible. Será una anécdota que ella podrá contar a sus amigos, riendo, y en la que él, el jacobípeta, será el protagonista involuntario. Un tanto bobo, pero protagonista al fin y a la postre.
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